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“LA PEDRIZA” BAJO LA LLUVIA
Mi amigo Sebastián y yo habíamos quedado para subir desde Madrid a La Pedriza -en Manzanares el Real. Quedamos en la Plaza de Castilla y como normalmente no conduce le sugerí hacerlo y aceptó encantado. También le sugerí empezar a caminar desde el Tranco en lugar de entrar al Parque hasta Canto Cochino –zona de aparcamiento-, pues ese camino es precioso y lo cierto es que La Pedriza ahora está maravillosa con los tonos otoñales que comienzan a aparecer en ciertos árboles. Según llegábamos a Manzanares comenzaban a caer tenues gotas de lluvia que preludiaban un día poco soleado como así fue. Sin que la lluvia nos hiciera cambiar de opinión seguimos valle adentro disfrutando de un montón de cosas: cogimos moras que íbamos comiendo sobre la marcha y que después también merendamos. Llegados a la altura de Canto Cochino, y para mi sorpresa nos encontramos con un amigo que no veía hace tiempo, -allí te puedes encontrar con quien no esperas-. Después de charlar un momento con él seguimos valle arriba camino del Refugio Giner. Cambiamos de margen del río para ir por el camino que sube por la que estaba más resguardada de la fina lluvia que caía. Paramos en un momento dado bajo una roca que podía servirnos de refugio, como si estuviéramos en la prehistoria, como si fuéramos los personajes del libro: “El Clan del Oso Cavernario”. Bueno, después de comer y compartir parte de las viandas que llevábamos, -y como desde donde estábamos se veía algo más arriba el Refugio Giner-, Sebastián tuvo interés en seguir subiendo (a pesar de la lluvia y de su chubasquero que es como de papel de fumar). Nos pusimos en marcha de nuevo y bajo una lluvia algo más fuerte subíamos charlando y disfrutando de nuestra bonita excursión. Él estaba asombrado de la Pedriza que se le aparecía a sus ojos, pues al parecer la que recordaba no era así, sino todo piedra salpicada por alguna mancha verde de arbolado; sin embargo, lo que estaba viendo era todo verde salpicado de rocas. En la subida y muy cerca de donde habíamos mitigado el apetito vimos, saliendo de debajo de una gran roca, un arbolillo que por el tono verde intenso que tenía semejaba un acebo maravilloso, sin embargo no tenía las hojas punzantes típicas del acebo. Al acercarnos, comprobamos que efectivamente era un acebo, sólo que a una cierta altura las hojas no tienen pinchos, -sabia la madre Naturaleza, pues sólo pone pinchos en las hojas de las ramas más bajas, que son las que tienen que protegerse y no así en las de las ramas más altas. Más adelante, también vimos otro tipo de árbol, de la familia de la arizónica, o del enebro, que tenía el tronco maravillosamente coloreado por diferentes tonalidades, mezclado con trozos de corteza que se iban cayendo y dejando al descubierto esos colores de la gama de los rojos, granates, violetas, naranjas, etc. Uno de ellos parecía recorrido por un caudal rojo como la sangre; además, con la lluvia el tronco estaba mojado de tal manera, que esos tonos brillaban y resaltaban aún más. Comentamos que parecía que estábamos en un bosque vasco donde un artista de allí a veces pinta los troncos de sus árboles para llamar la atención de la gente sobre la paz y recordarles que la naturaleza es nuestra aliada. Desde ese sendero y a medida que subíamos, el valle se veía más y más hermoso, ya se apreciaban los tonos previos al otoño y amarilleaban algunas variedades de árboles y arbustos. No nos importaba parar unos instantes a pesar de la lluvia, primero leve, y después y ya cerca del refugio más intensa, lo que provocó una carrerilla de Sebastián alrededor del refugio buscando la entrada que yo, por error, le había indicado que se encontraba en un lugar distinto del que estaba. En ese refugio no se fuma dentro, los fumadores estaban en el mini porche de la entrada dando compañía a un borriquillo que allí había, suponemos que para subir las viandas al refugio, pues no hay otro modo de llevarlas, ya que los senderos son muy estrechos. Era un burrito oscuro, que estaba mojado y que tenía la mirada triste; buscaba refugio bajo el techado de la entrada, pues dentro probablemente no le dejarían pasar dos enormes y preciosos perros que había, uno de los cuales aullaba de manera muy curiosa al lado de una chica que se iba a comer un bocadillo, pidiéndole lastimosamente, participar en el festín. Nos desprendimos de nuestros chubasqueros y capas de agua que estaban empapados y pedimos un cafetito y una infusión riquísima de piña y coco que me gustó mucho; me sorprendió que allí hubiera algo más que el té y la menta poleo habituales en otros sitios. Sebastián y yo estuvimos saboreando nuestras bebidas calientes y entonándonos un poquito mientras charlábamos y volvíamos a comunicarnos con la soltura y naturalidad de algún tiempo atrás, aquello me alegró un montón y sentía cómo volvíamos a ser buenos amigos otra vez. Después de un buen rato en aquel refugio acogedor -donde se puede degustar también de un buen menú los fines de semana de todo el año- y cuando aparentemente la lluvia había cesado un poco, decidimos emprender el regreso hacia el Tranco, donde habíamos dejado el coche y, sin prisas de nuevo, pues aún quedaba tarde por delante, comenzamos a bajar para descubrir nuevas cosas y ver el valle desde otros ángulos y puntos tan maravillosos como los de la subida. Tranquilamente nos pusimos a caminar y, aunque llovía sin cesar, parecía que las gotas según caían se fundían sin mojarnos, tal vez porque gracias a los árboles del camino quedaban suspendidas entre sus hojas y ramas para no caer sobre nosotros. Una de las paradas que hicimos al bajar fue al lado de una gran roca que nos llamó la atención cuando subíamos. Se trataba de una mole atravesada por dos bandas que sobresalían del relieve del resto, probablemente era una zona de materiales más blandos que el granito -composición general de todas las rocas de la Pedriza. En ese punto, paramos para regar con la lluvia amarilla de nuestros cuerpos el campo que nos brindaba aquella belleza y, antes de emprender la marcha, hicimos un ejercicio de escucha poniendo la atención en los sonidos que producían tanto el agua de la lluvia sobre el suelo, como el de las gotas más gruesas que caían de los árboles que nos rodeaban y también del sonido más intenso de una pequeña cascada del río que estaba un poco más abajo. Fue muy hermoso oír las diferentes notas que el agua producía al mismo tiempo. Fue un mini concierto que a mí se me parecía terapéutico y relajante, apto para sanar cualquier estado de estrés o ansiedad que la vida cotidiana pueda provocarnos. Seguimos la marcha por el camino, atravesado constantemente por brillantes raíces que hacían las veces de peldaños en las bajadas más pronunciadas, y llegamos hasta Canto Cochino donde se suelen dejar la mayoría de los coches que entran en el Parque Natural de la Cuenca Alta del Manzanares (es así como se llama oficialmente el entorno de la Pedriza). Pasamos de largo y no quisimos quedarnos en el chiringuito que hay allí pues preferíamos bajar algo más y parar a merendar más adelante, en algún lugar más hermoso. Desde Canto Cochino volvimos bordeando el río Manzanares por la orilla derecha para no hacer el mismo recorrido, y después lo atravesamos por una pasarela artificial que está deteriorada y que para las personas que sufren de vértigo puede no ser recomendable. Más adelante y siguiendo ya por la otra orilla, nos cruzamos con unos jóvenes extranjeros que subían muy animosamente sorprendiéndose del lugar. El caudal del río era escaso, tal vez por la época, pues durante el verano no ha llovido apenas en la zona, así que en un punto en el que antes corría el agua por encima de las piedras lisas y llanas formando toboganes en medio del río, nos encontramos con una poza pequeña donde antes se podía bañar uno fácilmente. En ese momento una pareja de ranas saltaba dentro del agua y Sebastián quiso disfrutar de su salto como un chiquillo, hasta el punto de que casi cae al agua por acercarse lo más posible a observarlas. Después de un descanso en ese lugar, seguimos adelante y nos paramos a observar con detalle unas rocas muy negras, que ya al pasar por la mañana nos habían llamado la atención. En esta ocasión nos fijamos atentamente en que no se trataba de que la piedra tuviera una composición distinta de la habitual, ni de que ese color se debiera sólo a la humedad; se trataba de la existencia en su superficie de materia orgánica, que podría ser de un tipo de liquen o musgo muy oscuro, prácticamente negro, lo que le da a las piedras ese aspecto diferente del gris propio del granito limpio. Nos percatamos de que eso debía de ser el primer intento de población vegetal en la roca, después de ese liquen aparecería el musgo verde, más tarde las primera hierbas, después otras plantas y por último los árboles que salen de la misma roca. Y así es, un poco más adelante, nos encontramos con que de dentro de una roca elevada surgía un árbol con el aspecto de un bonsái pero de tamaño natural, es decir, un bonsái gigante. Nos acercamos y nos sorprendimos al comprobar que se trataba de un madroño precioso, cargado de frutos, verdes aún, pero que nos regalaba su silueta que no es fácil verlo más que cuando se está de vuelta. Más adelante encontramos para nuestra tranquilidad, puesto que había comenzado a llover más intensamente, otro chiringuito que hay más abajo y que estaba cerrado, pero con la suerte de que tenía unas mesas bajo techado donde nos resguardamos, y quitándonos las capas para que se secaran acabamos la comida que nos quedaba y merendamos tranquilamente sin mojarnos. Justo antes de emprender la marcha de nuevo, pudimos agradecer al Sol que apareciera por un instante y nos saludara. Ya sin parar nos dirigimos hacia el coche y llegamos al pueblo donde volvimos a recrearnos frente a una taza de café que nos sentó estupendamente. Regresábamos a Madrid cerca de las 10 de la noche contentos por el día tan estupendo que habíamos pasado y por la cantidad de cosas que la Naturaleza nos ofrece si sabemos mirarlas. Este día lluvioso y maravilloso para nosotros, podría haber tenido otro cariz negativo si nos hubiéramos quedado sólo con una impresión distinta del mismo, una impresión de molestia por la lluvia incesante, de frío o de la incomodidad por no poder bañarnos, como había sido nuestra primera intención al programar la excursión. Os invito a que viváis una experiencia semejante pues merece la pena. Es un lugar cercano (media hora más o menos de Madrid) precioso y que en cualquier época del año ofrece diferentes atractivos. Si vencéis la pereza del primer paso no os arrepentiréis. Besos
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