JUANCHO CALVO

ZEN Y VIDAJUANCHO FOTO ROJO
Licenciado en Bellas Artes y formado como director de cine y televisión en Estados Unidos, ha dirigido películas y numerosas series de tv, ha recibido premios por su trabajo como director y ha creado su propio entrenamiento para actores y actrices que desean madurar conscientemente en el arte de la interpretación. Camina desde hace décadas la Vía del Zen y profundiza en la práctica del Seitai y del movimiento natural espontáneo, formándose regularmente con maestros europeos y japoneses y prestando siempre especial atención a la meditación y al movimiento en su relación con la creatividad y el desarrollo del potencial humano. Es el responsable de "Zen y Vida" y ofrece el "Taller de Meditación Zen", integrando el valioso legado del Zen tradicional en el contexto occidental actual y acompañando a personas que sienten el anhelo de desplegar sus vidas de forma más despierta y plena.

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Año Nuevo ¿Vida Nueva?

219 ILUS JUANCHOPasó la Nochevieja y comenzó el Año Nuevo. Hemos celebrado el final del año que ha quedado atrás y el inicio de este nuevo año que se abre ante nosotros lleno de posibilidades. Nuestra idea de tiempo es lineal, como parece ser nuestra existencia, que va sumando minutos, días, noches viejas, años nuevos. Como en una película que va sumando fotogramas, planos, frases y escenas, hasta que (igual que en nuestra propia vida) tarde o temprano llegamos al inevitable final. El Tiempo parece así una apisonadora existencial en forma de reloj de arena que a la vez que va sumando va restando, hasta que irremediablemente todo se acaba. Por eso este regalo efímero que llamamos Vida o Tiempo es tan valioso y por ello se nos insta constantemente a aprovecharlo al máximo, en lugar de a malgastarlo con tareas sin fin y con distracciones infinitas. No es de extrañar que por este motivo en los retiros Zen se recite frecuentemente: "Nacimiento y muerte son un asunto serio. Todo pasa deprisa. Estad siempre vigilantes. Nadie sea descuidado. Nadie olvidadizo".

La idea de Vida, como algo amplio, cuando se cruza con la idea de Tiempo, como algo limitado, da como resultado la idea de Oportunidad. Por ello desde la antigua Grecia se habla de dos concepciones de tiempo muy diferentes: Chronos y Kairós. Chronos se corresponde con el tiempo lineal, imparable, que podemos medir en minutos y organizar en nuestra agenda. Este es un tiempo que se refiere a la cantidad. Sin embargo, Kairós se corresponde con el tiempo como posibilidad, con el aprovechamiento de ese instante perfecto que no se puede medir, solo se puede experimentar, pues no tiene que ver con la cantidad sino con la cualidad. A Chronos lo vemos todos continuamente, no hay más que mirar el reloj o el calendario. Pero Kairós resulta más difícil de ver, pues está más relacionado con la intuición y con cómo el tiempo puede convertirse en una Oportunidad para la transformación.
Podemos pasarnos la vida llenándonos de tareas y parloteando mientras esperamos que el día acabe, que llegue el viernes, o que "esto termine" y llegue "lo siguiente". O podemos abrirnos en cuerpo y alma a la experiencia para dejarnos atravesar por la posibilidad de despertar, evolucionar, transcender. Chronos es la línea horizontal que avanza hacia adelante, Kairós es la línea vertical que la atraviesa. Chronos y Kairós están creando constantemente un cruce dinámico "tierra-cielo" que pone límites en el Aquí y abre posibilidades en el Ahora para que se despliegue todo el potencial de la existencia en este preciso instante.
La apasionante aventura del Zen es precisamente una invitación a colocarme, reconocerme más bien, en el centro mismo de esa cruz tierra-cielo, Chronos-Kairós, en la que mi existencia y la existencia en su totalidad pueden revelarse no como algo que sucede "ante mí" sino como algo que está en mí, que soy yo, y a cuyo misterio y dinamismo puedo despertar instante tras instante.
Cuando aprecio mi nacimiento porque asumo que un día moriré y por lo tanto valoro plenamente el regalo de esta vida, cuando estoy atento y no vivo de forma descuidada y olvidadiza, el tiempo no se mide en segundos, días o semanas, sino en oportunidades para abrir los ojos, despertar, atreverme, comprender, desprenderme, dar el salto, agradecer. Entonces la vida no me llama la atención con las doce campanadas de nochevieja sino que simplemente me da una campanada, siempre en el momento oportuno, normalmente cuando menos me lo espero, y siempre en el corazón. Y me susurra: "¡Ahora!", "¡Eso es!", "¡Sí!", "¡Oh!". Y entonces parece que Chronos ha hecho el trabajo necesario para llevarme hasta este preciso instante y por eso ahora Chronos parece detenerse, la vida se abre y todo puede tomar otra dirección. Se ha puesto en marcha Kairós, se descubre ese momento de oportunidad reveladora en el que la vida nos muestra la puerta hacia lo realmente nuevo, no porque la vida sea nueva sino porque se han renovado los ojos que la ven.
La Vía del Zen es un camino para despertar al aprecio por la vida en su totalidad, instante tras instante, apreciando así el valor del presente y de su potencial de transformación. Cuando entendemos la vida y el tiempo de esta manera, cuando yo asumo mi vida y mi tiempo como una oportunidad, entonces no solo descorcho una botella de cava al oír las doce campanadas en nochevieja sino que a cada instante yo soy la botella y, si me entrego sin miedo, la vida misma puede descorcharme y mostrarme que un año nuevo, una vida nueva, me están esperando a cada instante, si yo me renuevo por dentro y aprovecho la oportunidad.

Juancho Calvo

La mente en paz

218 JUANCHOMuy habitualmente, las personas que comienzan a meditar o que se inician en el Zen se pelean con su incesante pensamiento y, con tono frustrado, argumentan que les es imposible "dejar la mente en blanco". Otras personas se lamentan diciendo que no pueden meditar porque son incapaces de "parar la mente" y otras dicen que lo intentan con gran determinación pero que "los pensamientos les atrapan" o que "no los consiguen controlar".
Estos y otros razonamientos similares son los que se escuchan al principio cuando se acompaña a personas que desean caminar la vía del Zen. En todos ellos subyace un mismo error de base que necesita ser aclarado de raíz: la meditación no es dejar la mente en blanco, la meditación es dejar la mente en paz. De alguna manera, este extendido bulo espiritual de "parar la mente" o de "dejarla en blanco" tiene un origen muy lógico: quien sufre los ruidos del vecino piensa que el problema es el vecino molesto y que la solución es que el vecino molesto se calle o se vaya. Pero nuestra mente no es el vecino de arriba. Y que se calle o se vaya parece bastante improbable.
Una de las facultades naturales y propias de la mente es el pensamiento, así que no debemos condenarlo pues es deseable que nuestra mente despliegue su potencial natural. Otra maravillosa facultad de la mente es la de "darse cuenta", con la que ponemos luz sobre el pensamiento y también sobre el cuerpo, la respiración, el sentir, el sabor del té, un pájaro, las otras personas, la existencia al completo. El pensamiento es solo uno de los muchos fenómenos que aparecen y desparecen en el plano de la experiencia. Lo que nos limita no es tanto el hábito de pensar constantemente sino más bien el hábito de poner constantemente la atención en el pensar. Por esto, si estamos constantemente "en el pensamiento" y además este es dual y conflictivo, es normal creer que "no hay paz mental porque la mente está llena de pensamiento" y que "la paz mental solo llegará cuando la mente se vacíe".
Sin embargo, para meditar no es necesario ni dejar de pensar ni dejar la mente en blanco. De hecho, en la meditación y en el día a día, los pensamientos no nos atrapan, somos nosotros los que los atrapamos con nuestra atención. Y ellos no nos controlan, somos nosotros los que nos implicamos y generamos más pensamientos para controlar una batalla pensada que solo genera más pensar. Es como si nuestra mente y nuestro pensamiento quisieran en realidad unirse a la meditación y fluir libremente como hace nuestra respiración o nuestras sensaciones corporales, pero somos nosotros, alimentados por el apego y la aversión, los que nos empeñamos en encadenar y encarcelar todo. Visto así, no soy yo el que busco que la mente me deje en paz, sino que es la mente la que busca que le deje en paz el yo; no soy yo el que anhelo liberarme de la mente sino que es la mente la que anhela liberarse de mí.
El Zen no pretende decapitarme. El Zen es un camino de despertar completo en el que la mente, incluso la mente pensante, se descubre como una parte esencial de mí mismo, cuya narración no puede ser la responsable de mi experiencia de la realidad, pero cuyo exilio no es el requisito necesario para mi liberación. Muy al contrario, cuando la mente se libera, se revela no solo como algo mío o dentro de mí sino como Algo que soy yo y que a su vez lo es Todo. Por eso, cuando mi vida interna fluye porque yo no encarcelo mi mente, descubro que toda la vida fluye: el pensamiento, el cuerpo, la respiración, el sentir, el sabor del té, un pájaro, las otras personas, la Gran Mente al completo fluye, solo mi pequeña mente la veía encarcelada, tan solo porque ella lo estaba.

El cojín y la silla - El Zen y la Terapia

 

El Zen y la meditación pueden aparecer para ciertos buscadores como prácticas que supuestamente conducen al logro de algún objetivo: relajarse, concentrarse, conocerse mejor, penetrar el misterio de la existencia, trascender, incluso iluminarse; y lo cierto es que todo ello puede darse. Además de esto, hay personas que, ya sea por afán en su "crecimiento personal" o por un sufrimiento que les angustia, buscan en el Zen un progreso individual o la resolución de conflictos personales.

217 ILUS JUANCHOw

En este último caso es importante ser muy claro: el deseo de evolucionar es una motivación muy valiosa y el Zen ciertamente puede transformar tu vida, pero el Zen no es una terapia. El Zen no es una técnica para solucionar conflictos psicológicos ni para avanzar en aquello que llaman el "crecimiento personal". De hecho, más que en el crecimiento personal, el Zen está interesado en el "decrecimiento personal", en poner en su sitio a esa superestructura egocentrada y sobrealimentada que en muchos casos es el primer y mayor problema del individuo.
A pesar de todo esto, las personas que meditan y tienen una vivencia más allá de lo biográfico cultivan una forma de experimentar la realidad que les permite relajarse y establecer distancia con esos asuntos que suelen vivirse como demasiado propios e intensos. Al mismo tiempo, esta vivencia amable de "lo personal" es más acogedora y no niega ni teme lo que acontece, por lo que es finalmente más integradora. Esta visión relajada, que es a la vez desapegada y unitaria, revela un espacio esencial desde donde todo lo personal puede vivirse con más sabiduría y compasión y desde donde el ser humano puede acercarse más naturalmente a la Verdad.
Obviamente, una vivencia con estas cualidades es de gran valor en el día a día y por supuesto en un proceso terapéutico. Por eso, paradójicamente, aunque el Zen no es una terapia, lo cierto es que puede resultar muy terapéutico y puede además suponer un elemento esencial en la efectividad terapéutica. Es aquí cuando podría decirse que el Zen echa una mano a la terapia.
Al mismo tiempo, la práctica zen, lejos de ser una forma de esquivar el mundo o una circunvalación para evitar entrar en lo personal (el llamado bypass espiritual), es un camino que exige una mirada honesta y que muestra claramente el paisaje individual. El camino del Zen es un camino hacia el corazón del ser humano y el meditador se sienta (y se siente) con todo lo que es, lo cual evidencia el fondo, la superficie y, por supuesto, los asuntos personales. Es aquí cuando podría decirse que la terapia echa una mano al Zen.
Un proceso terapéutico (especialmente si su abordaje es humanista y está centrado en el darse cuenta) puede ayudar a que la experiencia Zen tenga menos obstáculos y se viva de forma más plena e integradora. La terapia puede además recoger las cuestiones emergentes que a veces se revelan en la práctica meditativa y darles así la atención y el cuidado necesarios en el encuadre más adecuado. Por otra parte, el Zen puede facilitar que la terapia se viva más lúcidamente, desde un centro más sereno y amable, y puede ayudar a abrir el espacio y ubicar la terapia en su justa medida, evitando que el buscador caiga en una obsesión terapéutica que muchas veces, lejos de sanar, engorda el ego y aumenta el drama. Con ambos procesos, el meditativo y el terapéutico, la estructura egoica se descompone y recompone constantemente, dejando atrás el yo-viejo disfuncional y descubriendo un yo-nuevo más sano, lúcido y cordial.
Entendido de esta manera, la práctica Zen ayuda a la terapia y la terapia ayuda a la práctica Zen. La silla de una sesión de terapia y el cojín de la práctica Zen son ámbitos muy diferentes y no deben confundirse. Sin embargo, cuando ambos se articulan convenientemente, la silla y el cojín se complementan de forma muy positiva.

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