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JUAN MANZANERA

JUANMEDITACIÓN
Licenciado en Psicología Clínica y diplomado en Psicoterapia Gestalt. Se formó en filosofía y meditación budistas en Asia y Europa. Imparte cursos desde hace 25 años. Fundador y director de la Escuela de Meditación en Madrid.

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¿Cuánto vale tu vida?

251 JUANHay algo muy ambicioso en el camino de la meditación, queremos hacer que nuestra vida tenga un valor incalculable. Pretendemos desplegar todo el potencial contenido en la existencia que somos. En términos más concretos queremos evolucionar al máximo y alcanzar la mayor lucidez posible.

Este planteamiento indica una forma particular de vernos en la vida. Primero nos reconocemos de un modo sumamente positivo y luego señala una actitud activa en que nos hacemos cargo de lo que tenemos entre manos. En lugar de esperar pasivamente a que nos sucedan cosas, tomamos la energía vital y la empleamos en evolucionar y despertar.

Para conseguir esto, una de las primeras reflexiones de este camino es hacernos conscientes de la oportunidad que nos ofrece haber nacido. Expresarlo con la palabra oportunidad es muy importante, pues no se trata tan solo de reconocer el milagro de estar vivo o lo maravilloso y sagrado de la vida en sí misma, sino de consumar algo que sólo es una posibilidad. Es decir, de un potencial por desarrollar y un camino a recorrer para que suceda. En este sentido, aunque, obviamente, la vida es valiosa en sí misma queremos hacer que todavía lo sea más. Buscamos hacer lo mejor de ella.

La reflexión sobre la oportunidad que tenemos comienza haciéndonos conscientes de la suerte que hemos tenido naciendo humanos. Hay cientos de miles de criaturas y seres en el mundo; en el momento que nacimos estaban naciendo millones de insectos, larvas y demás, había muchas más posibilidades de nacer así, sin embargo, nos tocó nacer como un tipo de ser con cierta inteligencia y libertad, con una capacidad clara de crear y aprender, y con una lucidez especial. Hemos nacido con una gran ventaja sobre la mayoría de los demás seres vivos. Si nos hacemos conscientes de esto, queremos usar nuestras capacidades especiales que otros no tienen de la mejor forma posible. Sin embargo, tenemos un grave problema, esa misma capacidad nos puede llevar a crear muchísimo sufrimiento e infelicidad en nuestras vidas. Si no sabemos encauzarla nos convertimos en nuestro peor enemigo.

Como hemos oído muchas veces, el universo se formó hace 13.500 millones de años. Pero la vida apareció muchísimos millones de años más tarde - hace unos 4.000 millones de años - y aún más, la vida compleja y lúcida de un ser humano sólo empezó a iniciarse hace seis millones de años con los primeros homínidos. Han ocurrido millones de procesos y muchísimo tiempo para que se produjera un ser humano. Los Homo sapiens empezamos a existir sólo hace unos trescientos mil años. Si lo pensamos, de haber nacido hace diez millones de años, por ejemplo, hubiéramos tenido la posibilidad de ser una bacteria, algún tipo de lagarto o algo similar; pero nunca un ser humano con las capacidades que tenemos.

Entonces, desde este punto de vista, si somos conscientes del privilegio de haber nacido con esta ventaja, lo coherente sería hacernos responsables de usar la vida de un modo diferente a la mayoría de las criaturas. Sin embargo, en este punto clave está la dificultad. No tenemos suficiente perspectiva para vernos así, sentimos la vida como algo en lo que estamos inmersos y no nos damos cuenta de otras dimensiones.

A menudo, la vida se convierte en poner energía para tener bienestar y seguridad, y evitar a toda costa el sufrimiento, la inseguridad y la incertidumbre. En lugar de orientarnos a despertar nuestro potencial nos movemos por los impulsos básicos de búsqueda de placer y huida del dolor. Actuando así no somos muy distintos de los animales o, dicho de otro modo, para eso no era necesario que el proceso evolutivo hubiera llegado a producirnos como seres humanos.

Queremos llegar muy lejos, y para ello es preciso sentir profundamente lo valiosa que puede llegar a ser la vida y la posibilidad que uno tiene de conseguirlo. Es un tipo de sensibilidad que nos lleva a captar con claridad el privilegio que tenemos y la exigencia que se nos demanda.

Es bien conocida la tremenda la cantidad de depresión que hay hoy en día. Pero lo verdaderamente preocupante son los motivos que la gente da para explicar su depresión. “No tengo pareja”, “no tengo el trabajo que quiero”, “las cosas no salen como yo quiero”, “me han abandonado”, “no valgo nada”, etc. Es muy fácil olvidarse del verdadero propósito de la vida y desconectarse de uno mismo. Nos quedamos atrapados en el mundo de nuestro deseos, ideales y quimeras, y cuando las cosas no salen como esperamos nos hundimos.

La vida tiene otra dimensión, y es algo que es imprescindible reconocer. Para poder llegar lejos es preciso creer en uno mismo, y verse de otra manera. En lugar de percibirse como una persona llena de necesidades e inseguridades, reconocerse como alguien capaz de trascender y despertar.

Ahora bien, no se trata de creer en esto sino de contactar con uno mismo. Sin duda para la mayoría de las personas empieza siendo un acto de fe. Para muchos, esta comprensión comienza cuando se cruzan con un mentor que les dice lo valiosos que son. “No pongas límites a lo que puedas llegar a conseguir, no importa cómo haya ido tu vida hasta ahora”, decía mi maestro tibetano Lama Yeshe. Llenos de ofuscación e incapaces de escucharnos a nosotros mismos, empezamos teniendo fe en los maestros. Gracias a eso empezamos a avanzar y salir de la nube de pensamientos falsos que nos ciega.

La necesidad de hacer valiosa la vida nos acompaña todo el proceso. De manera que no buscamos estar bien, ni siquiera ser felices o tener paz. Perseguimos alcanzar un valor incalculable como seres vivos. Estamos llenos de autoengaños, prejuicios y distorsiones, llenos de tendencias emocionales nocivas y pensamientos tóxicos. Tener fe en nuestro potencial y emprender la tarea de emplear cada minuto de la vida en avanzar nos lleva a eludir la influencia negativa de nuestra mente.

Todos hemos tenido momentos de mucha claridad, o mucho amor, momentos de conexión, momentos de una profunda paz, momentos de apreciar la belleza, momentos de lucidez y comprensión. Para la mayoría de nosotros han sido breves y fugaces, pero esos momentos señalan nuestro potencial. Podríamos asegurar que son vislumbres de nuestro futuro, de lo que podemos llegar a ser y vivenciar. Escuchar esos momentos y entenderlos como mensajes del potencial que encerramos es lo que nos ayuda a desplegarlo y hacerlo real.

Esta perspectiva, esta visión del valor que puede alcanzar la vida, deja de lado la búsqueda de la felicidad y el placer, pero sobre todo relega a algo secundario la huida del sufrimiento. “No te des importancia a ti mismo, dale importancia a la vida, dale importancia a Dios”, dijo un santo cristiano. Los problemas de la vida, las frustraciones y los momentos de indefensión y fracaso dejan de tener importancia y empiezan a utilizarse como combustible para estar más despierto, para ser más consciente, para vivir más cualidades. Todo lo que sucede es un ingrediente para despertar, nada se desecha.

¿Cómo apreciar el valor que puede alcanzar la vida? ¿Cómo sentir el impulso de evolucionar y despertar? ¿Cómo aprovechar la vida al máximo? En realidad, la respuesta es muy simple pero muy difícil para la mayoría de nosotros. Es simple porque sólo tenemos que conectar con nosotros mismos. En cada persona hay un impulso a ser más consciente, a ser más amoroso y compasivo, a tener más lucidez y claridad. Hay un anhelo de poseer cualidades, de ser virtuoso, de tener paciencia, de ser justo, de ser amable, de saber perdonar, de dar con generosidad, de ser ecuánime, de ser sabio y humilde, de poder ayudar, de aprender y evolucionar, etc. Está en nosotros, no requiere adquirirlo ni desarrollarlo. En el budismo se llama la Naturaleza de Buda, pero todas las tradiciones espirituales lo reconocen con distintos nombres.

Sin embargo, es muy difícil porque vivimos separados de nosotros, vivimos encapsulados en un mundo de prejuicios, opiniones, ideas y conceptos, estamos secuestrados por nuestra mente a la que rendimos pleitesía. Nos ata nuestra búsqueda de control y seguridad, nuestra búsqueda de reconocimiento y nuestra necesidad de autonomía. Nos ata nuestra mente y nuestras tendencias.

Empezar a evolucionar depende de creer en nosotros mismos, y para hacerlo tenemos que dejar a un lado todas las ideas preconcebidas que nos atan. Solo desde la intuición y el reconocimiento de esos momentos más despiertos que hemos vivido, y también ser testigos de otras personas más evolucionadas, puede ayudarnos a creer en el potencial que tiene la vida y asumir el compromiso de aprovecharlo.

Antes de terminar de leer este artículo y pasar a otra cosa, detente un momento. Dedica sólo unos minutos de tu tiempo a indagar. Intenta ser sincera(o) y honesta(o), no tienes que demostrarle nada a nadie, es algo privado, íntimo. Contempla:

  • ¿Qué es lo más importante para mí en la vida?
  • ¿Qué es lo que realmente quiero?
  • ¿En qué lugar de mis valores pongo llegar a ser mejor persona?
  • ¿En qué lugar pongo estar más despierta(o) y desarrollar sabiduría?
  • ¿Hasta qué punto quiero evolucionar y ser más consciente?
  • ¿Es mi deseo de ser más consciente más importante que nada en el mundo, o es una de las muchas opciones que tengo?

Cuando tengas las respuestas (y recuerda que todas las respuestas son correctas, no tienes que ser de ninguna manera), analiza:

  • ¿Mi vida, mi forma de vivir, refleja mis valores y lo que es más importante para mí?

Ahora busca ser consecuente contigo misma(o) y aprovechar el privilegio que te ofrece estar viva(o)..

Juan Manzanera

Frente al conoravirus

245 ILUS JUANUna antigua enseñanza para tiempos de Pandemia
Ante una situación conflictiva, las personas damos respuestas diferentes. Hay quienes niegan la situación, otros reaccionan con indiferencia, algunos se vuelven muy emocionales, otros buscan toda la información posible; muchos se distraen consumiendo algo, ya sea comida, tabaco, televisión, internet o lo que sea que les mantenga ausentes. También hay quienes buscan apoyo en los demás y quienes se acercan a sus seres queridos, y quienes se aíslan o se encierran.Todas estas respuestas y muchas otras tienen su función y utilidad.

Entender el problema

El problema surge cuando a pesar todo lo que hacemos acabamos en estados negativos. A menudo, en lugar de manejar la situación experimentamos ansiedad, desánimo, irritación, desesperanza, miedo, apatía, etc., de forma que al conflicto se suma a nuestro estado emocional, con lo que todavía nos sentimos peor. Entonces es cuando necesitamos tomar cartas en el asunto y entender lo que sucede. Si comprendemos cómo se produce la negatividad tendremos más capacidad de trascenderla.

Todas estas emociones son en general una reacción a la frustración que sentimos. Es decir, nos encontramos en una situación en que carecemos de muchas cosas que necesitamos. Necesitamos independencia y libertad de acción, y estamos confinados; necesitamos realizar nuestros planes y proyectos, y nos vemos impedidos a ello; necesitamos relacionarnos con nuestros amigos y seres queridos, y nos encontramos aislados; necesitamos sentirnos seguros y controlando nuestras vidas, y nos vemos expuestos sin ninguna certeza; necesitamos compartir, vivir experiencias nuevas, celebrar, viajar, etc. y todo eso está limitado o bloqueado. Hay una larga lista de necesidades que no podemos satisfacer y, ante eso reaccionamos mal.

Los estados mentales negativos son reacciones emocionales ante el dolor que la vida nos trae. La mayoría de las personas enfocamos la atención en lo que nos falta y en tratar de tenerlo, pero además cuando la situación lo impide, somos incapaces de parar y seguimos deseando tenerlo. Esa ansiedad por tener algo que no podemos conseguir a corto plazo se convierte en una emoción negativa.

Empoderarse

En un antiguo texto escrito por un maestro tibetano (del siglo XI) podemos leer: Cuando el mundo y los seres se llenen de maldad, transforma las circunstancias adversas en el camino del despertar.

Hay algo muy interesante aquí. Lo que el maestro nos está señalando es un cambio radical de enfoque. Esto es, en lugar de seguir empeñado en buscar bienestar y satisfacción, en lugar de rechazar las frustraciones y la insatisfacción, el maestro nos propone que aprovechemos las circunstancias para avanzar en el camino espiritual.

La cuestión clave es dejar de darle tanta importancia a acabar con el malestar, de enfocarse tanto en la infelicidad, y poner energía en evolucionar y despertar. Es un enfoque muy radical que hoy en día, diez siglos después, sigue estando vigente y sin embargo resulta muy complicado para muchos de nosotros.

Algunas personas critican al budismo porque habla demasiado de sufrimiento; sin embargo, si leemos bien esta instrucción puede apreciarse todo lo contrario. Nos invita a dejar de hacer tanto caso a nuestras miserias y poner más energía en despertar.

Ahora bien ¿qué significa el camino al despertar?

En la práctica quiere decir cultivar cualidades. Quiere decir que cuando las cosas van mal nada nos impide seguir desarrollando sabiduría y compasión. Podemos seguir avanzando en el camino.

La cuestión esencial es definir nuestro propósito vital. Con todo esto que está sucediendo se habla de cambiar, de que a partir de ahora las cosas van a ser diferentes. Pero las cosas no cambian simplemente porque lo necesitemos o nos apetezca. Somos nosotros los que tenemos que hacer algo para evitar que vuelva la inercia y caer en los mismos comportamientos de siempre. El cambio fundamental viene de la motivación. Cuando nuestros intereses y motivos cambian, la vida cambia.

Desde la perspectiva de la meditación nuestra vida se transforma cuando nos hacemos conscientes de qué es lo importante. Cuando descubrimos que sólo desplegando nuestro potencial de cualidades y fortalezas podemos encontrar satisfacción y plenitud en la vida. Las situaciones difíciles y las crisis forman parte de los ciclos de la vida. Sólo si tenemos recursos podemos afrontarlas con equilibrio y sentido. Un conocido aforismo dice que sólo podemos atravesar un largo desierto si llevamos suficiente agua, del mismo modo, sólo saldremos airados de la experiencia vital si tenemos suficiente generosidad, gratitud, amor y el resto de cualidades del camino del despertar.

Las instrucciones del maestro nos animan a empoderarnos y a dejar atrás el papel de víctimas. Es decir, en lugar de caer en la indefensión y el victimismo (las críticas destructivas, señalar los defectos y errores, culpabilizar, enfadarse con quienes hacen lo que pueden por sacarnos de esta crisis también son formas de victimismo), en lugar de la actitud infantil de seguir empeñados en tener lo que hemos perdido, el maestro nos propone que hagamos un cambio radical en la dirección hacia la que nos dirigimos en la vida.

Debemos confiar en nuestra fuerza interior y sentirnos capaces de aprovechar las circunstancias. En vez de encogernos esperando con impaciencia a que pase lo malo, lo abordamos para sacar lo mejor de nosotros mismos. Descubrimos que el objetivo en la vida no es estar a salvo de la maldad sino ser más humildes, sabios y compasivos.

Con nuestra forma de reaccionar afectamos a los demás. Siempre influimos en los demás. Así que no está de más preguntarnos qué queremos aportar; cuál queremos que sea nuestro legado tras pasar por la vida. Reaccionar con enfados, quejas y demás sólo resta, sin embargo, evolucionar y despertar en una situación complicada es lo que más suma.

¿Cómo se hace?

La siguiente instrucción del maestro, en el mismo texto dice: Pon toda la responsabilidad en lo mismo. Es un mensaje un tanto ambiguo que sin embargo nos invita a indagar en profundidad. La cuestión es que si hubiera una sola cosa responsable de nuestra infelicidad y de que nuestra evolución se encuentre paralizada, ¿qué sería? Nos sentimos frustrados, inseguros, inquietos, desanimados, etc. ¿cuál es el verdadero responsable de todo esto?

La respuesta rápida, habitual, es culpabilizar a algo o alguien (una epidemia, una persona, etc.), es lo que hacemos siempre, y lo que impide algún cambio. Tenemos que ser más honestos y llegar al fondo de la cuestión.

El maestro nos dice que el responsable último es el ego. Dicho de otro modo, el problema son nuestras expectativas, creencias erróneas, hábitos emocionales, inseguridades, deseos y sombras. Todo esto en su conjunto es lo que se denomina el ego. El problema no está fuera sino que lo tenemos muy cerca, está en nuestra mente.

La infelicidad y la frustración vienen del ego, pero también las interferencias a evolucionar y despertar. Sólo si soltamos nuestras tendencias, podremos seguir avanzando y llegar al despertar.
Hacer que las situaciones difíciles sirvan para despertar viene de abandonar la idea distorsionada de uno mismo. Si no lo hacemos, nos convertimos en la diana para que sigan llegando problemas. La única manera de resolver muchas de las experiencias difíciles que nos encontramos en la vida es abandonando algún grado de egoísmo y poseer suficientes cualidades.
Cuando hacemos esto, cuando reparamos nuestro ser eliminando el ego, también eliminamos el desequilibrio de quienes nos rodean. Sanamos el mundo. De modo que, ¿cuál sería la experiencia en una situación de crisis si dejáramos a un lado inseguridades, expectativas, opiniones, creencias, deseos, tendencias emocionales negativas, y todo lo que constituye el ego?

¿Cuál sería la experiencia si viviéramos la crisis con compasión, gratitud, regocijo, amor, ecuanimidad, paciencia, humildad y todas las cualidades del despertar?

Es fácil apreciar que la diferencia es enorme. Así pues, concretando, ante la frustración, en lugar de reacciones basadas en el ego, buscamos vivirla con el mayor número posible de cualidades. Podemos usar la meditación o cualquier otra técnica, la cuestión es hacer que la respuesta a la situación sea una emoción positiva.

Resistencias

No nos resulta fácil enfocarlo así, pero hemos de tomarlo como un aprendizaje. A menudo nuestro punto de partida ha sido complicado y estamos muy dañados. Nos hemos criado con tendencias a la envidia, a la mentira, a depender de la aprobación de los demás, a ser falsos, a ir con una máscara, a luchar por más poder, a querer agradar, a ser caprichosos e impulsivos, a fijarnos en los defectos de los demás y un largo etcétera. Soltar estos egos de toda la vida es complicado.

De modo que en la siguiente frase de nuestro texto el maestro dice: Usa cualquier circunstancia inmediata para meditar. Un verdadero maestro tiene más fe en nosotros que nosotros mismos. Aquí, el maestro no responde a nuestras quejas de impotencia y dificultad. Simplemente nos dice que practiquemos. Hazlo, practica, medita en lo que te está pasando. Sin postergarlo, sin dudas. La instrucción es vivir la experiencia con lucidez y compasión.

Lo que nos libera es hacernos conscientes de lo que sentimos en el cuerpo y la mente, hacernos conscientes del malestar, la ansiedad, la indefensión y demás, y poner ahí mismo amor, gratitud, generosidad, regocijo o cualquier otra cualidad. La práctica es hacerse consciente de la vivencia y ahí mismo, en esa inmediatez de la vivencia permitir que se desvele lo que realmente somos. La tarea es dejar de escaparnos del malestar y vivirlo con sabiduría y compasión.

Práctica

Una forma de conseguirlo es usar la meditación. Meditar en ecuanimidad, meditar en amor, meditar en compasión, meditar en la vacuidad del yo, meditar en la lucidez que siempre hay aquí, meditar en la impermanencia, meditar en atención plena, meditar en la interdependencia de todo, meditar en gratitud, meditar en regocijo, etc.

Miramos al futuro, a cuando esto acabe. Queremos que termine cuanto antes. Tenemos motivos de salud, pero también económicos, necesidades, metas, planes. No obstante, es vital añadir también otra perspectiva. En meditación, buscamos la forma más evolucionada de vivir esta experiencia. Cada momento de la vida está lleno de significado, querer que pase pronto, querer que llegue otra cosa es azuzar el bucle del sufrimiento.

La vida es muy corta. Para algunas personas el día es muy largo y para otros pasa demasiado rápido. Si el objetivo es cambiar la mente, la vida es demasiado corta, si el propósito es evolucionar y despertar apenas tenemos tiempo.

Sólo si abordamos las experiencias con valentía y decisión, cambiará algo en nuestras vidas. De lo contrario, está crisis pasará pero vendrá otra y después otra, así hasta que sepamos vivirla con apertura, humildad, lucidez y compasión.

Juan Manzanera

Nota: El texto tibetano se llama Lo-Yong Don-dun-ma, fue compuesto por el Lama Gueshe Chekawa. Hay numerosas versiones comentadas en español.

El don del regocijo

231 ILUS JUANwResulta asombroso ver cómo las personas atraemos infelicidad a nuestras vidas. En este campo mostramos una escasa capacidad de aprendizaje. Poco hemos aprendido en 10.000 años de civilización. Sabemos hacer muchas cosas, inventamos aparatos y herramientas que nos hacen la vida más fácil, pero no sabemos vivir satisfechos y contentos.

Uno de los motivos radica en la misma motivación, nos interesan otras cosas. Sentirnos bien, aunque lo estemos buscando siempre, suele ser secundario a tener un buen trabajo, familia, logros, beneficios, reconocimiento, etc. Aunque, más bien, la razón fundamental estriba en nuestra forma de pensar. Unos sistemas de pensamiento que se transmiten de padres a hijos, generación tras generación, perpetuando la incapacidad de crear satisfacción y bienestar en la vida. Hay pensamientos dañinos, hay formas de interpretar la realidad que causan malestar y desazón, hay estados emocionales que nos perjudican, hay creencias y convicciones que al principio nos ayudan y luego acaban siendo una prisión, etc.

La comparación con los demás

Entre los numerosos estados mentales perjudiciales, se encuentran la comparación y la envidia. Solemos evaluarnos en relación a algún tipo de estándar. Compararse continuamente con los demás es una de las formas más tangibles de asegurarse infelicidad en la vida. Cuando nos comparamos, medimos nuestra valía en relación a un modelo externo. El resultado, en la mayoría de los casos es negativo. Siempre vamos a encontrar a alguien mejor que nosotros, que tiene más, que sabe más, que es más popular, etc. Aunque también puede encontrarse otro tipo de comparación a la inversa que conduce a una autoestima enfermiza, el de la persona que se cree con derechos: especial y superior a los demás. Obviamente aquí uno se compara con la idea imaginaria de que los demás son débiles e inferiores.

Solemos compararnos con ideales y no con personas reales. Al hacerlo dejamos que algo externo determine nuestra valía. Cuando se vive de una manera muy intensa y rígida, la comparación es causa de un gran sufrimiento y malestar. Si alguien piensa cosas como: “Si no tengo tanto como los demás mi vida no vale”, la vida se hace muy cuesta arriba. Al compararnos no valemos por lo que somos, por lo que hemos aprendido, o por las cualidades que tenemos; nuestro valor está condicionado a otros. El poder lo tienen los demás.

La comparación podría considerarse como una distorsión de algo que empezó siendo positivo. Nos enseñaron a fijarnos en modelos de personas preparadas, trabajadoras, inteligentes, solidarias, etc. Se trataba de encontrar inspiración e impulso para aprovechar la vida. Vernos en personas más avanzadas y exitosas nos ayudaba a crecer y controlar tendencias insanas. Los modelos de científicos, deportistas, maestros y personajes históricos, servían para darle una dirección a nuestra vida y encaminarnos hacia encarnar unos valores positivos. Sin embargo, en muchos casos, lo que era un modelo de inspiración se convirtió en un modelo con el que compararnos. Empezamos a tener modelos idealizados en nuestra mente, y nuestra valía empezó a depender de cuánto nuestra vida se ajustaba a esos ideales. Ahí empezó una de nuestras fuentes de infelicidad. Al perder la conexión con nosotros mismos y medirnos en relación a otros abandonamos parte de nuestra esencia. Algunas personas, al ver la imposibilidad de alcanzar tales niveles, directamente caen en la insatisfacción, otros tapan sus sentimientos de incapacidad, muchos viven ocultando de sí mismos la sensación de ser un fraude. Hay quienes buscan siempre la aprobación de los demás en todo lo que hacen, como si al encontrarla alguien les redimiera de su incapacidad de llegar a cumplir con lo que se espera. Algunos siguen intentándolo, esforzándose cada día pero sin llegar nunca, descubriendo que siempre les falta algo para llegar.

Cuando necesitamos un modelo para determinar nuestra valía, estamos perdidos. Siempre hay un poso de duda e insatisfacción en nuestro interior. Nuestros logros y avances dan poca satisfacción porque estamos esperando a que alguien los apruebe. Siempre hay alguien mejor, siempre algo que empaña nuestro valor. Pero también, empezamos a quedarnos atrapados en el pensamiento de que siempre se puede ser más feliz, y lo que tenemos ahora puede ser mejor. El trabajo, la familia, las aficiones, el coche, la casa, etc. todo puede ser mejor, por tanto, no vale tanto, no es tan bueno, no nos alegra tanto. Si esto se vive de una forma extremada, la vida se llena de desesperanza y tristeza.

La envidia

A veces, toda esta infelicidad nos conduce a sentir envidia. El sentimiento de envidia, celos, rivalidad, es otra de las maneras de generar sufrimiento. Como es sabido, el problema principal de las reacciones emocionales destructivas es que controlan nuestras acciones. Es decir, nos llevan a hacer cosas que no queremos, e incluso cosas que nos dañan a nosotros mismos. Pueden llegar a conducirnos a comportamientos muy autodestructivos.

Sentir envidia es sentir dolor ante la felicidad y el bienestar de los demás. Nos molesta que los demás obtengan reconocimientos, éxitos, ganancias y demás. Nos irrita que alguien sea popular, logre algo, o incluso que sea feliz. A veces, estamos tan dominados por la envidia que no podemos evitar estar continuamente pendientes de lo que tienen los demás. Este estado mental, como es obvio, es de una constante irritación y dolor.

Puede llegar un momento en que la envidia nos posea. Nos damos cuenta de lo absurdo de ello, queremos vivir nuestra vida y dejar que los demás vivan su vida, pero estamos atrapados, la emoción tiene una fuerza que no nos deja en paz. El estado de envidia o celos es un estado que impide cualquier satisfacción, nada de lo que tenemos nos llena, estamos poseídos por la desazón y la rabia de que otros tienen algo de lo que nosotros carecemos. Entramos en un círculo vicioso en el que lo nuestro carece de valor y lo de los demás es siempre mejor. La vida puede volverse vacía y gris.

Practicar regocijo

Una de las maneras forma más asequible de vencer estas tendencias es cultivar la actitud de alegrarse de la felicidad y los éxitos de los demás. Esto se llama regocijo y practicarlo nos lleva directamente a sentirnos mejor y más satisfechos. Se trata de fijarse en lo bueno que tienen los demás y aprender a reaccionar de una manera positiva. Es un hábito que necesitamos entrenar. Para la mayoría de nosotros no ocurre naturalmente sino que tenemos que adiestrarnos hasta que forme parte de nuestra mente.

El regocijo indica un estado más avanzado de madurez. Podemos sentirlo porque somos capaces de ponernos en la piel de los demás y sentir lo que ellos sienten. Indica que hemos evolucionado a la capacidad de salirnos de nosotros mismos y ver el mundo desde la perspectiva de los demás. Por consiguiente, cultivar esta alegría por lo ajeno favorece nuestra evolución personal y nuestra satisfacción en la vida. Por el contrario, la incapacidad del regocijo indica un aferramiento a lo personal y una limitación en nuestras posibilidades de maduración y conciencia. Como es sabido, dejar de evolucionar como personas es quedarse condenado a seguir padeciendo todo tipo de infelicidad.

El regocijo está ligado a saber alcanzar lo que uno desea. Muchas veces nos vemos limitados e incapaces de obtener algo que buscamos; nos falta inteligencia, recursos o habilidades. Nos sentimos paralizados y sin saber avanzar. Cultivar el regocijo es un ejercicio extraordinario para lograr lo que deseamos. Cuando nos alegramos sinceramente por las personas que ya tienen lo que nosotros anhelamos, estamos abriendo el camino hacia ello. De algún modo se despierta una inteligencia que nos acerca a conseguirlo también.

Esto es muy curioso. Mientras que sentir envidia o celos nos impide conseguir lo que deseamos, regocijarse de las personas que lo poseen nos facilita llegar a ello. Con la envidia nos estamos diciendo que nosotros no podemos, nos ponemos más obstáculos, con el regocijo evocamos capacidades que desconocíamos. El regocijo puede equipararse a la inspiración que nos produce una persona a la que admiramos y valoramos sanamente. Es una forma de mantener la ilusión y el coraje hacia lo verdaderamente importante. Nos conduce al éxito en la consecución de nuestras aspiraciones.

El regocijo suele formar parte de la práctica de cualquier persona implicada seriamente en el camino espiritual. Por ejemplo, la gran mayoría de los sutras budistas, terminan expresando que los asistentes al discurso se regocijan y alegran de la enseñanza. Así, cuando uno quiere desarrollar las cualidades del camino, sea sabiduría, compasión, lucidez, humildad, etc., parte de la práctica es sentir verdadera alegría por quienes ya las han desarrollado. Haciéndolo de este modo, el proceso es más fluido y factible.

Meditación

Sentado en una postura de relajación y alerta. Dispón unos minutos para que la mente se calme. Respira y siente todo el cuerpo; deja que la agitación se desprenda del cuerpo con cada respiración.

Despierta el anhelo de que tu paso por la vida sea beneficioso para el mundo. Evoca una persona que posea algún tipo de felicidad que no tienes. Manteniendo en mente a la persona, dedica unos minutos a despertar un sentimiento de alegría. Siente felicidad al ver que es feliz. Imagina más y más personas que tienen esa felicidad.

Siente felicidad por ellos. Ahora, intenta mantener ese estado de regocijo. Sin distraerte, obsérvalo todo el tiempo que puedas. A continuación, piensa en una cualidad, capacidad o habilidad que realmente te importa, pero que no tienes. Evoca a alguna persona que conozcas que la tiene. Luego, imagina a otras personas que también la tienen.

Siente felicidad de que esta cualidad exista en el mundo y hay personas que la poseen. Enfócate unos minutos en mantener el estado de regocijo. Por último, imagina todas las personas que están trabajando por despertar y evolucionar, las personas que están cultivando cualidades, entrenando su mente, desarrollando sabiduría y compasión.

Siente alegría. Deja que invada todo tu cuerpo. Contempla todo el tiempo que puedas el estado adquirido, sin dejar que otros pensamientos te saquen de él. Termina la meditación dedicando la práctica para llegar a ser una influencia positiva para el mundo.  

COLABORADORES Revista Verdemente