CHEMA PASCUAL

CHEMA PASCUALINSTRUMENTOS PARA EL ALMA
Su vida ha girado alrededor de la música y los viajes. Crítico musical, creador de programas radiofónicos y estudioso de los sonidos místicos. En 1995 funda Ritual Sound, cuya filosofía es viajar a las diversas culturas del mundo y recoger los Instrumentos Sonoros que usan para conectar con Deidades, ancestros o formas de poder, y en último caso, para adentrarse en uno mismo.

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Kalimba: El piano de sueños

220 ILUS RITUAL1 1Son las 8 de la tarde en Makurdi, una aldea al sur de Nigeria. Hace calor y no hay mucho que hacer, excepto cenar una sopa de mandioca. Suanza intenta dormir a su hija con una nana susurrante. Para acompañar su voz utiliza un pequeño instrumento rudimentario hecho con unas láminas de metal sujetas a una calabaza hueca. Sobre la voz de Suanza cabalga el amor por su hija y el recuerdo de sus antepasados. Ella porta el testigo de una generación a otra y lo entrega cantando y presionando sus dedos sobre los bordes de las láminas de metal, como hizo su madre y como lo hicieron sus ancestros recorriendo un camino que se pierde hace más de tres mil años. El milagro del canto y el repetitivo ritmo del instrumento hacen posible que el sueño invada a la pequeña.
Las nanas se han dado prácticamente en todas las culturas, pero ese pequeño instrumento que hoy se conoce en occidente con el nombre de kalimba, no salió del continente africano hasta la década de los 50, cuando el musicólogo Hug Tracey lo exportó desde África, popularizándolo por todo el mundo. Así que ya podemos dormir tranquilos: la kalimba nos enseña el camino a los dulces sueños.
DEL CICLO AL TRANCE
De todos los nombres con que se conoce a este peculiar instrumento, hay uno que me parece muy descriptivo: Piano de dedos. En realidad sólo se utilizan dos, los pulgares, que de forma repetitiva van pulsando las láminas. Éstas pueden estar colocadas en un solo nivel o, lo que es más común, en dos, pero a la hora de tañerlas no supone mucha diferencia ni dificultad, ya que la facilidad de usarlas es debido al empleo de escalas pentatónicas en su afinación, lo que permite improvisar sin que se precise conocimiento musical teórico.
Pero conozcamos un poco el interesante viaje que este pequeño instrumento ha recorrido. Se sabe, por ejemplo, que, en un principio, las láminas eran de bambú, de las cuales se han encontrado piezas en la costa oeste africana datadas hace 3.000 años. En su evolución, las láminas de metal aparecen hace 1.300 años, y viajan, a lo largo del río Zambeze, desde Zambia a Zimbabue y de allí, ya por tierra, hasta Sudáfrica y Tanzania.
En su largo camino físico e histórico, este mágico instrumento ha poseído muchos nombres: mbira, likembe, sanza o karimba, entre otros muchos, pero también distintos usos. Los griots, por ejemplo, esos grandes preservadores de la tradición oral africana, transmiten aún los hechos acaecidos en su tribu, acompañados del sonido mántrico de la kalimba. Con su hipnótico sonido, el oyente escucha atónito la irrepetible historia de su pueblo. 220 ILUS RITUAL2
Pero, ¿a qué se debe este señuelo de atención plena que emite la kalimba? En primer lugar por su sonido. Podríamos hablar de un goteo de agua desigual que, al caer en un charco o estanque, crea un efecto relajante y ensoñador. Podemos hablar también de la secuencia cíclica de sus ritmos: con una mano se suele repetir la base simple de bajos, mientras con la otra se encadena una melodía que, si se cruza con la anterior, crea un efecto atrayente aún mayor. Por último, nos fijaremos en su cálido volumen, que permite la entrada de voces u otros instrumentos.
La kalimba es también sagrada. El pueblo shona de Zimbabue, por ejemplo, emplea su mbira -nombre que allí toma el instrumento-, para facilitar la comunicación con los espíritus ancestrales de la tribu. En estas ceremonias, las personas invocan a sus lémures y les piden ayuda para superar problemas circunstanciales.
MUSICA ÍNTIMA
220 ILUS RITUAL3El viaje más largo que ha recorrido la kalimba ha sido hasta llegar a las manos occidentales. Pero ha llegado para quedarse. Son ya bastantes los artesanos que elaboran kalimbas en Europa. En nuestro país tenemos al lutier Iñaki Lores, que a través de su marca Klinn (onomatopeya de la vibración de láminas) construye kalimbas y sánsulas de una belleza sublime.

Soy un fanático de este instrumento, lo reconozco. Pero me voy a tomar la libertad de decirte por qué. La música, y los sonidos ordenados en general, están considerados como elementos que nos sirven para comunicarnos con las emociones y transmitirlas. Pero creo que la kalimba va más allá de la tristeza o la alegría, del amor o el odio. La kalimba habla de un camino, de una senda que vas tomando a medida que se repiten las notas paisajísticas. Contando con tu apertura, te va llevando poco a poco a algo íntimo, un lugar muy primitivo quizás, donde hay pocas cosas y poca gente. Allí, más que un lugar, puede que esté un pequeño punto en el espacio-tiempo: tu vida.

De la Improvisación a la mística

219 ILUS CHEMAEl compás lo es todo. Los planetas y cada piedra que giran en el universo lo hacen de forma acompasada, moviéndose sobre sí mismos y alrededor de otros sin que se choquen, guardando la distancia y velocidad adecuada. Cuando no existe el compás, se incrusta el caos. 

Estas palabras, del guitarrista flamenco Raúl Rodríguez, respondían a la pregunta: qué es para ti el compás. En realidad define de una forma artística lo que se llamó la música de las esferas en la época de Platón, donde el movimiento armónico de los planetas definían la escala pitagórica que dio pie a la progresión musical que hoy conocemos todos.

Hoy ya sabemos que todo es vibración, incluso la materia. La música al fin y al cabo no es otra cosa que vibración de ondas más o menos ordenadas. En este espacio, nos proponemos demostrar que practicar una actividad musical nos puede llevar a entablar un diálogo con la naturaleza y, a la postre, a una armonía personal.

De hecho, en un principio, los elementos naturales y los animales fueron quienes nos enseñaron a musicar. Fueron las aves quienes con su canto ordenado trasladaron al hombre las posibilidades de su voz melódica. Y fue la naturaleza quien nos enseñó a crear los primeros instrumentos, como las flautas (el canto de aves) o los zumbadores (el sonido del viento), o el didgeridú, el sonido de los sueños.

El gran musicólogo Marius Scheneider va aún más lejos al conjeturar que “la música es la más alta forma de espiritualización de la naturaleza, pues expresa ésta con un mínimo de materia (vibración ordenada)”. Pero también nos advierte del peligro que supone que “el hombre moderno en su pensar, corre el peligro de perder el contacto con la verdad inmediata (natural) al desear imponer sus ideas al mundo circundante (artificial)”. En vez de hacer que cada idea sea una verdad viable, un ritmo verdadero de la naturaleza, consonante con las leyes íntimas de la vida, prefiere un ritmo artificialmente creado. 

Sin embargo, en los tiempos actuales, la música ha derivado en muchos casos en una interpretación del papel pautado o partitura, creándose un mayor vínculo mental que emocional, fundamentalmente en el intérprete. El gran músico de Jazz Jorge Pardo remarcaba en una conversación que “la partitura ha de servir como una anotación para poner de acuerdo a varios músicos o recordar uno mismo lo compuesto, pero que no sirva como presión para el ejecutante que ha de estar más en sintonía con su alma creativa”. 

Hoy, la enseñanza musical, y su gran dificultad para plasmarla eficazmente en un instrumento, ha paralizado la posibilidad de que muchos de nosotros, seres ocupados con familias, trabajos, etc, afrontemos tocar un instrumento sin miedo a hacer el ridículo. Hemos perdido el ritmo… de la vida. 

EL PODER DE LA IMPROVISACIÓN

Ya hemos hablado en estas páginas de la variedad de instrumentos que se puedan tocar sin que sea necesario aprender música. En realidad, se trata más de un desaprender. De un dejarse llevar. ¿O poseer? Golpear repetidamente un tambor por ejemplo, con un ritmo simple pero constante, nos va sujetando nuestro hemisferio izquierdo – el pensante- concentrado en no perder el ritmo, de forma que el derecho – el intuitivo – coge más presencia y se va dejando poseer por ese tiro natural. Es ahí donde conectamos con la vida rítmica, cíclica en sus estaciones, armoniosa en su compás. 

Pero es hora de girar con otros planetas. Al tambor se suma una flauta nativa (pentatónica y fácil de tocar), una voz grave que susurra como un mantra, un hand pan que nos eleva,  una voz más aguda que improvisa una melodía, quizás una maraca… No hace falta que todo empiece bien, sólo hay que dejar que todo se vaya colocando. Seguramente nos sorprendan los resultados, no por lo bonitos que puedan ser, sino por lo que nos hacen sentir: la vida en su forma más primigenia. ¿Música o mística?

Marius Scheneider afirma que “todas la tradiciones místicas utilizan la música para penetrar en la ley divina de la naturaleza”. Pero para ello “hay que entregarse al ritmo creador, no para disecarlo, sino para vivirlo. De forma que sabemos lo que hacemos, pero no conocemos lo que hacemos o de qué modo lo hacemos.”

En la santería cubana practicada con tambores batá, el músico-místico se ve de pronto poseído por Changó (dios del fuego) o Yemayá (diosa de todos los océanos) y vive la deidad cabalgando sobre el ritmo. La música deja de ser arte para convertirse en mística, unión con la naturaleza esencial.

En la improvisación yace la mística. Aparca el miedo al ridículo, a la desafinación, al irte de ritmo. Escucha al que toca a tu lado y acoplaros en la divina danza del devenir. Escucha el silencio y siente la ausencia, la muerte, el tempo necesario para que vuelva a brotar el ritmo y la melodía. Da voz ahora a tu miedo: gritaaaaa!!! Da voz a tu amor: susurraaaa!!! Da voz a la vida: canta!!!

Chema Pascual

Ábrete al Sonido

218 CHEMAEl sonido huye desnudo, emana de la propia existencia, despojado de juicio, de emoción, de mensaje. El sonido huye sin luz y a tientas, insufla los abismos de la imaginación. Cuando escuchamos sonidos de la naturaleza, como el silbido del viento, el rugir del mar o el temblor del trueno, crea tensión, nos pone en situación de alerta. El sonido nos crea como individuos, mientras que la música nos hace sentir parte de la colectividad. 

El gran pensador humanista Ramón Andrés comienza así su ensayo El mundo en el oído, que nos sirve también para introducir y separar el sonido y la música. De hecho, el sonido ha tenido su propia historia y ha conseguido llegar a nuestro presente cargado de una energía que algunos defienden como sanadora y liberadora. ¿Será verdad?

Gracias a diferentes avatares, instrumentos arcaicos, como cuernos, caracolas o didgeridoos, se van instalando poco a poco en el presente. Este último lo conocimos prácticamente en el siglo XX, cuando el hombre blanco se adentró en las llanuras australianas donde hallaron a los primitivos aborígenes. Se cree que llevaban más de veinte mil años soplando un trozo de madera hueca y extrayendo de él un sonido estremecedor, grave y sumamente primigenio. Con el sonido del didgeridoo o yidaky, el aborigen conecta con el mundo de los sueños: Dreamtime.  ¡Pero resulta que también es capaz de alterar nuestra consciencia! ¿Podríamos decir que nos retrotrae a una tierra que aún conserva nuestras huellas y nos identificamos con ellas? Solo hay que abrirse al sonido.

El instrumento de tradición hindú, llamado Srutibox, toma su nombre del sánscrito sruti, que significa lo oído, lo que ha sido revelado por audición. De hecho, esta especie de acordeón de caja de madera con fuelle y que emite un monótono sonido a modo de bordón, se emplea para la recitación de mantras y cantos devocionales. Al viajar a nuestra cultura, el Srutibox se convierte también en uno de los soportes sonoros más difundidos para acompañar y sostener el Canto Difónico o Canto de Armónicos.

EL SONIDO Y SUS ARMÓNICOS

El sonido es vibración que, al chocar con el aire en su desplazamiento por el espacio, crea nuevas ondas sonoras que varían siempre en un intervalo matemático. Es decir, todo sonido se compone de una nota fundamental (por ejemplo un Do) y varias notas de menor amplitud llamadas armónicos. No es fácil diferenciar estas ondas menores en los sonidos habituales, pero hay instrumentos que están especialmente diseñados para que podamos distinguirlas. Es el caso de los Cuencos Tibetanos y Gongs. 

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