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MONTSE SIMÓN

MONTSE SIMON

YOGA Y VEDANTA
Licenciada en Filosofía y practicante de artes marciales japonesas durante más de seis años. Esto inició su interés por la sabiduría oriental junto a la práctica y aprendizaje del yoga. Durante tres años estudió sánscrito en la Banaras Hindu University. La asistencia a retiros y estudios contemplativos la han llevado a adquirir grandes conocimientos de algunos de los textos principales de Advita Vedanta. Su experiencia le ha llevado a impartir clases de sanscrito, yoga o participar en seminarios de sabiduría hindú.

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El sentir como guía

234 ILUS MONTSE W

Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.
Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.
La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.
Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería haberse comportado de esa manera”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.
El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de observar e indagar en lo que sentimos, huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.
¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo... nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos: el “para qué” apareció.
Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo. En el s. XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.
Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser. Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo; o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.
Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad. Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.
Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos no sentir nada no tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”. En absoluto, acoger lo que sentimos no implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, más al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.
Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.
Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior. Los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.
El antaryamin es la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo. Esta sabiduría reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía... Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.
En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:
“Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. Él es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.
Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber. Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.
Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.  

El deso ¿Impulso o Atadura?

 

233 ILUS MONTSEw

«Al principio este mundo era sólo lo existente, uno solo, sin segundo.
Entonces pensó para sí mismo: “Devenga yo muchos. Propágueme a mí mismo”. Y emitió calor» (Chāndogya Upaniṣad VI.2.)

En algunas de las narraciones acerca del origen del mundo subyace un deseo. Se trata de un deseo que se materializa en el instante mismo de ser pensado. Lo que fuese que había al comienzo, cuando no había nada más, dispuso que quería propagarse y así lo hizo. Cuando Vida y voluntad coinciden, el deseo no consiste en un proceso enfocado a alcanzar algo que no se tiene, sino que se formula como un hecho. Pensarlo es hacerlo realidad, porque Aquello que lo piensa se sabe a sí mismo cómo única realidad y sabe que lo que genere es fruto de sí mismo, formas que toma su propio ser.
Nosotros hemos olvidado esa Conciencia que somos y esto nos lleva a desear las cosas partiendo de una sensación de escasez, proyectando lo que queremos conseguir como algo externo y que tendrá que lograrse con el transcurso del tiempo. Damos por supuesto que “nos falta algo” y nos vivimos como seres incompletos, de modo que nuestro deseo jamás se ve saciado. Al creer que nos falta algo siempre emerge un nuevo deseo que nos promete la felicidad.
El vacío que encierra el deseo como algo que nos completará y hará felices en el futuro lo experimentamos día a día; veámoslo con un ejemplo: quiero un coche porque el que tengo está muy viejo y con un coche nuevo todo sería más fácil y me sentiría más feliz. Con esfuerzo, al cabo de un tiempo consigo ese coche nuevo que quería y en ese momento me siento feliz. ¿Cuánto tarda en emerger un nuevo deseo? Enseguida vuelvo a sentir que me falta algo para que todo sea perfecto, también necesito una casa en otro lugar, ir de vacaciones con el coche, tener una pareja con quien compartir ese coche, etc.
Lo que deseamos es lo de menos, lo que hace que el deseo sea insaciable es la falsa creencia de que hay algo externo a mí que me va a completar, y esa creencia no me permite re-conocer que la Vida en mí ya siempre está completa y que con o sin coche yo soy esa Vida.
Las creencias del tipo “todavía me falta algo más para sentirme completa” son creencias que actúan de fondo sin que las cuestionemos y nos llevan a repetir una y otra vez los mismos patrones de relación con una misma y con el mundo. El sentido original de la filosofía es desentrañar este tipo de creencias hasta dar con nuestra esencia más veraz, libre e independiente.
El deseo puede muy bien ser, tal como hemos visto, un impulso de creación, pero si esa energía se dispersa entre falsas creencias de que “lo que soy depende de lo que consigo, o de lo que los demás valoren en mí”, aunque obtenga millones de cosas que desee, siempre surgirá el deseo de algo más porque ninguna de ellas habrá podido llenar el vacío de creer que “me falta algo más para estar completo”.
Los textos de sabiduría de la India nos advierten a menudo del dolor que genera el deseo:
“Quien está continuamente pendiente de los objetos de los sentidos acaba encadenado a ellos. De ese lazo nace el deseo y del deseo, la cólera. La cólera origina el error y el error el olvido. Un olvido que termina por aniquilar la inteligencia y producir la muerte. Sin embargo, cuando la atención se pone en la observación misma y no en su objeto, uno se libera de su atracción y repulsión, y, liberado, logra la quietud” (Bhagavadgītā. 2. 62-64).
En esta forma de deseo cuando alguien no consigue lo que quiere se enfada, al entrar en cólera distorsiona por completo su percepción, popularmente decimos que “pierde el mundo de vista”, olvida que la Vida que lo habita ya es siempre plena y se identifica solo con su cuerpo y con los objetos externos que son pasajeros. De este modo queda sometido a la muerte, porque si solo “soy cuerpo, pensamientos y emociones” está claro que todo esto nace y muere.
El deseo como limitación es solo el síntoma de la confusión de creer que lo que somos se agota en nuestro cuerpo, personalidad y circunstancias. Y para poder erradicar esta causa y, así, no hacernos esclavas del deseo, es necesario ver las creencias sobre las cuales se fundamenta, cuestionarlas, comprenderlas y poder así poner luz en dicha confusión hasta dar con una comprensión profunda y transformadora. ¿Qué me falta para la plenitud?, ¿aquello que siento que me falta tiene la capacidad de saciar completamente mi sed?, ¿sed de qué?, ¿es mi deseo un impulso de creatividad o sentimiento de escasez? Imaginando que en un momento dado tuviese todo lo que deseo y me sintiese completamente satisfecha ¿cómo es vivir ese estado de satisfacción en el que “no me falta nada”? ¿Procede la satisfacción de algo externo?, ¿Puedo sentirme satisfecha en mí misma y por mí misma?
Estas preguntas nos invitan a indagar en nuestro fuero más interno, cuestionar aquello que forma parte de los automatismos del pensamiento y las emociones para desechar las creencias que nos alejan de vivirme plenamente. Nuestra visión del mundo se basa en negarnos a ver que nosotros mismos somos esa Vida ya plena en sí misma. El deseo parte de un concepto sobre nosotros mismos como algo separado de la Vida y ese concepto nos genera conflicto y sufrimiento. Cuando el deseo parte de esta concepción errónea nos ata y convierte en esclavos de la mente, siempre cambiante.
Nosotros pedimos a la Vida lo que con nuestra limitada visión nos parece que nos hará felices. En unos casos lo hacemos imponiendo nuestra voluntad a toda costa, en otros casos lo hacemos como súplica a un Dios o similar, con el que regateamos y negociamos para que nos favorezca. Pero ¿qué ocurre si nos entregamos plenamente a la energía de la Vida y nos comprendemos una con ella? Es más, ¿qué ocurre si comprendemos que nosotros somos esa energía de Vida? Descubrimos que no hay nadie que pueda pedir nada a nadie, porque no hay otro sino la unidad de Vida que subyace a todo lo que existe.
Cuando hay lucidez lo que la Vida desea es un impulso de Vida y tal cual se “desea” emerge, porque más que un deseo es una energía que se ejecuta a sí misma por sí misma. Nosotros somos esa Vida y darnos cuenta de eso disipa, por completo, la sensación de estar incompletos y nos sumerge de lleno en la dicha de ser.

Aprender a soltar para vivir una vida plena

220 ILUS MONTSEUna amiga me contaba una vez que estando en una reunión en la que se estaba dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales, dijo mientras se levantaba “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente.
Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.
La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.
Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.
En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado. Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse a un bombardeo... Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos. Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo. La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad. Y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.
Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita a mirar si estamos viviendo una vida auténtica o si nos limitamos a seguir gustos ajenos, o pequeños placeres que en lugar de conducirnos a lo más auténtico de nosotros, nos llevan en la dirección opuesta. En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia el conocimiento de sí mismo y lo que no. Naciketas distingue claramente lo que es más placentero pero pasajero, de aquello que aunque a corto plazo no resulta lo más placentero a la larga le aporta el mayor de lo bienes. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales.
“Ambos, lo mejor y lo placentero
se presentan al hombre.
Los sabios lo valoran, ven la diferencia
y eligen lo mejor por encima de lo placentero.
Pero el tonto elige lo placentero,
en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)
Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor, es lo que más nos apetece. Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.
Para poder elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.
Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?
Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos plenamente. Dejamos de luchar para demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.
Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano: “El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”
Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa, tenemos que estar dispuestos a morir cada día un poco; morir a lo que pensarán de nosotros; morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo; morir al reduccionismo de las identificaciones; morir a las posesiones, a los juicios y creencias; morir a las comodidades y la pereza; morir como sinónimo de soltar, porque aprender a morir es abrirnos a la plenitud de ser.
Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y una vida plena.

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