DANIEL GABARRÓ

DANIEL GABARRO FOTOREFLEXIONES PARA EL DESPERTAR
Imparte formaciones para empresas, administraciones y organizaciones que quieren adaptarse al nuevo paradigma: los viejos tiempos no volverán y es imprescindible abrirse a la nueva realidad que ahora se está imponiendo. También cursos para personas interesadas en su crecimiento personal y despertar espiritual, en la línea de Antonio Blay y Anthony de Mello. Profesionalmente es empresario, escritor, conferenciante, formador, diplomado en dirección y organización de empresas, maestro, psicopedagogo, licenciado en humanidades, diplomado en dirección y organización de empresas, experto en PNL y exprofesor de la Universitat Ramon Llull y de la Universitat de Lleida.

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El origen de nuestro problemas

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Qué dificultades tenemos según los tres centros vitales
Seguramente, a lo largo de nuestra vida, habremos observado que ciertas situaciones o problemas se repiten de forma cíclica. Eso es debido a una sencilla razón: nunca nos planteamos cuál es su verdadero origen.
Para poder detener esta noria, debemos entender que cualquier problema que tengamos está relacionado, o bien con nuestro centro emocional, con el centro intelectual o con el centro energético. Conocer estos tres centros nos ayudará, sin lugar a duda, a deshacernos del sufrimiento.
LOS TRES CENTROS VITALES
En nuestro interior existen tres centros vitales que están interrelacionados: el centro intelectual, el centro emocional y el centro energético. Estos no se pueden separar porque cualquier relación que tengamos con el mundo la tendremos desde estos tres centros a la vez.
Sin embargo, cada uno de estos centros puede vivirse de maneras muy distintas: equilibrado, que es el estado óptimo; anoréxico, que indica la necesidad de potenciar dicho centro; y vigoréxico, que indica la necesidad de reducirlo.
Obviamente, cuando uno de nuestros centros se encuentra en un estado anoréxico o vigoréxico, eso nos conlleva una serie de problemas. Para saber qué centro tenemos más desequilibrado, podemos basarnos en la ley del 20/80. Según esta ley, un 20% de nuestros problemas genera el 80% de nuestras dificultades. Consecuentemente, solo necesitamos identificar aquellos problemas más grandes que, seguramente, se repiten de forma cíclica en nuestra vida. Una vez hayamos detectado qué centro tenemos más desequilibrado, podremos incidir en él.
¿Pero, cómo somos, según tengamos un centro en un estado u otro?
El CENTRO INTELECTUAL
El centro intelectual es el motor del pensamiento. Las personas que tienen este centro en un estado equilibrado, ven el mundo como un lugar comprensible, en el que pueden aprender todo aquello que ignoran. No confunden su opinión con lo que conocen y se viven como personas inteligentes, es decir, con capacidad para comprender el mundo.
Las personas que, en cambio, tienen el centro intelectual vigoréxico, racionalizan mucho las emociones y las acciones. Son personas sin espontaneidad, que viven lo que piensan y creen que esa es la única realidad posible. No son empáticas y acostumbran a llevar un exceso de planificación, ya que eso les permite huir de sus verdaderos sentimientos. Además, buscan en todo momento el porqué de las cosas. Suele decir lo que piensan y viven el futuro desde una asepsia emocional, es decir, sin emociones.
Al contrario, quiénes tienen el centro intelectual anoréxico, habitualmente no llegan a conclusiones concretas porque continuamente piensan, pero les faltan criterios para decidirse. Son personas que viven al día, con una planificación más bien escasa. Suelen ser poco prácticas, porque no tienen alternativas: el hecho de dudar constantemente no les permite llegar a una conclusión sobre lo que tienen que hacer. Cambian de opinión según la persona que tengan delante, acostumbrando a tomar un rol secundario para no tomar decisiones.
EL CENTRO EMOCIONAL
En el centro emocional reside el corazón. Las personas que tienen este centro en su estado equilibrado, les gusta socializarse, pero eso no significa que en determinados momentos no sepan estar solos/as. Tienen cierta sensibilidad artística y les atrae la naturaleza y los animales. Son personas con empatía, (¡que no es lo mismo que fundirse con el dolor ajeno!) y con una buena autoestima de sí mismas.
Por otro lado, las personas con el centro emocional vigoréxico, tienden a sufrir mucho, ya que lo consideran una prueba de su bondad. Confunde, pues, el sufrimiento con la capacidad de empatía. Son salvadores natos, pues quieren salvar a todo el mundo, incluso a aquellos no les han pedido ayuda. Pueden manipular desde el victimismo, para que se les dé un apoyo continuado. Se fusionan emocionalmente con lo que les rodea y sienten que solo ellos/as comprenden a los demás. Eso les lleva a vivir una montaña rusa emocional: todo es terrible o todo es maravilloso, según la persona o el momento en el que estén.

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La esencia que somos

221 ILUS DANIEL

 

Qué es y cómo reconectar con ella
En muchas ocasiones, hablar sobre crecimiento personal implica hablar también de la “esencia” que somos. En el anterior artículo, afirmamos que la esencia es algo que está más allá de nuestro cuerpo, de nuestras emociones, de nuestros sentimientos o de nuestras acciones.
Ahora bien, ¿qué es exactamente la esencia?
Y la pregunta más importante, ¿podemos conectar con ella?
El VERDADERO SIGNIFICADO DE ESENCIA
Si tuviésemos que definir la palabra “esencia”, podríamos decir que es “aquello que está en uno/a mismo/a y que es lo único que no varía, que no se mueve”. Para comprender su importancia en el camino del crecimiento interior, vamos a explicar qué papel desempeña en nuestra Vida.
Si nos detenemos unos segundos, veremos que en la Vida existen dos películas. Una película es externa y está en constante movimiento. Se trata de las circunstancias de vida que tenemos enfrente, del ritmo de la vida que nunca se detiene.
Pero, a la vez, existe otra película interna que también está en constante movimiento. Los pensamientos, por ejemplo, vienen y van sin posibilidad de detenerlos; nuestras emociones parecen una montaña rusa, a veces en caída libre; y tampoco las sensaciones del cuerpo físico son nunca las mismas.
Con este telón de fondo, entenderemos que la esencia es la única parte que siempre está calmada. Es como si fuese el espacio en el que se produce la obra de teatro que se está representando. Cuando nos conectamos con ella, la esencia nos permite vivir conscientemente aquello que nos ocurre. Nos convertimos en espectadores conscientes de la experiencia de vida, pero, a la vez, actores de la respuesta que damos. No se trata de un espectador pasivo, sino de un espectador que es consciente de ser.
En este sentido, las ideas pueden ir cambiando, pero la esencia que somos continúa en el mismo sitio. Los sentimientos pueden variar, así como las sensaciones, pero nuestra conciencia de ser ese espacio interior de vida sigue inalterable.
CAMBIAR EL PUNTO DE MIRA
Esta sutil diferencia entre ser espectador activo y experimentar pasivamente lo vivido como si eso fuera mi “yo”, es difícil de valorar en la sociedad que vivimos. Parece que existe una ley no escrita que nos obliga a poner todo el foco de atención en el exterior, perdiéndonos así la conciencia del yo que soy, alejando la atención de lo verdaderamente importante: el yo consciente.
El cambio reside en poner el foco de interés en uno/a mismo/a. Eso permite que nuestra cotidianidad se transforme y, con ella, nuestro bienestar interior. A partir de entonces, poco importa lo que ocurra fuera, pues lo importante ya está ocurriendo: soy.
Una de las dificultades que encontramos cuando intentamos poner el foco en nosotros/as mismos es identificarnos con un “personaje o rol” que nos hemos creado inconscientemente. Todo fluye de forma mecánica y no hay nada permanente que siempre esté y que nos permita vivir la vida con consciencia. Somos el personaje que siente y hace, y nosotros vamos detrás de él como si fuéramos marionetas.
Afortunadamente, esta situación puede romperse cuando conectamos con nuestra esencia: todo rol se desmorona de forma natural. Eso es lo que nos permitirá empezar a vivir la vida, y dejar de ser vividos/as por la vida.
PASOS PARA APROXIMARSE A LA ESENCIA
Sin lugar a duda, el primer paso de este proceso es comprobar que somos como “máquinas”: actuamos de forma mecánica y sin conciencia. Muchas veces, por ejemplo, nos enfadamos o nos preocupamos sin haberlo decidido previamente, y esa es una acción mecánica.
Curiosamente, cuando nos damos cuenta de ello, empezamos a dejar de ser máquinas y descubrimos en la Vida múltiples lecciones por aprender. Eso es así porque en la Vida se dan todas las lecciones que necesitamos aprender, en todo momento. Aprovecharlas, o no, depende de nosotros mismos. Pero, para ello, es importante ser conscientes de lo que vivimos en lugar de ir con el piloto automático.
El segundo paso es decidir saciar la sed interior y convertir todo lugar en un espacio de autoconocimiento. El despertar interior nos enseña que cualquier espacio de nuestra Vida puede usarse como un espacio para descubrirnos y ser: no hay lugares sagrados y lugares profanos. Es decir, invitamos a que el trabajo interior se produzca en todos los espacios concretos dónde estamos viviendo. Sino vivimos conscientemente en el lugar donde estamos, ¿dónde lo haremos? Hay una única vida, que es la que estamos viviendo ahora mismo. El tercer paso es convertir todos los momentos de nuestra vida en un espacio de crecimiento personal. No solo cualquier lugar, sino todos los momentos. Nada ocurre fuera de nuestra vida, ¡pues usemos todo para crecer! Solo nos hace falta ser conscientes del momento en el que vivimos: aquí y ahora. Todos los escenarios y momentos nos dan una oportunidad maravillosa para crecer interiormente, por eso, ¡aprovechémoslos!
DISFRUTAR DEL VIAJE
Intentar conectar con nuestra esencia no debe concebirse como una obligación o una promesa que nos hacemos a nosotros/as mismos/as (eso sería parte del personaje), sino que debe ser fruto de la amorosa decisión de descubrirnos.
Y, cuando esta se dé, debemos entender que vamos a emprender un viaje apasionante y gozoso hacia nuestro interior. Al concebirlo como placentero, podremos encontrar y aplicar herramientas útiles para descubrirnos. Como suele decirse: no podemos disfrutar de la meta si antes no hemos disfrutado del viaje.

 

Yo te deseo... Feliz Navidad!!

Nochebuena, víspera del día de Navidad. Enciendo el móvil y aparecen decenas de mensajes y vídeos de mis grupos de WhatsApp. En todos ellos, se repite el mismo mensaje: ¡Feliz Navidad! ¡Tu felicidad es mi mayor deseo! Luego, caritas sonrientes y un simpático villancico de fondo.

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Y, en ese momento, me pregunto: ¿quién tiene que ser feliz? ¿quién es ese “yo” que desea la felicidad? ¿qué significa realmente la Navidad y qué relación tiene con el “yo”?

EL DESPERTAR

Antes de nada, empecemos por lo más básico: ¿qué significa la Navidad?
En diciembre de 2016, escribí en esta revista un artículo reexplicando el concepto de la Navidad. En él, señalaba que la palabra Navidad proviene del latín “Nativitas”, es decir, “nacimiento”. La Navidad, pues, nos habla literalmente de un nacimiento que está a punto de acontecer. ¿Cuál? El nuestro.
No se trata del nacimiento de Jesús de Nazaret, sino del que debe producirse en cada uno de nosotros. Esta época del año nos ayuda a recordar que ha llegado el momento de nacer, el momento de despertar. Nosotros somos a imagen y semejanza de la divinidad: hemos nacido como parte de una conciencia que, a su vez, es parte de la totalidad. Y, en este viaje a través de la vida, nuestra verdadera tarea es auto-conocernos y expresarnos.
Un año después, quiero ir un paso más allá de esta explicación.

¿QUIÉN SOY “YO”?

 

 

Los pensamientos, las emociones y las acciones son variables, pues pueden cambiar en cuestión de minutos. Puedo despertarme, por ejemplo, pensando una cosa y acostarme pensando otra bien distinta sobre el mismo asunto.
Sin embargo, quién nunca varía es el “yo”. El “yo” entendido como la conciencia que vive las experiencias y sobre la cual se construyen los sentimientos, las emociones y las acciones. Se trata de una conciencia que está más allá de lo que se siente, de lo que se hace, de lo que se dice y de lo que se piensa. Pero que, a su vez, aprende a través de los pensamientos, los sentimientos y las acciones.
Si tuviésemos que hacer un símil, el “yo” sería como el hilo de un collar de perlas, que une todos y cada uno de los momentos de nuestra vida con su presencia. Este hilo nunca cambia, mientras que lo que nos ocurre no son más que hechos puntuales que no tienen sustancia per se.
Por lo tanto, el “yo” es esa sustancia, esa conciencia que siempre está. Esa presencia que se da cuenta. Lamentablemente, muchos de nosotros aún estamos esperando el nacimiento de esta conciencia porque todavía no ha nacido.

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