SEBASTIÁN VÁZQUEZ

SEBASTIAN VAZQUEZ

TRADICIÓN ORIGINAL
Está vinculado con el mundo del libro desde hace más de 30 años. Ha estudiado en profundidad el pensamiento heterodoxo y las religiones, especialmente las orientales y la religión egipcia, sobre las cuales imparte cursos habitualmente. Ha sido editor de EDAF y director de Arca de Sabiduría, colección especializada en textos clásicos de las filosofías y religiones de Oriente. Su conocimiento práctico y la aplicación de estas filosofías le ha llevado a asesorar de modo privado a empresas de distintas áreas.

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Viaje Viviente al Antiguo Egipto

210 SEBASTEs difícil encontrar un viajero al que su visita a Egipto no le haya significado un impacto que, en muchas ocasiones, representa un jalón en su vida. Por un lado, se recibe en potente impacto sensorial. Luz, color, sonidos, aromas, paisajes y, sobre todo, la formidable belleza y armonía de un arte único en el mundo que se muestra en templos, tumbas, pirámides… Sin embargo, siendo esto mucho, hay algo más. En la Antigüedad se decía que toda luz, todo conocimiento y toda iniciación, venían de Egipto. Es por este motivo que muchas personas perciben algo invisible, no accesible a lo sensorial, pero que los lleva a un lugar interior, profundamente íntimo, en el que se hallan un tipo de respuestas, la mayoría de las veces no esperadas, ya que si Egipto empieza a enseñar algo es que la Vida la tenemos para ser vivida y no para ser explicada. Y en Egipto se puede empezar, siempre con sencillez, a recordar y a entender que primero está la experiencia que conduce a la comprensión y, solo después, llega el conocimiento. Sin embargo, es habitual acercarse a la sabiduría egipcia desde planteamientos que parten de nuestro bagaje cultural y religioso judeo-cristiano o de las ideas confusas y torpes como las que propone la nueva era. No es posible hacerlo. 

 De igual modo, el acercamiento “científico” no podrá acceder nunca a la dimensión trascendente que envolvía todo su mundo y que era la piedra angular de su conocimiento. Aquí hay que enfatizar la idea de que los egipcios eran un pueblo enormemente práctico que se habrían adherido con gusto a aquella afirmación de Buda de “La verdad es aquello que produce resultados”. Para ellos, solo lo viviente, es decir, que participa de la vida, puede cumplir una función y, cualquier función parte de una necesidad y obedece a un propósito, por lo que procura siempre un resultado. Y esto era así también para aquello que hemos llamado “iniciático”. Vivimos una época, ya hace más de dos siglos de ello, en que todo lo vinculado a lo iniciático o al crecimiento espiritual, se ha contemplado bajo la falsa idea de “lo simbólico” y, otras veces, se ha contaminado de vanas fantasías, cuando el verdadero crecimiento espiritual y su fruto, el conocimiento, es algo preciso, viviente, real y orgánico y, especialmente, se sitúa en el lugar opuesto a lo abstracto. Es decir, es real. Un manzano viviente y, en la acción ejecutiva de su función, previa nutrición y crecimiento, producirá manzanas. El ser humano, que inicia su viaje espiritual, es decir, que se mueve, y que es nutrido, crecerá y, en su momento dará sus frutos. Uno de ellos es el conocimiento que, afortunadamente, nos lo encontramos, expresado con sencillez, en los antiguos egipcios y que es, aun hoy, accesible si una persona se acerca a él del modo correcto. En los viajes que organizo para mostrar a los viajeros este conocimiento iniciático del antiguo Egipto, empiezo explicando lo que ha sido, y es aun, un error monumental: los egipcios no tenían dioses. O, al menos, dioses concebidos tal y como lo hicieron los griegos que, cuando llegaron a esta tierra identificaron sus propios dioses con los neteru egipcios y nos legaron este concepto propio que, aumentado y extendido por los romanos, nos ha llegado hasta hoy. Efectivamente, los egipcios llamaban neter, singular, o neteru, plural, a lo que los griegos llamaron dioses por afinidad a lo que ellos conocían. Sin embargo, el concepto neter tiene unos significados más profundos que la más basta idea de “dioses”.

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Bienestar y Trabajo espiritual

 

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Diciéndolo de modo sencillo, en el ser humano habita aquello que trasciende y pertenece a la eternidad y a lo Real, y aquello que pertenece al mundo, tiene su origen en el mundo, es consecuencia del mundo y por tanto no es Real y no trasciende.
Y si hay algo que pertenece al mundo es el ego, tal y como la llama la psicología, o el nafs como lo designa el sufismo. El ego pertenece al mundo, su origen está en el mundo y es consecuencia del mundo. Y, es necesario repetirlo, no trasciende.
El ego pertenece a la ilusión, o el maya del hinduismo, y a la muerte desaparece: es producto del mundo.
En todo trabajo espiritual y toda Vía real se contempla la “dilución” del ego, su lenta disolución hasta que es absorbido por el Ser.
Sin embargo, hasta que esa fase se completa, el ego es un instrumento imprescindible para vivir en el mundo principalmente por su vínculo con la mente y su identificación con el cuerpo. Otro debate es el de saber si ese ego controla tu vida o no.
La tendencia actual respecto al desarrollo humano es la del afianzamiento de la individualidad y del ego a través del cultivo de ciertos valores de la personalidad. Esto nace como respuesta a la vorágine sin sentido de la vida contemporánea que, literalmente, es una fuerza de demolición que destroza la autoestima y, con ella, algunas condiciones indispensables para una correcta espiritualidad. Siendo ese afianzamiento de la personalidad una respuesta compensatoria, su eficacia es solo momentánea.
Hoy asistimos a una época en la hay una ingente cantidad de terapias y prácticas dirigidas al ego. Más allá de la pregunta obvia del por qué aparecen tantas si las anteriores funcionan, queda preguntarse si existe una relación clara entre lo que muchas personas buscan y lo que las terapias ofrecen. Son muchas las personas que sucesivamente se apuntan a diferentes terapias o métodos de autoayuda pero, si se les pregunta, al final, queda en ellos un poso de insatisfacción. Una insatisfacción producida por que no hay correspondencia entre lo buscado y lo encontrado. Por eso creo que es fundamental preguntarse correctamente ¿qué quiero? El mismo término de terapia es aclaratorio y ayuda a encontrar respuestas.

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Mente, emociones y rasgos de caracter

194 SEBATIANEn la tradición esotérica emanada del antiguo Egipto, se diferenciaban los llamados rasgos de carácter de las emociones y esta concepción perduró culturalmente durante siglos. Los primeros eran consustanciales al individuo, es decir, nacía con ellos al igual que se puede nacer con aptitudes para la música, para el deporte o con inteligencia espacial.
Las emociones, sin embargo, formaban parte de la naturaleza reactiva del individuo y necesitaban por tanto un elemento exterior que las disparase.
Las emociones eran cuatro ligadas a su vez a cuatro órganos a los que “roban” su vitalidad. Esto es porque cualquier actividad humana, incluidos los pensamientos o las emociones, deben estar sustentadas por una energía vital.
Esas cuatro emociones básicas son:
- La ira con todos sus rangos como rabia, enfado, odio, venganza etc.
Esta emoción toma la energía del hígado.
- El miedo (no el visceral que afecta a los riñones) sino el que habita en la mente con todos sus rangos de van desde la desconfianza, soberbia, celos o envidia hasta el temor a la vida. Esta emoción toma la energía de los intestinos.
- La duda y todos sus rangos que van desde el bloqueo, el autosabotaje, la indecisión a la apatía paralizante. Esta emoción toma la energía del estómago.
- La tristeza con todos sus rangos. Esta emoción toma la energía de los pulmones.
Esta es la peor de todas. Las tres anteriores afectan a órganos situados de diafragma para abajo, es decir, alimentados con energías más densas y con funciones capaces de manejarse con mayor solvencia frente a la reactividad. Sin embargo, los pulmones tienen una actividad “superior” y son más sensibles. Además, y es lo peor, la tristeza puede “pasar” de los pulmones al corazón y una vez allí, su efecto es demoledor.
Este es un cuento de la sabiduría tradicional de la India que ilustra como la ira no es algo patrimonial del individuo, no forma parte de él así como no forman parte de él las otras tres emociones. Lo que sí forma parte del ser humano y, esto es fundamental, es su condición profundamente reactiva.

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