JUAN MANZANERA

JUANMEDITACIÓN
Licenciado en Psicología Clínica y diplomado en Psicoterapia Gestalt. Se formó en filosofía y meditación budistas en Asia y Europa. Imparte cursos desde hace 25 años. Fundador y director de la Escuela de Meditación en Madrid.

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El arte de Detenerse

 

217 ILUS MANZANERAwVivimos en un movimiento constante. Responsabilidades, obligaciones, compromisos y deseos nos mantienen ajetreados y ocupados. Pero además, nuestro mundo interno de apegos, insatisfacciones, miedos, necesidades, creencias e inseguridades, también nos lleva a la inquietud, el desasosiego y la actividad.
El resultado de todo ello es que vivimos empujados por una inercia que nos domina. Sin quererlo la vida se acaba convirtiendo en padecer unos patrones que nos impiden libertad y espontaneidad. Terminamos víctimas de nosotros mismos, viviendo una vida que no es la nuestra y repitiendo comportamientos que no podemos evitar. Como dicen en forma poética algunos maestros: Somos como hojas secas arrastradas por el viento, sin ningún poder.
En principio, esto no sería ningún problema si no fuera porque en esta condición de inercia acabamos creando infelicidad y sufrimiento en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos.
Detenerse
Si queremos una cierta satisfacción y plenitud en la vida es esencial parar y poner conciencia. Es preciso detenerse para liberarse de la inercia y la programación en que vivimos. Desde la perspectiva espiritual, hay dos maneras de encontrarse pleno y satisfecho en la vida. Son, evolucionar y despertar. Evolucionar significa desarrollar el potencial que uno tiene; sea en las relaciones personales, sociales o laborales, vivimos cada vez más conscientes, más compasivos y más sabios. Despertar significa tener una lucidez tal que nuestros pensamientos, emociones y creencias no nos engañan. Cuando despertamos conocemos la realidad sin la distorsión de la mente.
Tanto para despertar como para evolucionar es imprescindible saber parar. ¿Pero qué quiere decir parar? Detenerse no significa no hacer nada. Tampoco significa dejar de hacer todo lo que uno hace. Detenerse es parar el movimiento interno de agitación mental, es dejar de mirar hacia algo en el pasado o en el futuro. Es dejar de estar siempre anticipando problemas y abandonar preocupaciones; es dejar de culpabilizarse, o quejarse de lo que sucedió.
Cualquier persona comprometida con el camino espiritual tiene cada vez más claro que el sufrimiento que se experimenta es mayormente creado por uno mismo. Alguien así, deja de culpar al mundo o a los demás de su infelicidad y se hace responsable de sus experiencias. Detenerse significa dejar de crear sufrimiento.
El sufrimiento innecesario
¿Cómo creamos sufrimiento las personas? Podemos echarles la culpa a los padres, al gobierno, a la pareja, a la sociedad, etc. pero el sufrimiento viene de la propia mente, como bien enseñó Buda hace más de 2.500 años. Cuando queremos que las cosas sean de otra manera, cuando nos resistimos a las experiencias que la vida trae, cuando reaccionamos sin claridad a lo que nos sucede, creamos sufrimiento. Además, muchas de nuestras valoraciones, interpretaciones y juicios generan sufrimiento en nuestro interior. Siempre que nos dejamos llevar por ciertas ideas, pensamientos, emociones y creencias, también creamos sufrimiento. Cuando nos aferramos a ideas fijas de cómo tiene que ser el mundo que nos rodea y las demás personas, creamos sufrimiento.
Hay una regla fundamental, una especie de axioma implícito en la esencia de la enseñanza budista: La fuerza del sufrimiento viene de la importancia que le damos a la experiencia. Es decir, el sufrimiento no está ahí como algo que nos llega desde fuera sino que surge de la combinación de la experiencia y nuestra propia mente. De modo que, el problema no son las cosas que nos suceden sino el valor, el peso y la importancia que le damos a las experiencias difíciles de la vida. Esto es lo que va a determinar cuánto sufrimos. Por consiguiente, la fórmula de la solución es bastante sencilla (aunque no por ello fácil de aplicar) quitando importancia a las experiencias difíciles, frustrantes e insatisfactorias, sufrimos menos.
En este orden de cosas, cuando desarrollamos esta idea y nos acercamos a lo que llamamos Despertar, finalmente se vislumbra que el sufrimiento no tiene ninguna importancia ya que su naturaleza es ilusoria. Recordemos el sutra del corazón que dice: “En vacuidad, no hay sufrimiento ni causa de sufrimiento, ni cesación del sufrimiento ni camino a la cesación”.
Así pues, detenerse también significa dejar de hacer todo eso que nos lleva a hacer de la vida muy difícil y costosa.
Queda claro que parar no significa permanecer pasivo vegetando ni quedarse indiferente o distante ante lo que nos sucede. Tampoco es dejar de tener ilusión por las cosas ni abandonar nuestras metas, objetivos y proyectos. Por supuesto, tampoco significa dejar la familia, el trabajo y aislarse del mundo.

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Miedo y Meditación

La vida está llena de inseguridades, imprevistos e incertidumbres. A menudo nos encontramos con situaciones que nos llevan a sentirnos indefensos y desamparados. En un mundo en que todo es efímero, cambiante e impredecible es inevitable experimentar miedo. Aunque tengamos recursos para desentendernos de su presencia, no es raro que nos asalte y nos domine. Por miedo permitimos abusos y maltratos, por miedo nos limitamos, por miedo hacemos daño y destruimos lo que amamos, por miedo cometemos errores imperdonables y desperdiciamos la vida. El miedo nos lleva a ir en contra de nosotros mismos y nos impide desplegar el potencial como ser humano. 

Múltiples experiencias señalan la presencia del miedo. La ansiedad, la depresión, las adicciones, las obsesiones, etc., en general los trastornos mentales, indican sentir algún tipo de amenaza y temor. Una de nuestras necesidades más acentuadas es el anhelo de seguridad, sin embargo, la vida es insegura por naturaleza y por mucho que nos esforcemos, nunca llegamos a sentirnos completamente seguros. De modo que el miedo forma parte de la vida. Todos tenemos miedo, en esto somos iguales todas las personas. La diferencia entre unos y otros reside en nuestra habilidad afrontarlo, manejarlo y para convivir con él.
Ahora bien, es preciso reconocer que el miedo no es malo en sí mismo. Es una reacción emocional que nos ayuda a estar alerta ante lo que puede resultar dañino y nos permite anticipar respuestas para defendernos o escapar. Además, nos hace estar más despiertos y atender lo que nos rodea con más cuidado. Sirve para evitar accidentes y desgracias, y es útil para anticipar situaciones peligrosas. Todos los seres vivos estamos programados para sentir miedo cuando percibimos peligro, y llega a formar parte de nuestro temperamento.
Podemos decir que el miedo es una reacción normal cuando se dispara en el momento apropiado y ante una situación peligrosa, y cuando se reduce hasta desvanecerse al finalizar la situación. Es normal cuando su intensidad es proporcional a la situación con que nos enfrentamos. Sentimos miedo sólo cuando percibimos o imaginamos algún peligro; por lo tanto, si no somos conscientes de un peligro podríamos no tener miedo en situaciones verdaderamente peligrosas.
Ahora bien, podemos sentir miedo en situaciones inofensivas si las percibimos como peligrosas. En tal caso, hablamos de un miedo nocivo. El miedo es dañino cuando se activa con excesiva frecuencia y su intensidad no se corresponde con lo que está sucediendo. También lo es si es una reacción que se repite a menudo sin motivo aparente y perdura demasiado tiempo. El miedo nocivo surge ante la posibilidad o el recuerdo de un suceso que no está sucediendo.
Manejar el miedo
Para manejar el miedo, lo primero importante es reconocerlo. Con frecuencia, nos sentimos mal, inquietos y desconcertados pero no somos capaces de percatarnos de que detrás de todo eso hay mucho miedo. Es preciso darse cuenta y saber aceptar que se tiene miedo. Percibir el miedo, vivirlo en el cuerpo y reconocerse con miedo es el primer paso para sanarlo. Esto no es nada fácil, pues a menudo escondemos el miedo detrás de reacciones emocionales intensas como la ira o la tristeza.

214 manzaneraLo siguiente es indagar e identificar a qué le tememos. Esto requiere una cierta capacidad de introspección. Sabemos que tenemos miedo pero es preciso saber a qué se debe. Hay muchas formas de miedo, desde el miedo a algún tipo de muerte hasta el miedo a la vida misma, pasando por el miedo a cometer errores, al rechazo, a no ser capaz, a la ira, al fracaso, al futuro, a la crítica, a los insectos, a la enfermedad, al abandono, a la locura, al descontrol, etc. Conocer cuáles son nuestros miedos es el segundo paso.
Cuando reconocemos nuestros miedos es de gran ayuda recordar que todo el mundo tiene miedo en situaciones poco familiares, y que es una respuesta normal. Para poder afrontarlo, necesitamos aceptar que cierta dosis de miedo es algo natural e incluso necesaria; debemos saber que temer y rechazar el miedo es un obstáculo para solucionarlo. Por consiguiente, el objetivo no es eliminar el miedo sino regularlo y reducir su exceso.
La única manera de superar el miedo es enfrentarlo. Un miedo puede desaparecer, pero hasta que no seamos plenamente conscientes de la experiencia no conseguiremos superarlo. Así, una de las estrategias más efectivas es familiarizarse con la experiencia de miedo y entrenarse en ciertas circunstancias controladas a sentirlo. Se trata de acercarse con perseverancia y continuidad a situaciones que producen un ligero miedo. No es necesario vivir en peligro, es suficiente enfrentarse a pequeños miedos y vivirlos conscientemente.
Un error que solemos cometer cuando tenemos miedo es juzgarnos y sentirnos culpables. A veces incluso sentimos vergüenza de tener miedo. Es más sano ver el miedo como algo que tolerar y aprender a convivir con él.

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Desvelar lo Inefable

La cuestión primordial es saber qué hay aquí, qué es verdad ahora. Podemos hablar y hablar, leer cientos de explicaciones y teorías, pero siempre está pendiente apreciar, en vivo y en directo, nuestra realidad última, lo que realmente somos, lo esencial de todo lo que existe.

Es una tarea personal; nadie puede hacerla por nosotros, que alguien haya encontrado la realidad no sirve de nada. Es uno mismo quien tiene que recibir el vislumbre. Cada uno tiene la responsabilidad de hacer el proceso.
Dice la enseñanza que la verdad es simple, inmediata y obvia, sin embargo las distracciones son tan potentes que se nos escapa.

Tan cerca que no la puedes apreciar.
Tan profunda que no lo puedes aprehender.
Tan simple que cuesta creerlo.
Tan bueno que cuesta aceptarlo. (Tradición Shangpa de Mahamudra)

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El problema es que la mente nos distrae. Perdidos en conceptos, pensamientos, imágenes y estados mentales no nos queda espacio para apreciar lo que hay aquí. La mente nos hace mirar a otro sitio. La atención está dirigida a todo lo que la mente crea y nunca a la realidad absoluta.
Creemos que vivimos en el mundo y que atendemos las cosas del mundo, pero sólo estamos mirando el mundo que la mente ha desplegado delante de nosotros. Vivimos un mundo imaginario, puramente mental y cada uno de nosotros formamos parte de esa imaginación. Sobre la verdad se ha proyectado un facsímil de realidad muy convincente pero completamente vacío de contenido.
Nosotros mismos formamos parte de lo imaginario, y esto hace más difícil apreciar la verdad. Porque encontrar la verdad es desaparecer. Como el personaje de un sueño.
Imaginemos soñar ser un meditador que busca la verdad recluido en un monasterio budista. El meditador es un personaje imaginario, busca su realidad, pero él no es quien la encuentra, él no puede encontrarla. Al despertar, desaparece. Luego, se recuerda el sueño y la verdad se desvela: el meditador sólo era la imaginación de la mente soñando. La realidad era muy simple, pero el meditador no podía encontrarla, él mismo era parte del engaño; sólo la podía hallar la mente despierta.
A la par que simple, resulta desconcertante. No puedes hacerte desaparecer a ti mismo. No puedes encontrar la verdad que eres sin desvanecerte.
Ante un proceso tan poco razonable es inevitable cometer numerosos errores. Por ejemplo, dejar de pensar, quedarse con la mente en blanco, controlar los conceptos y demás estrategias para manipular la mente son inútiles y contraproducentes. Solo es necesario descansar en la conciencia misma. Todo lo demás es adentrarse más en el mundo ilusorio.
Maestros tibetanos que ya han recorrido este camino han tenido la bondad de señalarnos algunas cosas que evitar puesto que no sirven para despertar:

Considerar la práctica de meditación como un estado libre de pensamientos en el que han cesado las percepciones de los seis sentidos es perderse en un estado de sopor.
Considerar la meditación como absoluta claridad, gozo y vacuidad y aferrarse a esas experiencias; entender la meditación como un estado neutral monótono sin conciencia.
Creer que meditar es dejar que todo suceda.
Hacer que meditar se convierta en fijarse en pensamientos como “todo es vacuidad”, “la naturaleza de la mente no puede aprenderse”, “todo es una ilusión”, “es como el espacio”,
Creer que pensar es un defecto que hay que inhibir.
Considerar que hay que descansar en meditación tras controlar los pensamientos y anclarse en un estado de atención” (Tsele Natsok Rangdrol, Lamp of Mahamudra)

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