Desde el amor contemplativo a la acción política

El autor de la Nube del No Saber, cita que el ejercicio del amor contemplativo es la tarea mas importante a la que el hombre puede dedicarse, y que es signo de perfección. Estas palabras para el angustiado habitante del siglo XXI suenan a pensamientos trasnochados medievales, pero intento aquí expresar con la fuerza de que soy capaz, que nada es mas actual que esta expresión como programa de renovación de nuestra humanidad.
Vivimos un tiempo de oscuridad en las perspectivas y en la sensación de crisis, que no solo afecta a las condiciones económicas de nuestra sociedad sino también, a las condiciones políticas, a las condiciones de convivencia y de vida de todos nosotros, y al estado de nuestra conciencia. Los paradigmas prevalentes en el siglo XX están en profunda decadencia, ya sea tanto el dúo capitalismo/socialismo en el plano social, como el dúo individualismo/colectivismo en el plano de los comportamientos humanos.
Y nos hemos parado en esta encrucijada, y tenemos miedo de no saber avanzar, mientras de forma necia repetimos los ciclos de acumulación y depresión económica, de intentos de convivencia formal en democracia con las guerras por los recursos en que nos hemos embarcado y nos seguimos embarcando.


En la segunda mitad del siglo XX, los entonces jóvenes aspirábamos a que cambiando las condiciones estructurales de la sociedad -quién detentaba el poder y como se distribuía, como se organizaba el proceso de producción y como se administraban los bienes comunes-, cambiarían las condiciones individuales y viviríamos una sociedad mas armónica. Sin embargo los sucesivos y revolucionarios cambios nos mostraron nuevas dictaduras, nuevas formas de opresión del hombre por el hombre. Y hemos transitado desde el entusiasmo juvenil a la melancolía depresiva, los que pugnábamos por la reforma social, por el cambio de las condiciones de producción de bienes y por la solución de las necesidades humanas. Hemos sentido en nuestras vidas el amargo sabor de la derrota, la frustración por el espacio común de la política.
Hoy es común echar la culpa de nuestra crítica situación a los políticos profesionales, a los administradores y a los que son poderosos. Y no hacemos mal en hacerlo, pues aquel que tiene mayor poder tiene mayor responsabilidad, pero desgraciadamente al hacerlo nos cargamos también el propio contenido del noble hacer político, que significa la administración de lo que es común, de lo que es de todos, legitimando a los que predican que el ser humano ha de volver a su interés individual, minimizar el Estado, y quitar el poder a la política para dárselo a la economía en aras del supuesto progreso del individuo. Con ello defendemos por omisión la raíz causal de la crisis de civilización que padecemos: el individualismo como modelo de vida, que establece la defensa de los valores individuales, y la competencia libre entre los miembros de la sociedad, considerados unidades separadas de intereses.
Esta competencia entre individuos -y grupos de individuos aunados por intereses de grupo- está enclavada en lo profundo de nuestra conciencia, pues fue la clave de la evolución de nuestra especie, de homínidos a homo sapiens, de forma que nos permitió prevalecer frente a otras especies y poblar la Tierra, y a través de una historia de violencia, de guerras y de soberanías, llegar a la actual fase de desarrollo tecnológico.
Sin embargo, este individualismo, o prevalencia de la conciencia racional egoica como los psicólogos sociales prefieren llamarla, guiada por los arquetipos de la posesión acumulativa, del rechazo del diferente, y/o de la imposición del dogma particular como verdad absoluta, es la causa de nuestra actual crisis de convivencia, y también la posible razón de la decadencia y eventual destrucción de la raza humana. En este nuestro siglo XXI se nos echa encima esta disyuntiva.
Cita Teresa Guardans que la persona humana parece haber desarrollado al máximo la capacidad conceptual, mental, discriminativa y de interpretación de la realidad, abandonando la necesaria compensación de la contemplación intuitiva, silenciosa, directa, no discriminativa de la realidad, produciendo un desequilibrio que es fuente de sufrimiento y de limitación del crecimiento humano.
El predominio de nuestra conciencia racional nos ha aislado, nos ha refugiado en la desconfianza y la amenaza, nos ha limitado como seres y nos ha llevado a una crisis de competencia y lucha de unos contra otros. Es paradójico pensar que aquello que nos sacó del magma prehominido se haya convertido en un obstáculo en nuestra evolución. Pero no es así, repito, esto no es así, ya que lo que actualmente ocurre es que tenemos que dar de nuevo un salto, un cambio en nuestra forma de ver, trayendo con nosotros los instrumentos tan duramente conseguidos, la razón, la curiosidad científica, la capacidad de conceptualizar, de memorizar y de interpretar. Pero estas facultades no son el centro de nuestra conciencia, no son la identidad en la que estamos encerrados, sino tan solo instrumentos para nuestra vida, como lo son nuestros brazos o nuestros instintos.
No es posible cambiar las condiciones de nuestra sociedad sin cambiarnos a nosotros. Una verdadera democracia, política, social y económica no será posible si se construye desde la pugna individual, desde la posesión individual de los bienes y desde el rechazo del otro. Pero no nos refugiemos como alternativa en el intimismo, que es tentación destructiva de los nuevos buscadores, ya que ese intimismo, en sus vertientes de grupismo, capillismo o defensa de las pequeñas verdades de grupo, es de nuevo un aislamiento, una separación, un rechazo, que habrá de mantener el circulo vicioso del sufrimiento humano.
La persona sinceramente buscadora, que se adentra en el ejercicio interior y que experimenta una forma diferente de percibir la realidad, vive una experiencia esencial que siempre es la ruptura de las barreras que separan a los seres, la puesta en cuestión de las identificaciones separadas, y la percepción de la realidad de forma directa. Con la mirada silenciosa en la esencia, descubre de pronto que lo que ha fallado es la identificación propia con un "yo", y se cae en la cuenta de que no existen intereses individuales que defender, que no existen las esferas separadas de lo individual, y que no existe lo diferente, por mas que la realidad se exprese en las mil formas y variedades. Esta nueva forma de comprender hace temblar los cimientos de todo lo que el hombre ha dado por asumido, pero también hace temblar los cimientos de las bases de la organización social que hemos construido.
La nueva comprensión, la nueva conciencia, es tan actual como necesaria para nuestra organización colectiva, y ha sido ya expresada en su tiempo y en sus vidas por los místicos y sabios de todos los tiempos. A esta comprensión fue a lo que despertó el Buda, a esta comprensión fue en la que Jesús de Nazaret realizó su metanoia. Pero inmediatamente que nuestros maestros realizaron este transito, pasaron a convertirse en transformadores sociales, en agentes políticos. El Buda no creo una nueva metafísica, sino que expresó la sabiduría vital necesaria para superar el sufrimiento de los hombres. Jesús no creo el Cristianismo, sino que organizó un movimiento social campesino, al que llamo de forma críptica “El Reino de Dios”, dirigido a resolver  las condiciones de vida, de opresión y de sufrimiento de los campesinos de Galilea.
Nosotros, seguidores en la práctica del amor contemplativo de estos maestros, habremos de seguirles también en la administración de los “bienes de todos”, en la acción política sobre nuevas bases, sobre nuevos paradigmas de conciencia, resultado de nuestra transformación interior.
Y lo llamamos amor contemplativo porque la expresión del amor es la unidad. Cuando ya no existe en la visión de la persona ningún “yo” separado y ningún portador de intereses que defender, cuando las barreras han caído de forma que no es posible distinguir entre lo que a mi me pasa y lo que a ti te pasa, el ejercicio de esa “mirada silenciosa” es ejercicio amoroso. Desde ahí seremos agentes de transformación, manifestaciones de amor comprometidos con nuestra existencia, fuerzas de transformación social. En lo pequeño y en lo grande seremos agentes políticos.

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