Buscar

JUANCHO CALVO

ZEN Y VIDAJUANCHO FOTO ROJO
Licenciado en Bellas Artes y formado como director de cine y televisión en Estados Unidos, ha dirigido películas y numerosas series de tv, ha recibido premios por su trabajo como director y ha creado su propio entrenamiento para actores y actrices que desean madurar conscientemente en el arte de la interpretación. Camina desde hace décadas la Vía del Zen y profundiza en la práctica del Seitai y del movimiento natural espontáneo, formándose regularmente con maestros europeos y japoneses y prestando siempre especial atención a la meditación y al movimiento en su relación con la creatividad y el desarrollo del potencial humano. Es el responsable de "Zen y Vida" y ofrece el "Taller de Meditación Zen", integrando el valioso legado del Zen tradicional en el contexto occidental actual y acompañando a personas que sienten el anhelo de desplegar sus vidas de forma más despierta y plena.

facebookwww

Samu, el despertar en acción

230 ILUS JUANCHOwEn la Vía del Zen el Samu es la actividad que posibilita el buen funcionamiento de un zendo o un monasterio, de un retiro intensivo o de una sesión. Son trabajos manuales que realizamos concentrados y amablemente, sin emplear palabras en vano y con el objetivo de ofrecer nuestra acción a la comunidad y de alimentar nuestro despertar. Mirando más a fondo, el samu es una experiencia fundamental de la Vía pues no es solo un medio para lograr un fin externo, una actividad centrífuga que me lleva hacia afuera, sino que es a la vez el medio como fin en sí mismo, una actividad centrípeta que me lleva hacia el centro. El samu es la Vía de la Actividad y lo Cotidiano como vehículo esencial para el descubrimiento de la verdadera naturaleza, en mí y en todo aquello con lo que me relaciono. En el Samu se realiza la tarea con el mejor espíritu, poniendo en ella toda la buena energía y la plena presencia que nos da la meditación. Por ello, no se puede separar la práctica de la meditación de la práctica del samu. El samu puede ser cocinar, poner la mesa, barrer el jardín, limpiar los zafus, trabajar en el huerto, limpiar los retretes o limpiar la estatua del Buddha. No hay un samu más importante que otro. Como en un gran barco, en una comunidad todos ocupamos una función y un lugar irremplazable: los retretes deben estar limpios y la estatua de Buddha debe estar limpia. Sin discriminaciones ni diferencias, todo es igualmente esencial. Todo es samu. Todo es la Verdadera Naturaleza. Lejos de ser una tarea rutinaria, pesada o distraída, el samu se practica estando plenamente presentes y con total entrega y disponibilidad en la acción. Esta es la clave fundamental: el samu, además de una actividad al servicio de la meditación, es la mejor oportunidad para ahondar en el espíritu meditativo, en la atención plena, la compasión, la concentración, el silencio, la unidad. Practicando samu de esta manera este se convierte en el mejor aliado de la meditación. No hay zen sin acción, no hay zen sin samu. Si el trabajo que me toca hacer en la comunidad lo realizo con una atención concentrada en la tarea y con dedicación amable, entonces es una prolongación de la práctica de la meditación. Quizás no puedo trabajar mientras medito, pero sí puedo meditar mientras trabajo. Es aquí cuando el Zen tiene una sugerencia importante para el mundo actual. La mayoría de nosotros no vivimos en un monasterio, pero sin duda vivimos en comunidad. Hay comunidades pequeñas, como un piso compartido, o muy grandes, como una ciudad o un país. En el fondo, toda la humanidad, acompañada por todos los seres, vivimos en una grandiosa comunidad universal. Cada uno tenemos nuestra función, nuestro talento y nuestra responsabilidad. Todos somos diferentes y no hay trabajos más importantes que otros. Sin embargo, uno de los asuntos con los que la humanidad se ha ido alejando de sí misma y del mundo es con el asunto del trabajo. Las personas sin trabajo se lamentan de su terrible situación, las personas con trabajo están sumidas en la queja, la lucha, la incertidumbre y la ansiedad, hay demasiados trabajos esclavos, abusivos, insanos, actividades que dañan a la persona y a la comunidad, y hay personas que se vuelven adictas al trabajo y que lo convierten en una obsesión que arruina sus vidas. Es muy importante que yo revise cómo desarrollo mi trabajo. El tradicional dicho zen de "cortar leña, traer agua" ahora es "ir al trabajo, atender a un cliente, mandar un e-mail", y mi monasterio zen particular ahora es el barrio o una ciudad. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿Cómo me entrego a la actividad? ¿Con qué actitud me relaciono con lo que me rodea? ¿Qué aporto a la comunidad? Además de abrirnos a la posibilidad de sonreír más en el trabajo, de estar más atentos, de ser más amables, la invitación es a abrir la mente y el corazón a una forma de actividad que ponga nuestras almas en servicio, en marcha, en relación, y en una dirección lúcida, amable y transformadora. De esta forma nuestro trabajo individual será nuestro despertar en acción y nuestras acciones impulsarán el despertar colectivo.

Juancho Calvo 

Abrazar el Samsara - Abrazar el Nirvana

229 JUANCHO1

Escuchando o leyendo sobre meditación a uno le llega continuamente el mensaje, casi como un mantra, de que el problema humano está en la cabeza, en la mente, en el yo. Pareciera casi que nuestra cabeza es una malformación orgánica o que el yo es un defecto de fabricación, por lo que, si pudiéramos desenroscarnos la cabeza y tirarla a la basura, todo sería más fácil y no habría obstáculo para la iluminación.
En realidad, echarle la culpa al ego o creer que para Despertar hay que eliminar la mente o la personalidad, no es más que nuestra tendencia a fragmentar y nuestro gusto por el truco del chivo expiatorio. Ver al yo como una tara generalizada o como un error de serie nos coloca ya de inicio en la negación de nosotros mismos, lo cual no es el mejor comienzo. Y de esa creencia, de que para alcanzar la liberación tengo que negarme y dejar de ser yo, surge la creencia de que la iluminación me colocará en un otro-yo muy diferente de este, muy especial y solo al alcance de unos pocos.
Los seres humanos nos aliviaríamos bastante si tomáramos consciencia de que en nosotros todo está bien, desde el origen. Todo está sucediendo de forma perfecta. Todo lo que me ha ocurrido y me está ocurriendo (el surgimiento del yo, la identificación, la personalidad, incluso mi agitación mental) está ocurriendo porque es natural que ocurra. Si fuera imposible, no ocurriría. Pero ocurre, precisamente, porque está en mi potencial humano. Tanto es así, que podemos decir que es necesario. El águila sale del huevo, crece, cambia sus plumas... El ser humano se pone de pie y camina, aprende a hablar, piensa, se identifica con su pensamiento... Esto es habitualmente así. El Samsara no me es ajeno, no es un error del universo, sino algo perfectamente natural.
La cuestión importante es que la evolución natural del ser humano, el despliegue de todo su potencial, no termina ahí. El águila no madura del todo si no aprende a volar. Igualmente el ser humano, después de la infancia, pubertad, adolescencia, juventud... puede culminar avanzando más allá del simple llegar a "ser adulto". Puede dar un paso más en su evolución, para madurar no solo física, emocional o intelectualmente, sino espiritualmente. No solo como individuo sino como ser humano. Los perros ladran, los gatos maúllan. La nieve cae en invierno, en verano se maduran los frutos. De igual manera, todos los seres humanos estamos llamados al Despertar, no en el cielo ni en otra tierra sino en esta vida. Por supuesto, estar llamado no garantiza nada, hay que andar el camino, el que miles de hombres y mujeres, siguiendo una vía de realización espiritual, han recorrido hasta alcanzar esa maduración que en el Zen se llama el Despertar. El Nirvana está en la semilla de nuestro programa evolutivo, es posible, es natural y, por lo tanto, está en el potencial de cada uno de nosotros. El Samsara no me es ajeno, el Nirvana tampoco.
Yo no soy algo que no tendría que ser. Mi naturaleza humana no está equivocada. El Zen no es la solución a ningún problema, pues el Zen no es un truco, ni mucho menos un apaño para un problema que no existe. La maduración no es un estado que se logra con esfuerzo ni un objeto que se atesora con arrogancia, no es tampoco una experiencia emocional placentera ni un pensamiento espiritual perfecto. Se trata solo de ver claro. Por eso la maduración es un proceso natural y continuo, por un lado completamente espontáneo y a la vez necesitado de mi entrega e implicación. Por eso en el camino uno puede buscar ayuda, ser acompañado, encontrar apoyo en el maestro, en el grupo, en la enseñanza, en el legado.
Ser humano no es un obstáculo, es una oportunidad. Estoy evolucionando y puedo dar un paso más. Cuando no veo con claridad niego mi naturaleza más obscura por sentirla demasiado cerca y niego mi naturaleza más luminosa por creerla demasiado lejos. El Zen me invita a abrazar ambas naturalezas, pues ambas son mi existencia humana. El Samsara es precisamente lo que impulsa mi humanidad hacia adelante, el Nirvana es mi humanidad alcanzando su más genuina realización.

Juancho Calvo 

El Gran Descubrimiento

227 JUANCHO

Llega octubre y llega un nuevo taller de Meditación Zen y las ganas de emprender nuevos viajes y aventuras, por lo que parece muy oportuno tener presente este importante "aviso para navegantes".

Cuando nos iniciamos en el camino de la meditación o del Zen, incluso cuando ya llevamos tiempo caminando, podemos caer en el engaño de creer que estamos avanzando hacia algo superior, lejano o profundo. Nos sentamos en nuestro cojín y nos afanamos como un explorador que se adentra en una cueva para encontrar un tesoro escondido, con la esperanza de poder salir después triunfante con dicho tesoro en las manos.
En este intento continuo de buscar para descubrir algo, cosificamos nuestra naturaleza esencial y la colocamos en un lugar de difícil acceso al que solo se llega con la ayuda de un mapa mental hecho a escala de nuestras propias creencias. Por si fuera poco, a este "lugar iluminado" le atribuimos un estado maravilloso lleno de dones y deleites, como a una tierra prometida en la que mana la gracia divina. Y claro está, ante tan irresistible seducción, nos lanzamos a la aventura. Y en la aventura de la transformación podemos creer que meditar es hacer algo para conseguir algo: un estado extraordinario, crear una mente nueva y perfecta, etc.
Sin embargo, Buddha no hizo nada, no cambió nada, su gran cambio fue más bien un dejar de hacer... para simplemente ver. Buddha no se encerró en su taller interior y pulió su espíritu con martillo y cincel hasta tallar una mente iluminada, ni combinó artilugios espirituales para fabricar una máquina mental superior. Buddha no fue un inventor, fue un descubridor. Se adentró en su propia geografía interior y descubrió un territorio inmenso y radiante, que ya era, pues al contrario que con un invento, que requiere primero de un inventor, con el descubrimiento sucede al revés: aquello que se descubre Es siempre antes de que llegue el descubridor. Y Buddha descubrió además que Ese descubrimiento era Él mismo. Y tras navegar mar adentro, navegó también mar afuera y descubrió el infinito océano de la realidad universal iluminada, y descubrió también que ya era y también que era él mismo.
Cuando nos sentamos a meditar no nos sentamos a inventar nada, nos sentamos a descubrir lo que ya es, lo que es previo a nuestro afán de descubrir, previo a nosotros mismos. Es precisamente desde "Esto que Ya Es" que surge el anhelo de ser descubierto y de ahí el impulso de buscar. No soy yo buscando hacia adentro, sino que es un Adentro buscándome a mí. La meditación zen es un laboratorio de investigación, pero no para concebir nada nuevo ni mejor, sino para descubrir la realidad que ya es, siempre aquí, esperando a ser descubierta y simplemente siendo nueva e inmejorable cada vez que se descubre.
El zazen es una travesía, mar adentro y mar afuera, pero no de un lugar a otro sino del no ver al ver. La Tierra Prometida nos está siempre esperando, llamando, pero no se alcanza, solo se descubre, siempre como algo que ya era y como algo que soy yo mismo. Y cuando se descubre luego se habita, en el día a día, pues no es una tierra que se invade y se posee, sino que es la tierra del Presente, acogedora y sin propietario, en la que uno nace, crece, muere y renace a cada instante.
El zazen no es una conquista, no es un camino para transformarme sino para retirar lo que me cubre y para ver la realidad tal cual es. Este des-cubrimiento no es de ninguna otra cosa que de la Realidad y Yo mismo, aquí, ahora, esperando a ser auto-descubierto por mí mismo, esperándome desde mucho antes de que yo saliera a buscarme. Igual sucede con el corazón, la unidad, la confianza. No necesito inventarlos, solo necesito descubrirlos. Salir a la mar, vivir descubriendo, mar adentro, más adentro, mar afuera, más afuera, el Gran Descubrimiento me está siempre esperando. 

Juancho Calvo 

Acceso o Registro

Acceso a Verdemente

¿Recordar contraseña? / ¿Recordar usuario?