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MONTSE SIMÓN

MONTSE SIMON

YOGA Y VEDANTA
Licenciada en Filosofía y practicante de artes marciales japonesas durante más de seis años. Esto inició su interés por la sabiduría oriental junto a la práctica y aprendizaje del yoga. Durante tres años estudió sánscrito en la Banaras Hindu University. La asistencia a retiros y estudios contemplativos la han llevado a adquirir grandes conocimientos de algunos de los textos principales de Advita Vedanta. Su experiencia le ha llevado a impartir clases de sanscrito, yoga o participar en seminarios de sabiduría hindú.

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Sociedad, tecnología y modernidad

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En los últimos tiempos se habla mucho, porque los avances tecnológicos así lo requieren, sobre cómo las nuevas tecnologías y la robótica han de implantarse en nuestra sociedad de modo casi irremediable porque –dicen– es el futuro.

Ante este tipo de afirmaciones, no puedo dejar de preguntarme ¿qué es exactamente ese futuro que algunos parecen conocer? Y, me parece sospechoso que precisamente sean las grandes multinacionales las que promuevan este tipo de “profecías”, que con gusto compramos en honor a la satisfacción, la comodidad, la novedad, la inmediatez, la modernidad, etc.  sin hacer, como consumidores, grandes valoraciones a largo plazo. Si es bueno, bonito y barato, nos lo quedamos y si no es barato pero nos permitirá estar “a la última”, también.

Hablamos de que la sociedad y la tecnología avanzan a pasos agigantados, pero ¿qué significa avanzar?, ¿qué entendemos por evolucionar? ¿es la modernidad buena o mala en sí misma? ¿Qué papel activo tenemos como consumidores y como personas que constituimos la sociedad?

A veces tengo la sensación de que hablamos de la sociedad como si fuese un ente ajeno a nosotras, pero las personas somos quienes conformamos las sociedades. Cuando olvidamos esto, pasamos a hablar del futuro como si fuese una profecía inevitable. Y digo yo, que en el futuro trabajarán más máquinas que personas si nosotras aceptamos y actuamos para que esto sea así. Entiendo que podemos decidir tomar otros caminos, que construyan sociedades diferentes. El caso es ¿qué tipo de sociedad queremos construir y cómo contribuimos a ello?

La confusión entre libertad y hedonismo

Son muchas las ideas y creencias que damos por sentadas sin cuestionarlas. Defendemos la idea de libertad como posibilidad de elección y de satisfacción de los deseos del individuo, sin darnos cuenta de que esa libertad se limita sólo a las formas sin apelar a lo más esencial. Aparentemente, en el contexto en el que vivimos nos hace más libres, pero ¿es así internamente? ¿me vivo más libre gracias a las tecnologías?

Las máquinas, los robots, los teléfonos móviles, etc. no son en sí mismos ni buenos ni malos, son herramientas que hemos creado y serán beneficiosas o perjudiciales dependiendo del uso que hagamos de ellas ¿las usamos desde la libertad, o lo hacemos desde la adicción y la esclavitud?

Para saber si usamos las tecnologías libremente o no, y si nos hacen más libres o no, habrá que preguntarse primero en qué consiste la libertad. Si la libertad consiste sólo en la posibilidad de elegir, entonces sólo podemos ser libres en tanto que podemos elegir. ¿Dejamos de ser libres cuando no podemos elegir? Decía Viktor Frankl, que existe una libertad interior que no nos puede ser arrebatada y que tiene que ver con la elección sobre nuestra actitud. Tal vez no podemos elegir externamente, pero internamente mantenemos la libertad del “cómo y desde dónde decido actuar o no actuar”.

Otra reflexión necesaria cuando hablamos de la libertad de elección, consiste en preguntarnos qué nos impele a elegir lo que elegimos y no otra cosa. Si elijo ir a un lugar, ¿qué causa última me ha impelido a ir a ese lugar? ¿En qué sentido lo he elegido yo?

Tendemos a elegir en función de la satisfacción que nos produce algo. En este sentido, nos dejamos llevar por el hedonismo, entendido aquí como la búsqueda de la felicidad a través de la suma de los objetos y momentos placenteros. Como si la suma de placeres finitos pudiese conducirnos a un placer-felicidad infinito. ¿A caso lo satisfactorio nos conduce siempre a la serenidad y la paz profundas? A veces tenemos que elegir opciones que nos son “las que querríamos” pero que sabemos que sirven mejor al bien común, que no es distinto del propio. Tal vez no era lo deseable pero sí que era lo mejor y lo que nos dejaba “en paz”. 

Sin duda, la posibilidad de elección tiene un papel muy importante en cuanto a nuestra libertad social, ahora bien, requiere del conocimiento para que esa elección se convierta en responsabilidad y libertad. Con conocimiento, no me refiero aquí al conocimiento intelectual sino a la escucha profunda de uno mismo y del mundo que conlleva una comprensión sentida. Gracias a la comprensión sentida, al contacto profundo conmigo misma y con el otro, puedo actuar desde la libertad. Puedo darme cuenta de si las tecnologías me atan, de lo que suma al mundo o lo que sólo suma a unos pocos mientras resta a otros muchos y a la Tierra. ¿Para qué tanta tecnología y tanto “avance”?, ¿no deberíamos antes de seguir avanzando parar a mirar dónde estamos, quienes somos y qué es lo que nos acerca a lo más verdadero en nosotros y los demás y lo que os aleja?

Yoga, filosofía y modernidad

Podría parecer que el tema que estamos tratando no tiene nada que ver con el yoga, la filosofía y la espiritualidad. Pero una espiritualidad, una filosofía o un yoga, que no tengan en cuenta el mundo y el sentido de la libertad, no pueden ser considerados verdaderos.

La filosofía de la Antigua Grecia, así como buena parte de las filosofías orientales, entre las cuales el yoga, buscaron a menudo la libertad en la superación del sufrimiento y distintas corrientes filosóficas señalaron que el desconocimiento de uno mismo y el deseo son las causas fundamentales del sufrimiento.

Antes hemos hablado de la confusión de la libertad con el hedonismo. El yoga, igual que ocurriera en el budismo y otras filosofías, apela a  la ecuanimidad como cualidad que conduce a la serenidad y la libertad. Y para ello nos da una herramienta fundamental, la meditación, que podemos traducir como  atención plena, observación de lo que es tal como es, sin dar cancha a los juicios. La observación es una herramienta indispensable, porque abre la puerta  a las profundidades del corazón. Cuanto más dispuestas estamos a ver, más vemos y en ese ver, se da una comprensión que nos hace más libres. En realidad, no es que nos haga más libres, sino que nos permite darnos cuenta de una libertad que nos constituye más allá de la libertad de elección o la posibilidad de satisfacer o no determinados deseos y a la vez.

La libertad que nos constituye esencialmente, es la que hace posible una libertad profunda en nuestro quehacer, en las decisiones que tomamos, en el tipo de consumo que hacemos, en las sociedades que construimos... La elección verdaderamente libre es aquella que nace de lo más auténtico de nosotras, aquello que nos une al mundo,  a la totalidad de los seres y que se transforma en acción de forma espontánea y serena. ¿Qué tipo de sociedad eliges crear?

El sentir como guía

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Las personas tendemos a sentir deseo y apego hacia lo placentero y disgusto y rechazo hacia lo doloroso. En los Yogasūtra de Patañjali (2.7-8) se menciona como la pasión sigue al placer y la aversión al dolor. Esto resulta evidente porque así lo experimentamos en nuestra vida.
Sin embargo, ¿se trata de algo puramente instintivo o depende en buena medida de nuestras vivencias y de lo que nos contamos acerca de la realidad? Por ejemplo, acudir a un lugar determinado y estar en contacto con ciertas personas puede causarnos rechazo en unas ocasiones y agrado en otras. O realizar una determinada actividad puede haber sido placentero en un momento de nuestra vida y resultarnos desagradable en otro. Por tanto, lo que consideramos doloroso o placentero puede diferir incluso teniendo el mismo objeto o circunstancia como referente.
La vivencia subjetiva de una situación, lo que pensamos y nos decimos acerca de algo, influye enormemente en nuestra forma de sentir y, a su vez, este sentir, en su forma original, nos da un mundo de información sobre el camino a seguir.
Lo habitual es que nos dejemos arrastrar por lo que sentimos y que lo alimentemos o intentemos reprimir, a través de nuestro diálogo mental: “es que esta persona es tal”, “no debería haberse comportado de esa manera”, “seguro que cuando me vean van a pensar x”, etc.
El “dejarse arrastrar”, por el diálogo mental y por las emociones que este despierta, se produce porque en lugar de observar e indagar en lo que sentimos, huimos con el ruido, la dramatización, la culpabilización del exterior, la racionalización y otros tantos mecanismos por los cuales quedamos a merced de unos sentimientos que parecen sobrepasarnos.
¿Qué ocurre si cuando sentimos disgusto, enfado, celos, envidia, tristeza, incertidumbre, miedo... nos permitimos reconocer lo que estamos sintiendo y escucharlo internamente? No para que desaparezca, sino con la curiosidad de comprender lo que ese sentir quiere decirnos: el “para qué” apareció.
Cito como ejemplo los sentires que nos disgustan porque son los que tendemos a rechazar y negar sin antes escuchar su mensaje de fondo. En el s. XVII el filósofo holandés, Baruch Spinoza, puso de manifiesto que las pasiones como el odio, la ira, la envidia, etc. aparecen por alguna razón “y tienen ciertas propiedades, tan dignas de que las conozcamos como las propiedades de cualquier otra cosa en cuya contemplación nos deleitamos”.
Pues bien, cuando reconocemos lo que sentimos, le otorgamos su lugar y escuchamos su mensaje, podemos descubrir lo que ese sentir quiere de bueno para nosotros, entendiendo por bueno lo que contribuye a la expresión más plena de nuestro ser. Resulta que la ira puede querer que me exprese y sepa poner límites, o los celos pueden estar informándome del miedo a la pérdida y de la inseguridad sobre mi propia valía, pretendiendo imponer un control de lo externo; o la envidia puede estar expresando el anhelo de creatividad y realización que tal vez yo misma estoy castrando en algún punto.
Para dar con la información que contiene el sentir, necesitamos mirar profunda y honestamente hacia dentro, mirar lo que sentimos sin juzgarlo, ubicar en qué parte del cuerpo lo sentimos, observar imparcialmente los sentimientos y si hay algún diálogo que lo esté alimentando, hasta llegar a su forma más pura, la forma original en la que apareció, antes de todo diálogo mental, con la intención de guiarnos hacia la felicidad. Si no podemos evitar enjuiciar lo que sentimos, habrá que observar también cómo aparecen los juicios y qué discurso interno los alienta. El secreto está en observar a fondo todo lo que aparece, sin otra pretensión más que la de ver lo que es tal como es en este momento y en la medida de lo posible comprender lo que pueda ser comprendido.
Llegados a este punto, es necesario aclarar que el hecho de permitirnos no sentir nada no tiene que ver con la expresión explosiva de las emociones, ni las experiencias catárticas fruto de dicha expresión, y menos todavía nos referimos a la posibilidad de herir física o verbalmente a otros seres justificándolo con nuestro “derecho a expresar lo que sentimos”. En absoluto, acoger lo que sentimos no implica dar carta blanca al sentir mediante actos irreflexivos, más al contrario, significa sostener ese sentir y acompañarlo como quien acompaña a un amigo en un momento difícil, hasta que, recogido su mensaje, pueda ser expresado con ecuanimidad y total legitimidad.
Resulta, pues, que lo que sentimos, sea agradable o desagradable, es siempre un indicador de si vamos por “buen camino”, de si aquello que estamos haciendo nos conduce hacia el despliegue de todo nuestro ser o nos aleja de lo más auténtico de nosotros mismos.
Las sabidurías de la antigüedad, tanto en occidente como en oriente, tenían en cuenta aquella parte de nosotros que nos orienta y guía en el camino de la vida. Sócrates lo llamaba el daimon, una especie de divinidad interior. Los estoicos hablaban del regente interno del mismo modo que lo hace el hinduismo utilizando la palabra sánscrita antaryamin.
El antaryamin es la sabiduría que mora en nuestros corazones, lo divino que nos guía en contacto con la totalidad del universo. Esta sabiduría reconoce la unidad subyacente de todo cuanto existe. Todo está interconectado porque todo se sostiene en la misma Conciencia, todo está hecho, en última instancia, de la misma pasta, de la misma energía... Un bonito ejemplo que nos ayuda a comprender mejor en qué consiste este regente interno (antaryamin) es la imagen de una bandada de pájaros, en la que cada pájaro individualmente sigue a los demás pero todos lo hacen regidos por la unidad de la bandada, impelidos por una inteligencia superior que mora en cada uno de ellos y a su vez en la totalidad.
En la Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, después de haber descrito el regente interno como aquel que mora en el interior de cada uno de los elementos que constituyen el universo y los rige sin ser conocido por ellos, se resume así la naturaleza del regente interno:
“Ese es tu verdadero ser, el rector interno, el inmortal, el vidente invisible, el oyente inaudible, el pensante impensable, el conocedor desconocido. No hay ningún otro vidente, sino él. No hay ningún otro oyente, sino él. No hay ningún otro ser pensante sino él. No hay ningún otro cognoscente sino él. Él es tu ser, el rector interno, el inmortal. Todo fuera de él es pura miseria”.
Ese regente interno, siempre nos está guiando, pero no siempre lo escuchamos, no siempre lo creemos ni confiamos en su saber. Volviendo al ejemplo de los pájaros, sería como el pájaro que dijese “pues yo en lugar de volar con todos voy a ir andando”, rechazando así su naturaleza voladora y negando la totalidad de la que forma parte.
Cuando hablamos del sentir como guía, nos referimos a la escucha de esta sabiduría interna, que en ocasiones toma la forma de agradecimiento, alegría y amor, pero también puede tomar la forma de enfado, tristeza, incertidumbre, etc. para devolvernos hacia la alegría última, la del gozo de ser y su pleno despliegue.  

El deso ¿Impulso o Atadura?

 

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«Al principio este mundo era sólo lo existente, uno solo, sin segundo.
Entonces pensó para sí mismo: “Devenga yo muchos. Propágueme a mí mismo”. Y emitió calor» (Chāndogya Upaniṣad VI.2.)

En algunas de las narraciones acerca del origen del mundo subyace un deseo. Se trata de un deseo que se materializa en el instante mismo de ser pensado. Lo que fuese que había al comienzo, cuando no había nada más, dispuso que quería propagarse y así lo hizo. Cuando Vida y voluntad coinciden, el deseo no consiste en un proceso enfocado a alcanzar algo que no se tiene, sino que se formula como un hecho. Pensarlo es hacerlo realidad, porque Aquello que lo piensa se sabe a sí mismo cómo única realidad y sabe que lo que genere es fruto de sí mismo, formas que toma su propio ser.
Nosotros hemos olvidado esa Conciencia que somos y esto nos lleva a desear las cosas partiendo de una sensación de escasez, proyectando lo que queremos conseguir como algo externo y que tendrá que lograrse con el transcurso del tiempo. Damos por supuesto que “nos falta algo” y nos vivimos como seres incompletos, de modo que nuestro deseo jamás se ve saciado. Al creer que nos falta algo siempre emerge un nuevo deseo que nos promete la felicidad.
El vacío que encierra el deseo como algo que nos completará y hará felices en el futuro lo experimentamos día a día; veámoslo con un ejemplo: quiero un coche porque el que tengo está muy viejo y con un coche nuevo todo sería más fácil y me sentiría más feliz. Con esfuerzo, al cabo de un tiempo consigo ese coche nuevo que quería y en ese momento me siento feliz. ¿Cuánto tarda en emerger un nuevo deseo? Enseguida vuelvo a sentir que me falta algo para que todo sea perfecto, también necesito una casa en otro lugar, ir de vacaciones con el coche, tener una pareja con quien compartir ese coche, etc.
Lo que deseamos es lo de menos, lo que hace que el deseo sea insaciable es la falsa creencia de que hay algo externo a mí que me va a completar, y esa creencia no me permite re-conocer que la Vida en mí ya siempre está completa y que con o sin coche yo soy esa Vida.
Las creencias del tipo “todavía me falta algo más para sentirme completa” son creencias que actúan de fondo sin que las cuestionemos y nos llevan a repetir una y otra vez los mismos patrones de relación con una misma y con el mundo. El sentido original de la filosofía es desentrañar este tipo de creencias hasta dar con nuestra esencia más veraz, libre e independiente.
El deseo puede muy bien ser, tal como hemos visto, un impulso de creación, pero si esa energía se dispersa entre falsas creencias de que “lo que soy depende de lo que consigo, o de lo que los demás valoren en mí”, aunque obtenga millones de cosas que desee, siempre surgirá el deseo de algo más porque ninguna de ellas habrá podido llenar el vacío de creer que “me falta algo más para estar completo”.
Los textos de sabiduría de la India nos advierten a menudo del dolor que genera el deseo:
“Quien está continuamente pendiente de los objetos de los sentidos acaba encadenado a ellos. De ese lazo nace el deseo y del deseo, la cólera. La cólera origina el error y el error el olvido. Un olvido que termina por aniquilar la inteligencia y producir la muerte. Sin embargo, cuando la atención se pone en la observación misma y no en su objeto, uno se libera de su atracción y repulsión, y, liberado, logra la quietud” (Bhagavadgītā. 2. 62-64).
En esta forma de deseo cuando alguien no consigue lo que quiere se enfada, al entrar en cólera distorsiona por completo su percepción, popularmente decimos que “pierde el mundo de vista”, olvida que la Vida que lo habita ya es siempre plena y se identifica solo con su cuerpo y con los objetos externos que son pasajeros. De este modo queda sometido a la muerte, porque si solo “soy cuerpo, pensamientos y emociones” está claro que todo esto nace y muere.
El deseo como limitación es solo el síntoma de la confusión de creer que lo que somos se agota en nuestro cuerpo, personalidad y circunstancias. Y para poder erradicar esta causa y, así, no hacernos esclavas del deseo, es necesario ver las creencias sobre las cuales se fundamenta, cuestionarlas, comprenderlas y poder así poner luz en dicha confusión hasta dar con una comprensión profunda y transformadora. ¿Qué me falta para la plenitud?, ¿aquello que siento que me falta tiene la capacidad de saciar completamente mi sed?, ¿sed de qué?, ¿es mi deseo un impulso de creatividad o sentimiento de escasez? Imaginando que en un momento dado tuviese todo lo que deseo y me sintiese completamente satisfecha ¿cómo es vivir ese estado de satisfacción en el que “no me falta nada”? ¿Procede la satisfacción de algo externo?, ¿Puedo sentirme satisfecha en mí misma y por mí misma?
Estas preguntas nos invitan a indagar en nuestro fuero más interno, cuestionar aquello que forma parte de los automatismos del pensamiento y las emociones para desechar las creencias que nos alejan de vivirme plenamente. Nuestra visión del mundo se basa en negarnos a ver que nosotros mismos somos esa Vida ya plena en sí misma. El deseo parte de un concepto sobre nosotros mismos como algo separado de la Vida y ese concepto nos genera conflicto y sufrimiento. Cuando el deseo parte de esta concepción errónea nos ata y convierte en esclavos de la mente, siempre cambiante.
Nosotros pedimos a la Vida lo que con nuestra limitada visión nos parece que nos hará felices. En unos casos lo hacemos imponiendo nuestra voluntad a toda costa, en otros casos lo hacemos como súplica a un Dios o similar, con el que regateamos y negociamos para que nos favorezca. Pero ¿qué ocurre si nos entregamos plenamente a la energía de la Vida y nos comprendemos una con ella? Es más, ¿qué ocurre si comprendemos que nosotros somos esa energía de Vida? Descubrimos que no hay nadie que pueda pedir nada a nadie, porque no hay otro sino la unidad de Vida que subyace a todo lo que existe.
Cuando hay lucidez lo que la Vida desea es un impulso de Vida y tal cual se “desea” emerge, porque más que un deseo es una energía que se ejecuta a sí misma por sí misma. Nosotros somos esa Vida y darnos cuenta de eso disipa, por completo, la sensación de estar incompletos y nos sumerge de lleno en la dicha de ser.

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