MONTSE SIMÓN

MONTSE SIMON

YOGA Y VEDANTA
Licenciada en Filosofía y practicante de artes marciales japonesas durante más de seis años. Esto inició su interés por la sabiduría oriental junto a la práctica y aprendizaje del yoga. Durante tres años estudió sánscrito en la Banaras Hindu University. La asistencia a retiros y estudios contemplativos la han llevado a adquirir grandes conocimientos de algunos de los textos principales de Advita Vedanta. Su experiencia le ha llevado a impartir clases de sanscrito, yoga o participar en seminarios de sabiduría hindú.

 www

El deso ¿Impulso o Atadura?

 

233 ILUS MONTSEw

«Al principio este mundo era sólo lo existente, uno solo, sin segundo.
Entonces pensó para sí mismo: “Devenga yo muchos. Propágueme a mí mismo”. Y emitió calor» (Chāndogya Upaniṣad VI.2.)

En algunas de las narraciones acerca del origen del mundo subyace un deseo. Se trata de un deseo que se materializa en el instante mismo de ser pensado. Lo que fuese que había al comienzo, cuando no había nada más, dispuso que quería propagarse y así lo hizo. Cuando Vida y voluntad coinciden, el deseo no consiste en un proceso enfocado a alcanzar algo que no se tiene, sino que se formula como un hecho. Pensarlo es hacerlo realidad, porque Aquello que lo piensa se sabe a sí mismo cómo única realidad y sabe que lo que genere es fruto de sí mismo, formas que toma su propio ser.
Nosotros hemos olvidado esa Conciencia que somos y esto nos lleva a desear las cosas partiendo de una sensación de escasez, proyectando lo que queremos conseguir como algo externo y que tendrá que lograrse con el transcurso del tiempo. Damos por supuesto que “nos falta algo” y nos vivimos como seres incompletos, de modo que nuestro deseo jamás se ve saciado. Al creer que nos falta algo siempre emerge un nuevo deseo que nos promete la felicidad.
El vacío que encierra el deseo como algo que nos completará y hará felices en el futuro lo experimentamos día a día; veámoslo con un ejemplo: quiero un coche porque el que tengo está muy viejo y con un coche nuevo todo sería más fácil y me sentiría más feliz. Con esfuerzo, al cabo de un tiempo consigo ese coche nuevo que quería y en ese momento me siento feliz. ¿Cuánto tarda en emerger un nuevo deseo? Enseguida vuelvo a sentir que me falta algo para que todo sea perfecto, también necesito una casa en otro lugar, ir de vacaciones con el coche, tener una pareja con quien compartir ese coche, etc.
Lo que deseamos es lo de menos, lo que hace que el deseo sea insaciable es la falsa creencia de que hay algo externo a mí que me va a completar, y esa creencia no me permite re-conocer que la Vida en mí ya siempre está completa y que con o sin coche yo soy esa Vida.
Las creencias del tipo “todavía me falta algo más para sentirme completa” son creencias que actúan de fondo sin que las cuestionemos y nos llevan a repetir una y otra vez los mismos patrones de relación con una misma y con el mundo. El sentido original de la filosofía es desentrañar este tipo de creencias hasta dar con nuestra esencia más veraz, libre e independiente.
El deseo puede muy bien ser, tal como hemos visto, un impulso de creación, pero si esa energía se dispersa entre falsas creencias de que “lo que soy depende de lo que consigo, o de lo que los demás valoren en mí”, aunque obtenga millones de cosas que desee, siempre surgirá el deseo de algo más porque ninguna de ellas habrá podido llenar el vacío de creer que “me falta algo más para estar completo”.
Los textos de sabiduría de la India nos advierten a menudo del dolor que genera el deseo:
“Quien está continuamente pendiente de los objetos de los sentidos acaba encadenado a ellos. De ese lazo nace el deseo y del deseo, la cólera. La cólera origina el error y el error el olvido. Un olvido que termina por aniquilar la inteligencia y producir la muerte. Sin embargo, cuando la atención se pone en la observación misma y no en su objeto, uno se libera de su atracción y repulsión, y, liberado, logra la quietud” (Bhagavadgītā. 2. 62-64).
En esta forma de deseo cuando alguien no consigue lo que quiere se enfada, al entrar en cólera distorsiona por completo su percepción, popularmente decimos que “pierde el mundo de vista”, olvida que la Vida que lo habita ya es siempre plena y se identifica solo con su cuerpo y con los objetos externos que son pasajeros. De este modo queda sometido a la muerte, porque si solo “soy cuerpo, pensamientos y emociones” está claro que todo esto nace y muere.
El deseo como limitación es solo el síntoma de la confusión de creer que lo que somos se agota en nuestro cuerpo, personalidad y circunstancias. Y para poder erradicar esta causa y, así, no hacernos esclavas del deseo, es necesario ver las creencias sobre las cuales se fundamenta, cuestionarlas, comprenderlas y poder así poner luz en dicha confusión hasta dar con una comprensión profunda y transformadora. ¿Qué me falta para la plenitud?, ¿aquello que siento que me falta tiene la capacidad de saciar completamente mi sed?, ¿sed de qué?, ¿es mi deseo un impulso de creatividad o sentimiento de escasez? Imaginando que en un momento dado tuviese todo lo que deseo y me sintiese completamente satisfecha ¿cómo es vivir ese estado de satisfacción en el que “no me falta nada”? ¿Procede la satisfacción de algo externo?, ¿Puedo sentirme satisfecha en mí misma y por mí misma?
Estas preguntas nos invitan a indagar en nuestro fuero más interno, cuestionar aquello que forma parte de los automatismos del pensamiento y las emociones para desechar las creencias que nos alejan de vivirme plenamente. Nuestra visión del mundo se basa en negarnos a ver que nosotros mismos somos esa Vida ya plena en sí misma. El deseo parte de un concepto sobre nosotros mismos como algo separado de la Vida y ese concepto nos genera conflicto y sufrimiento. Cuando el deseo parte de esta concepción errónea nos ata y convierte en esclavos de la mente, siempre cambiante.
Nosotros pedimos a la Vida lo que con nuestra limitada visión nos parece que nos hará felices. En unos casos lo hacemos imponiendo nuestra voluntad a toda costa, en otros casos lo hacemos como súplica a un Dios o similar, con el que regateamos y negociamos para que nos favorezca. Pero ¿qué ocurre si nos entregamos plenamente a la energía de la Vida y nos comprendemos una con ella? Es más, ¿qué ocurre si comprendemos que nosotros somos esa energía de Vida? Descubrimos que no hay nadie que pueda pedir nada a nadie, porque no hay otro sino la unidad de Vida que subyace a todo lo que existe.
Cuando hay lucidez lo que la Vida desea es un impulso de Vida y tal cual se “desea” emerge, porque más que un deseo es una energía que se ejecuta a sí misma por sí misma. Nosotros somos esa Vida y darnos cuenta de eso disipa, por completo, la sensación de estar incompletos y nos sumerge de lleno en la dicha de ser.

Aprender a soltar para vivir una vida plena

220 ILUS MONTSEUna amiga me contaba una vez que estando en una reunión en la que se estaba dando vueltas a temas irrelevantes y superficiales, dijo mientras se levantaba “lo siento pero me estoy muriendo” y se marchó. Fue su manera de expresar que no estaba interesada en malgastar el tiempo en conversaciones y relaciones que no sumasen a un Vivir pleno y consciente.
Recuerdo que cuando me lo contó me pareció un poco exagerado, pero había una gran verdad en sus palabras y su acción: desde que nacemos estamos muriendo y es importante valorar de qué modo queremos vivir.
La muerte como horizonte nos plantea la cuestión sobre lo que significa vivir. Hay un vivir que tiene que ver con la actividad interna que poseen los seres vivos. Pero hay un vivir que tiene que ver con el sentido de ser y con la dicha que proporciona el pleno desarrollo de ese ser.
Cuando nos preguntamos por la vida y su sentido cabe preguntarse también ¿qué significa vivir intensamente? Hagamos la prueba. Antes de seguir leyendo piensa a qué te suena si te hablo de vivir intensamente.
En el cine , en los anuncios de televisión, en las redes sociales, en las revistas, en algunos libros y en los medios de comunicación en general, se transmite a menudo la idea de que vivir intensamente es hacer muchas cosas y por supuesto todas ellas de nuestro agrado. Parece que vivir intensamente es sinónimo de hacer actividades que nos suban la adrenalina (parapente, puenting, salto base y deportes de aventura varios), viajar, salir de marcha, comer copiosamente, hacer “locuras”, apuntarse a un bombardeo... Esta es una imagen muy falseada de lo que significa vivir intensamente y por ende la felicidad. Vivir intensamente no tiene nada que ver con hacer, ni con consumir la felicidad que nos venden con productos externos. Vivir intensamente tiene que ver con vivir de forma auténtica, lo cual implica ser honesto y coherente con uno mismo. La intensidad de la vida no se mide en cantidad, no tiene que ver con que una vida sea larga o corta, sino que se mide en calidad. Y la calidad, de nuevo, no se mide en cantidad, si haces más o menos cosas, o si tienes más o menos cosas, sino en profundidad, en veracidad y en la paz que una encuentra en la coherencia con lo que es.
Resulta entonces, que un tema tan tabú como la muerte nos invita a mirar si estamos viviendo una vida auténtica o si nos limitamos a seguir gustos ajenos, o pequeños placeres que en lugar de conducirnos a lo más auténtico de nosotros, nos llevan en la dirección opuesta. En la Kaṭha Upaniṣad hay un momento en el que el dios de la Muerte elogia al joven protagonista de la historia por su capacidad de saber distinguir entre lo que verdaderamente conduce hacia el conocimiento de sí mismo y lo que no. Naciketas distingue claramente lo que es más placentero pero pasajero, de aquello que aunque a corto plazo no resulta lo más placentero a la larga le aporta el mayor de lo bienes. Ese bien mayor consiste en descubrir su esencia, más allá del cuerpo físico, de las posesiones, la familia, los amigos y los roles sociales.
“Ambos, lo mejor y lo placentero
se presentan al hombre.
Los sabios lo valoran, ven la diferencia
y eligen lo mejor por encima de lo placentero.
Pero el tonto elige lo placentero,
en lugar de lo que es beneficioso” (Ka. Up. 2.2)
Hay que comprender que el mensaje no dice que tengamos que renunciar a los placeres por el hecho de ser placeres, ni que lo mejor no pueda, en un momento dado, ser placentero. A lo que se refiere es a que no siempre lo que es lo mejor, es lo que más nos apetece. Tomemos el ejemplo del medicamento amargo que nos puede curar. No es lo más apetecible tomarlo, pero es lo que nos devolverá la salud.
Para poder elegir lo mejor es necesario tener una visión amplia, en la que podamos valorar lo que realmente suma a nuestra vida en su totalidad y tener el valor para soltar aquello que, aunque a primera vista puede resultar muy suculento, no nos conduce a lo más auténtico de nosotros mismos.
Si puedes elegir entre una felicidad pasajera y otra que conduce a la plenitud total, ¿con qué te quedas? Yo elijo la segunda opción y enseguida me surge la cuestión ¿qué significa una vida plena? Y ¿qué nivel de compromiso estoy dispuesta a tomar con la vida para ir en esa dirección?
Entiendo que una vida plena es aquella en la que reconociendo nuestros límites y sabiendo distinguir cuáles son, los aceptamos plenamente. Dejamos de luchar para demostrar algo o llegar a ser algo porque comprendemos que somos y nuestras acciones emergen de la dicha de ser.
Dice el filósofo Francesc Torralba hablando de la muerte como límite del ser humano: “El que reconociendo el límite no vive consternado por él, ese hombre es feliz.”
Cada día tomamos un montón de decisiones y en cada una de nuestras decisiones damos pasos en una u otra dirección. A veces por comodidad, a veces por miedo, otras veces por sentir un pequeño o gran placer, actuamos en sentido contrario a la felicidad. Para poder dirigirnos a lo más auténtico de nosotros que nos ha de permitir vivir una vida intensa, tenemos que estar dispuestos a morir cada día un poco; morir a lo que pensarán de nosotros; morir a las idealizaciones acerca de nosotros mismos y del mundo; morir al reduccionismo de las identificaciones; morir a las posesiones, a los juicios y creencias; morir a las comodidades y la pereza; morir como sinónimo de soltar, porque aprender a morir es abrirnos a la plenitud de ser.
Y tú, ¿qué es para ti vivir intensamente?, ¿en qué medida tus acciones priorizan el placer a corto plazo por encima de lo que te hace sentir más plena?, ¿cuáles son las limitaciones que no te permiten ser auténtica?, ¿cuáles de ellas estás dispuesta a soltar? Estas son unas poquitas preguntas para invitarte a caminar hacia lo más profundo de ti y una vida plena.

La Navidad recordada

218 MONTSESe acerca la Navidad. Esta palabra procede del latín nativitas y significa nacimiento. Los cristianos celebran en estas fechas el nacimiento de Jesús, aunque alrededor de esas mismas fechas ya se celebraba mucho antes el Nacimiento del Sol, justo después del solsticio de invierno (21 de diciembre) cuando la luz del sol comienza a aumentar. Por tanto la Navidad es en realidad una celebración del nacer. Ahora bien, sabiendo que el sufrimiento acompaña la vida ¿qué es lo que celebramos con el nacimiento? Antes de dar una respuesta hagamos un pequeño recorrido por el significado de nacer, vivir y morir.

Nuestra sociedad tiende a celebrar el nacimiento, tratar de alargar la vida y esconder la muerte. Sin embargo, existen culturas, como el hinduismo, en las que la muerte está mucho más presente en la sociedad. Justo hoy he tenido ocasión de ver un documental, que aprovecho para recomendar, sobre la forma en la que se vive la muerte en Varanasi, una de las ciudades sagradas más importantes de la India. El documental lleva por título Die the Good Death y se ha subtitulado como La Muerte en Varanasi.
En esta ciudad la vida y la muerte conviven en el mismo escenario. Mientras unos incineran los cuerpos y llevan a cabo ritos funerarios, otros toman sus baños purificadores unos metros más arriba. Hay quienes lavan ropa unos metros más abajo; unos danzan; los jóvenes juegan al cricket; hay niños vendiendo velas para ofrecerlas al río. Otros se sientan a charlar tomando un chai (nombre que se le da al té), otros descansan tumbados sobre el suelo... Todo a orillas del mismo río, el Ganges, al que ellos se refieren como Madre Ganga.
Allí el olor de la vida y la muerte se entremezclan: olor de inciensos, de flores, de basura y putrefacción, de excrementos, olor a dulces, a fritos, a leche, olores extraños que no uno no logra identificar y olor a carne a la brasa, que es en realidad el olor de las piras funerarios donde arden los cuerpos humanos.
Existe la creencia popular de que las personas que mueren en Varanasi se liberan de todo sufrimiento y ya no necesitan volver a nacer. Para muchos otros la creencia es que al morir en Varanasi se goza de algún cielo. Aun así, para la mayoría de personas esto depende no solamente de morir en Varanasi sino de la actitud que se ha tenido a lo largo de la vida.

Leer más

COLABORADORES Revista Verdemente

Сачак (Ламперия) http://www.emsien3.com/sachak от ЕМСИЕН-3
Сачак (Ламперия) http://www.emsien3.com/sachak от ЕМСИЕН-3
Дървени талпи http://www.emsien3.com/талпи от ЕМСИЕН-3

Acceso o Registro

Acceso a Verdemente

¿Recordar contraseña? / ¿Recordar usuario?