“Sadhana, la práctica hace al maestro”

230 ILUS PABLOw

“Sadhana, la práctica hace al maestro”

Supongamos que soy una persona que me suelo enfadar por cualquier cosa, basta la menor provocación como para sacarme de quicio. Un día doy con una persona que vive en un nivel (bhumika) en que eso no sucede, porque hay una consciencia diferente de las propias emociones desde mucho antes de que “lleguen a la superficie”. Esa persona se traba en conversación conmigo y me cuenta cómo gestiona sus emociones para no tener arranques de ira. Para ella es su condición natural, no es una técnica, es su modo de actuar en el nivel en que se encuentra. Cuando me lo traslada y comienzo a probarlo, se convierte en una práctica, en algo en que me esfuerzo (sadhana) por instalar en mí. 

Cuando “adquirimos” una práctica nueva para nosotros, que es un modo de ser normal para el bhumika superior (pero para nosotros es ajeno), pueden pasar dos cosas. Una de ellas es que lo descartemos en menos de lo que canta un gallo, ya que notaremos enseguida que no nos resulta “natural” y nos requiere esfuerzo. Y otra es que poco a poco la práctica nos vaya transformando (adhikara) y nos encontremos sintiendo que no es ya más una práctica sino nuestra nueva manera de ser, con lo cual tendremos la certeza de que estaremos en el siguiente nivel, ya bien establecidos.

Ahora, ¿cómo hacer para tener el entusiasmo suficiente como para mantenernos en una práctica (sadhana) el suficiente tiempo como para que modifique nuestro modo de ser (adhikara)? Bueno, tanto el hinduismo como las demás tradiciones espirituales del mundo poseen técnicas “motivadoras” para generar el necesario entusiasmo en sus miembros. Esto lo logran con promesas de estados perfectos, poderes paranormales, capacidades especiales, una felicidad infinita, e innumerables propuestas. Todas ellas, vistas desde un bhumika inferior, resultan sumamente apetitosas. Pero una vez establecidos allí, nos daremos cuenta de que no era todo tal como prometía la publicidad. Sin embargo, para ese entonces ya estaremos allí situados de manera estable y cómoda.

Es notorio como los textos hindúes exageran en exceso describiendo cómo se obtendrán todas las riquezas que uno desee: las mujeres desfallecerán de amor ante nuestra presencia, lograremos cualquier meta que se nos ocurra desear, etc… Estudiar la vida de los “santos y sabios” nos permite entusiasmarnos con sus historias creadas para que despierten en nosotros la más pura ambición por ellas, de forma tal que se movilice nuestro fuego interior (kundalini), nuestra libido, esa energía que es la responsable de que se produzca el salto deseado.

Eso es lo que ocurre en la siguiente historia: “había un hombre muy ambicioso, de esos a los que solo les importa amasar fortuna, y cuanto más mejor. Se había enterado de que si repetía suficiente cantidad de veces un mantra a la diosa de la fortuna (Lakshmi), ella se le aparecería y le regalaría una cintamani o joya que concede todos los deseos a quien la posea. Ni corto ni perezoso decidió comenzar con la práctica. Se sentaba en la postura de meditación día y noche esperando la aparición de la diosa. Por más que estuvo más tiempo del que se decía que era necesario no hubo respuesta alguna de parte de Lakshmi, por lo que, pese a llevar varios meses practicando, decidió darle un tiempo más, por las dudas. De forma tal que pasaron casi sin notarlo, primero un año, luego dos, y al fin cinco. El hombre meditaba muchas horas todos los días y la gente se reunía a su alrededor a admirar el portento, ya que su cuerpo brillaba como el sol. Finalmente un día, la diosa se le apareció y le dijo: -aquí estoy, toma la joya cintamani, te la has ganado, podrás con ella tener todas las riquezas que jamás hayas soñado-. Pero el hombre le contestó: -si te me hubieses aparecido hace cinco años, con gusto sumo la hubiese aceptado, pero ahora, después de todos estos años de meditar y conocer mi mente, he obtenido una paz tan grande, que esa joya me parece insignificante. Igualmente mil gracias bendita diosa, pero dásela mejor a otro que la desee realmente-“. 

En esta historia vemos claramente cómo se da el proceso para generar el “salto” de nivel. El hombre jamás se hubiera puesto a meditar si no hubiera sido por la promesa de la joya. Pero el proceso está diseñado teniendo en cuenta que cuando una persona realmente da el salto hacia el siguiente nivel, la promesa falsa ya no le importará, y que lo que encontrará allí, en materia de armonía mayor, paz, alegría, bienestar, serán suficiente motivo para que no solo se establezca definitivamente en el nuevo nivel, sino para que ya ni se acuerde de que lo engañaron para llegar allí.

Se dice que de nada sirve que el buscador opine que es necesario cambiar, o que “debería” hacer esto o lo otro, que simplemente no funcionará. La razón por la que esto sucede es que falta un elemento clave en la ecuación, y este es la motivación, que no es otra cosa que el fuego, la pasión por llegar a cierto lugar o lograr cierta meta, y dicha pasión sólo surge cuando aquello que nos proponemos se nos muestra como más ventajoso que lo que tenemos ahora, de ahí todo el “engaño” que las tradiciones del mundo ejercen sobre el buscador con el solo fin de entusiasmarlo. Seguramente estarás pensando: -si me acabo de enterar de esto, éste mecanismo ya no funcionará conmigo y por ello me estancaré para siempre en el presente bhumika-. Pues no, no hay nada que temer, ya que las propuestas cautivadoras de las tradiciones incluyen muchos subterfugios efectivos, que funcionarán igualmente gracias a la capacidad de nuestra mente por encantarse. Sería equivalente a que alguien pensara que porque conoce la biología (el aspecto químico) del amor ya no podrá enamorarse nunca más, y sabemos que no es ése el caso, todos contamos ya con dicha información y seguimos enamorándonos perdidamente…

(extracto del libro: “Sadhana, el camino interior”, de Pablo Veloso)

Ahora, dado que nuestra cultura es pro-hombre, y tiende a deificar todo lo masculino (la fuerza, el poder, la razón, la agudeza), la mujer ha acabado pensando que su naturaleza es débil y errónea, que debe cultivar cualidades que la pongan a la altura de las circunstancias en un mundo que exige, valora y premia sólo  valores masculinos. Así la mujer se ha convertido en heroína, empresaria, fría funcionaria, política, etc. Lo anterior le ha parecido un progreso, tanto como me parecería a mí un progreso el cortarme un brazo en una cultura en que se propusiera como ideal el ser manco.

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

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