|
“LOS TRES
DONES”
(Madrid, también los tiene)
Quisiera en esta ocasión, compartir con vosotros la alegría y el
agradecimiento que se puede experimentar en un “simple” salir al campo
con unos amigos.
Esta vez, el lugar está algo lejos de
Madrid, sin embargo, con un sencillo ejercicio de visualización podemos
traerlo aquí cerca, tan cerca que se puede ir andando desde algunos
puntos en los que, previamente puedes haber llegado en metro, autobús o,
quién sabe, a lo mejor tienes la suerte de poder ir a pie desde tu propia
casa. De ese lugar próximo os hablaré otro día, tal vez mueva vuestra
curiosidad y esperéis con intriga la llegada de esta revista para saber a
qué lugar me refiero. Hoy, y siguiendo con lo que decía, hablaré (¡qué
curioso!, digo hablaré y sin embargo estoy escribiendo) del lugar donde
me llevaron unos amigos de Valdepeñas. Era el típico sitio del campo
donde conviven las encinas, los viñedos y los olivos, como en su día
convivieron las tres culturas más importantes de nuestra “piel de toro”
de las que la mayoría de nosotros descendemos.
El lugar tenía el encanto típico de aquella zona: Altibajos coloreados de
ocres, grises y verdes, junto con algunos amarillos del verano ya pasado,
y del otoño incipiente.
Muy cerca de allí había un pequeño pantano que probablemente abastecía de
agua las fincas más próximas y tal vez alguna población que se escondía
entre las lomas con las que parecía jugar al escondite.
Llegamos a lo que se me parecía el típico cortijo andaluz y luego se
quedó en sencilla y tradicional casa de labranza del siglo pasado, mejor
dicho, del anterior al pasado, del XIX y después de enseñarnos la casa
que los dueños se habían preocupado de mantener como era entonces, con su
mobiliario y enseres propios de la finca -allí se veían sillas con
asientos de esparto, butacas de sólida madera; la chimenea con sus
trébedes, peroles de cobre y sartenes de hierro; cortinajes de otra época
y un suelo de baldosa de barro cocido, rojo y brillante muy cuidado;
dormitorios con camas y armarios de madera labrada y artesonado con vigas
envejecidas por el tiempo absorbiendo humo y calor del fuego que calentó
los fríos días de invierno de aquella casa-, salí hacia el lugar donde
los niños tenían su escondite, o mejor dicho, su espacio propio. Allí
eran libres para jugar y divertirse a su antojo. El lugar no tenía,
ningún interés especial visto desde la casa pero, al llegar allí lo que
llamó mi atención fue una hermosa y vieja encina, grande, muy grande, de
la cual ya se habían desprendido la mayor parte de sus frutos: “la
bellotas”, manjar para los “cochinos” y que a nosotros, tal vez por esa
razón, nos parecen incomibles. Pues bien, será porque soy de un pueblo
donde -que yo recuerde- sólo había alguna encina dispersa en medio de los
campos de trigo, y de niña probé las bellotas -al igual que la pequeñas
patatas que cocidas mi padre le echaba a los cerdos como manjar exquisito-,
o tal vez porque realmente son exquisitas. Os invito a probarlas y, ya me
diréis.
Las bellotas caídas brillaban con una luz que parecía salir de su
interior, estaban allí en el suelo, y eran tantas que en algunos momentos
parecía que pisáramos un espejo. Muchas de ellas se nos brindaban ya
abiertas de par en par, sólo había que comerlas quitándoles fácilmente el
envoltorio que las cubría. Eso fue nuevo para mí, siempre las había visto
y comido cuando aún tenían su cáscara firme y dura, tal vez recién caídas
de la rama, pero ese día no era así, la mayoría de ellas debían haberse
abierto al caliente Sol de La Mancha.
Era una gozada aquel regalo de la madre Naturaleza, a través de su hija
la vieja encina, para sus nietos, los niños que por allí jugaban; y como
si de uno de sus juegos se tratara les invité a disfrutar cogiéndolas
para ofrecérselas a los mayores como un presente que no se compra en los
mercados, y sin embargo, lo comemos transformado en rico jamón ibérico.
Nos despedimos del aquel árbol majestuoso, abrazándole y dándole las
gracias por sus frutos que recogimos sin ningún esfuerzo y, subiendo la
cuesta hacia la casa, algo llamó de nuevo mi atención: Colgado de
pequeños olivos destacaban hermosas aceitunas negras que con un fabuloso
brillo parecían pendientes en las orejas de princesas, fue otro regalo
más de la Naturaleza que disfrutamos cogiendo de una en una y sin
reservas; a los niños no les resultó difícil pues las tenían muy cerca,
los olivos eran muy “chiquitos”, llegaban a la altura de sus cabezas.
Después de degustar una estupenda paella, acompañada de rica ensalada de
lechuga y tomate y que Lucas, -padre de los niños- nos cocinó con amor y
alegría al estilo tradicional, ya sabéis, sobre las ascuas de las cepas
secas de los viñedos que estaban recogidas y amontonadas para facilitar
esa hermosa tarea de cocinar para los demás -tarea que no siempre
agradecemos suficientemente a quienes lo hacen, y que aprovecho para
hacerlo en mi nombre y en el de los que como yo tenéis la suerte y el
privilegio de comer habitualmente lo que otros nos cocinan- y, con los
efectos de la modorra de un día muy soleado, caluroso incluso para la
época, nos adormilamos un poco hasta que llegó la hora de ir al encuentro
del tercer manjar que los campos ese día nos brindaban, regalándonos las
últimas uvas de la temporada que esperaban en las cepas de los viñedos
que, al otro lado de las encinas y los olivos nos miraban.
Fue como un baile gozoso y armónico ir de cepa en cepa recogiendo
aquellos frutos pequeños, azulados y dulces, muy dulces, que no servían
para hacer la cura de uvas que algunos recomiendan pero sí para disfrutar
de su dulzor y sobre todo para disfrutar de ese recoger la cosecha ya
abandonada o de nacimiento tardío. Lo verdaderamente hermoso fue el
encuentro entre amigos y el disfrutar de un día de campo soleado y otoñal
en frutos y en colores.
Celebraré haber sido capaz de transmitiros esta preciosa vivencia y os
recuerdo que no hace falta salir de Madrid, para disfrutar algo
semejante, pues bien cerca de nosotros tenemos todos esos frutos, y más,
que si no queremos recogerlos podemos dejarlos pero, al menos, sí podemos
disfrutar de ellos en su entorno. Cómo y dónde seguro que muchos los
sabéis, pero si no es así, os lo revelaré muy pronto. ¡Eso espero!
Con amor,
Teresa Esteban
|