JUAN MANZANERA

JUANMEDITACIÓN
Licenciado en Psicología Clínica y diplomado en Psicoterapia Gestalt. Se formó en filosofía y meditación budistas en Asia y Europa. Imparte cursos desde hace 25 años. Fundador y director de la Escuela de Meditación en Madrid.

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Miedo y Meditación

La vida está llena de inseguridades, imprevistos e incertidumbres. A menudo nos encontramos con situaciones que nos llevan a sentirnos indefensos y desamparados. En un mundo en que todo es efímero, cambiante e impredecible es inevitable experimentar miedo. Aunque tengamos recursos para desentendernos de su presencia, no es raro que nos asalte y nos domine. Por miedo permitimos abusos y maltratos, por miedo nos limitamos, por miedo hacemos daño y destruimos lo que amamos, por miedo cometemos errores imperdonables y desperdiciamos la vida. El miedo nos lleva a ir en contra de nosotros mismos y nos impide desplegar el potencial como ser humano. 

Múltiples experiencias señalan la presencia del miedo. La ansiedad, la depresión, las adicciones, las obsesiones, etc., en general los trastornos mentales, indican sentir algún tipo de amenaza y temor. Una de nuestras necesidades más acentuadas es el anhelo de seguridad, sin embargo, la vida es insegura por naturaleza y por mucho que nos esforcemos, nunca llegamos a sentirnos completamente seguros. De modo que el miedo forma parte de la vida. Todos tenemos miedo, en esto somos iguales todas las personas. La diferencia entre unos y otros reside en nuestra habilidad afrontarlo, manejarlo y para convivir con él.
Ahora bien, es preciso reconocer que el miedo no es malo en sí mismo. Es una reacción emocional que nos ayuda a estar alerta ante lo que puede resultar dañino y nos permite anticipar respuestas para defendernos o escapar. Además, nos hace estar más despiertos y atender lo que nos rodea con más cuidado. Sirve para evitar accidentes y desgracias, y es útil para anticipar situaciones peligrosas. Todos los seres vivos estamos programados para sentir miedo cuando percibimos peligro, y llega a formar parte de nuestro temperamento.
Podemos decir que el miedo es una reacción normal cuando se dispara en el momento apropiado y ante una situación peligrosa, y cuando se reduce hasta desvanecerse al finalizar la situación. Es normal cuando su intensidad es proporcional a la situación con que nos enfrentamos. Sentimos miedo sólo cuando percibimos o imaginamos algún peligro; por lo tanto, si no somos conscientes de un peligro podríamos no tener miedo en situaciones verdaderamente peligrosas.
Ahora bien, podemos sentir miedo en situaciones inofensivas si las percibimos como peligrosas. En tal caso, hablamos de un miedo nocivo. El miedo es dañino cuando se activa con excesiva frecuencia y su intensidad no se corresponde con lo que está sucediendo. También lo es si es una reacción que se repite a menudo sin motivo aparente y perdura demasiado tiempo. El miedo nocivo surge ante la posibilidad o el recuerdo de un suceso que no está sucediendo.
Manejar el miedo
Para manejar el miedo, lo primero importante es reconocerlo. Con frecuencia, nos sentimos mal, inquietos y desconcertados pero no somos capaces de percatarnos de que detrás de todo eso hay mucho miedo. Es preciso darse cuenta y saber aceptar que se tiene miedo. Percibir el miedo, vivirlo en el cuerpo y reconocerse con miedo es el primer paso para sanarlo. Esto no es nada fácil, pues a menudo escondemos el miedo detrás de reacciones emocionales intensas como la ira o la tristeza.

214 manzaneraLo siguiente es indagar e identificar a qué le tememos. Esto requiere una cierta capacidad de introspección. Sabemos que tenemos miedo pero es preciso saber a qué se debe. Hay muchas formas de miedo, desde el miedo a algún tipo de muerte hasta el miedo a la vida misma, pasando por el miedo a cometer errores, al rechazo, a no ser capaz, a la ira, al fracaso, al futuro, a la crítica, a los insectos, a la enfermedad, al abandono, a la locura, al descontrol, etc. Conocer cuáles son nuestros miedos es el segundo paso.
Cuando reconocemos nuestros miedos es de gran ayuda recordar que todo el mundo tiene miedo en situaciones poco familiares, y que es una respuesta normal. Para poder afrontarlo, necesitamos aceptar que cierta dosis de miedo es algo natural e incluso necesaria; debemos saber que temer y rechazar el miedo es un obstáculo para solucionarlo. Por consiguiente, el objetivo no es eliminar el miedo sino regularlo y reducir su exceso.
La única manera de superar el miedo es enfrentarlo. Un miedo puede desaparecer, pero hasta que no seamos plenamente conscientes de la experiencia no conseguiremos superarlo. Así, una de las estrategias más efectivas es familiarizarse con la experiencia de miedo y entrenarse en ciertas circunstancias controladas a sentirlo. Se trata de acercarse con perseverancia y continuidad a situaciones que producen un ligero miedo. No es necesario vivir en peligro, es suficiente enfrentarse a pequeños miedos y vivirlos conscientemente.
Un error que solemos cometer cuando tenemos miedo es juzgarnos y sentirnos culpables. A veces incluso sentimos vergüenza de tener miedo. Es más sano ver el miedo como algo que tolerar y aprender a convivir con él.

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Desvelar lo Inefable

La cuestión primordial es saber qué hay aquí, qué es verdad ahora. Podemos hablar y hablar, leer cientos de explicaciones y teorías, pero siempre está pendiente apreciar, en vivo y en directo, nuestra realidad última, lo que realmente somos, lo esencial de todo lo que existe.

Es una tarea personal; nadie puede hacerla por nosotros, que alguien haya encontrado la realidad no sirve de nada. Es uno mismo quien tiene que recibir el vislumbre. Cada uno tiene la responsabilidad de hacer el proceso.
Dice la enseñanza que la verdad es simple, inmediata y obvia, sin embargo las distracciones son tan potentes que se nos escapa.

Tan cerca que no la puedes apreciar.
Tan profunda que no lo puedes aprehender.
Tan simple que cuesta creerlo.
Tan bueno que cuesta aceptarlo. (Tradición Shangpa de Mahamudra)

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El problema es que la mente nos distrae. Perdidos en conceptos, pensamientos, imágenes y estados mentales no nos queda espacio para apreciar lo que hay aquí. La mente nos hace mirar a otro sitio. La atención está dirigida a todo lo que la mente crea y nunca a la realidad absoluta.
Creemos que vivimos en el mundo y que atendemos las cosas del mundo, pero sólo estamos mirando el mundo que la mente ha desplegado delante de nosotros. Vivimos un mundo imaginario, puramente mental y cada uno de nosotros formamos parte de esa imaginación. Sobre la verdad se ha proyectado un facsímil de realidad muy convincente pero completamente vacío de contenido.
Nosotros mismos formamos parte de lo imaginario, y esto hace más difícil apreciar la verdad. Porque encontrar la verdad es desaparecer. Como el personaje de un sueño.
Imaginemos soñar ser un meditador que busca la verdad recluido en un monasterio budista. El meditador es un personaje imaginario, busca su realidad, pero él no es quien la encuentra, él no puede encontrarla. Al despertar, desaparece. Luego, se recuerda el sueño y la verdad se desvela: el meditador sólo era la imaginación de la mente soñando. La realidad era muy simple, pero el meditador no podía encontrarla, él mismo era parte del engaño; sólo la podía hallar la mente despierta.
A la par que simple, resulta desconcertante. No puedes hacerte desaparecer a ti mismo. No puedes encontrar la verdad que eres sin desvanecerte.
Ante un proceso tan poco razonable es inevitable cometer numerosos errores. Por ejemplo, dejar de pensar, quedarse con la mente en blanco, controlar los conceptos y demás estrategias para manipular la mente son inútiles y contraproducentes. Solo es necesario descansar en la conciencia misma. Todo lo demás es adentrarse más en el mundo ilusorio.
Maestros tibetanos que ya han recorrido este camino han tenido la bondad de señalarnos algunas cosas que evitar puesto que no sirven para despertar:

Considerar la práctica de meditación como un estado libre de pensamientos en el que han cesado las percepciones de los seis sentidos es perderse en un estado de sopor.
Considerar la meditación como absoluta claridad, gozo y vacuidad y aferrarse a esas experiencias; entender la meditación como un estado neutral monótono sin conciencia.
Creer que meditar es dejar que todo suceda.
Hacer que meditar se convierta en fijarse en pensamientos como “todo es vacuidad”, “la naturaleza de la mente no puede aprenderse”, “todo es una ilusión”, “es como el espacio”,
Creer que pensar es un defecto que hay que inhibir.
Considerar que hay que descansar en meditación tras controlar los pensamientos y anclarse en un estado de atención” (Tsele Natsok Rangdrol, Lamp of Mahamudra)

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Sabidurías

209 ManzaneraComo todos los conceptos, la palabra sabiduría puede entenderse de muchas maneras distintas. En una de sus acepciones relacionamos sabiduría y felicidad. De modo que mientras más sabios somos, más capaces somos de vivir con plenitud y satisfacción. En este sentido hablamos de tres tipos de sabiduría, cada una de las cuales representa un camino hacia una felicidad más genuina. Así, hablamos de la sabiduría convencional mundana, la sabiduría de relacionarse con los demás y la sabiduría última definitiva.

SABIDURÍA CONVENCIONAL

Para funcionar en la vida obtener lo que necesitamos saber un mínimo de cosas. Aprendemos a hablar, escribir, usar objetos, cocinar, etc.; aprendemos un oficio que nos sirva para vivir. Aprendemos diversos conocimientos que nos hacen la vida más fácil. Este es el grado de sabiduría más elemental y sirve para relacionarnos con el mundo de lo convencional. Es la sabiduría asequible a la mayor parte de la humanidad y señala la calidad con que se desempeña un oficio, la habilidad para realizar una actividad o la eficacia para responder a una situación. Sin ella permanecemos indefensos y limitados, y dependemos de los demás para sobrevivir.

Todos los que están comprometidos con la educación dirigen sus esfuerzos a que se obtenga este tipo de sabiduría. Los sistemas educativos están enfocados en ella y la sociedad en general valora que aportemos nuestras capacidades a la colectividad. 

LA SABIDURÍA DE LAS RELACIONES

Los sufrimientos más intensos de nuestras vidas se generan en las relaciones interpersonales. Por consiguiente, si sabemos tratarnos con los demás, seremos más felices y estaremos más satisfechos. Este tipo de sabiduría implica la adquisición de una sensibilidad al comportamiento, las actitudes y las maneras de pensar de otras personas, e incluye conocer cómo funciona la mente. En esta sabiduría el objetivo no es el éxito en el quehacer personal sino llegar a una relación sana con los demás.

Conforme vamos desarrollando esta capacidad descubrimos que las relaciones más favorables y enriquecedoras son las que se apoyan en actitudes como el respeto, la igualdad, la gratitud, la bondad y el amor. Las biografías de muchos grandes maestros nos muestran que cuando una persona va ganando en sabiduría se va tornando más amoroso y compasivo,  y dedica cada vez más tiempo a servir a su comunidad.

Es decir, aunque aparentemente ser egoísta es  más beneficioso, al examinarlo con detenimiento descubrimos que hay más satisfacción y bienestar cuando nos relacionamos con generosidad y consideración. Los beneficios de las actitudes egoístas son muy limitados, sólo tienen validez a corto plazo y acaban volviéndose en contra de uno mismo. Percibir esto con claridad es haber alcanzado este tipo de sabiduría.

La culminación de esta forma relación es el deseo de beneficiar lo más posible a otras personas. Así, aprendemos a ser generosos, a ser tolerantes, a tener paciencia y a evitar hacer daño. Si esta sabiduría sigue creciendo empezamos a tener una conciencia de comunidad  y sentimos los intereses sociales como algo más importante que los propios. Surge una clara comprensión de que la transformación personal no puede existir sin el cambio colectivo y que la práctica personal implica necesariamente una actuación a escala global. Los individuos que han llegado a este nivel tienen una visión más amplia y detallada de la realidad de los demás, y por consiguiente adquieren grados mayores de satisfacción interpersonal.

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