Mente, emociones y rasgos de caracter

194 SEBATIANEn la tradición esotérica emanada del antiguo Egipto, se diferenciaban los llamados rasgos de carácter de las emociones y esta concepción perduró culturalmente durante siglos. Los primeros eran consustanciales al individuo, es decir, nacía con ellos al igual que se puede nacer con aptitudes para la música, para el deporte o con inteligencia espacial.
Las emociones, sin embargo, formaban parte de la naturaleza reactiva del individuo y necesitaban por tanto un elemento exterior que las disparase.
Las emociones eran cuatro ligadas a su vez a cuatro órganos a los que “roban” su vitalidad. Esto es porque cualquier actividad humana, incluidos los pensamientos o las emociones, deben estar sustentadas por una energía vital.
Esas cuatro emociones básicas son:
- La ira con todos sus rangos como rabia, enfado, odio, venganza etc.
Esta emoción toma la energía del hígado.
- El miedo (no el visceral que afecta a los riñones) sino el que habita en la mente con todos sus rangos de van desde la desconfianza, soberbia, celos o envidia hasta el temor a la vida. Esta emoción toma la energía de los intestinos.
- La duda y todos sus rangos que van desde el bloqueo, el autosabotaje, la indecisión a la apatía paralizante. Esta emoción toma la energía del estómago.
- La tristeza con todos sus rangos. Esta emoción toma la energía de los pulmones.
Esta es la peor de todas. Las tres anteriores afectan a órganos situados de diafragma para abajo, es decir, alimentados con energías más densas y con funciones capaces de manejarse con mayor solvencia frente a la reactividad. Sin embargo, los pulmones tienen una actividad “superior” y son más sensibles. Además, y es lo peor, la tristeza puede “pasar” de los pulmones al corazón y una vez allí, su efecto es demoledor.
Este es un cuento de la sabiduría tradicional de la India que ilustra como la ira no es algo patrimonial del individuo, no forma parte de él así como no forman parte de él las otras tres emociones. Lo que sí forma parte del ser humano y, esto es fundamental, es su condición profundamente reactiva.

Esta reactividad es el verdadero origen de los conflictos emocionales.
Cuentan que un hombre era a menudo atrapado por la ira lo cual le hacía la vida muy difícil. Un amigo le sugirió que tal vez pudiera ayudarle un viejo sabio que conocía. El hombre accedió a visitarlo.
Al contar al sabio su problema, este le contestó:
-Enséñame tu ira, de este modo sabré de qué tipo es y así actuar en consecuencia.
-Ahora no tengo-dijo el hombre.
-Bien, entonces cuando la tengas ven a verme rápidamente.
El hombre asintió.
Un día aquel individuo se llenó de ira. Se acordó de las palabras del sabio y partió a verlo. El sabio vivía en lo alto de una montaña. Cuando llegó estaba enormemente cansado.
-Enséñame tu ira-repitió el viejo.
-Tampoco tengo ahora, estoy muy fatigado-dijo el hombre.
-Entonces es que o bien tenías poca o bien la has perdido por el camino. La próxima vez sube mucho más deprisa antes de que se te pase.
Otro día el hombre se llenó de un ataque de ira mucho más fuerte. Esta vez decidió subir la montaña corriendo a pesar del intenso sol del mediodía. Cuando llegó exhausto tuvieron que atenderlo y, naturalmente, no le quedaba ni rastro de ira.
El sabio le recriminó:
-O eres un mentiroso o un tonto. Si la ira te perteneciese podrías mostrármela en cualquier momento por lo que no te pertenece. Eso significa que estúpidamente te dejas atrapar por ella o la recoges en cualquier lugar, así que deja de hacerlo y no me molestes más.  
Otro cuento tradicional de la India muestra ahora la mencionada condición reactiva.
Un gurú dijo a su discípulo que quería mostrarle una enseñanza. Para ello le pidió:
-Ve al cementerio y llena de insultos a los muertos.
El discípulo no entendió nada pero obedeció a su gurú y pasó la noche en el cementerio insultando a los muertos. Al regresar, el maestro le preguntó:
-¿Qué te han contestado los muertos?
-Nada maestro, están muertos.
-Pues esta noche vuelve al cementerio y llena de alabanzas a los muertos.
El discípulo pasó de nuevo la noche en el cementerio, esta vez alabando de viva voz a los difuntos. Al volver, el maestro nuevamente preguntó.
-¿Qué han respondido los muertos a tus alabanzas?
-Nada señor, están muertos.
-Pues así debes estar tú, muerto tanto frente al insulto como frente a la alabanza. El día que logres controlar tu reactividad estarás a las puertas de la comprensión.

También para la antigua sabiduría oriental, al igual que en Egipto, esa reactividad está en la mente, una mente que funciona por excitación. En ambos casos a ese tipo de mente se la representó como el mono, un animal fuertemente reactivo y excitable.
Emoción para ellos significaba el “movimiento” de un estado mental a otro.
Es decir, del estado de calma al estado de excitación correspondiente a la reacción provocada en el exterior. De ese estado mental se pasa al estado físico cuando esa emoción “roba” la energía al órgano asociado.
Todo lo demás ellos lo denominaban “rasgos”. Del mismo modo que una persona nace con determinados rasgos y características físicas, también nace con rasgos de carácter identificativos. Son estos rasgos de carácter innatos los que son susceptibles de “contaminarse” con las emociones/reacciones. De este modo la personalidad/ego sería la suma de los rasgos de carácter innatos y el modo como la mente gestiona la secuencia estímulo exterior-reacción-emoción resultante.
Hay que añadir la consideración de que los rasgos de carácter innatos eran considerados casi siempre como factores vitales positivos e indicativos que mostraban inclinaciones de tal modo que un individuo podía así sacar el mayor fruto a su vida. Si una persona nacía con un carácter reservado y tímido, por ejemplo, era un indicativo de su inclinación a la reflexión y al pensamiento. Más claro era cuando alguien nacía con aptitudes innatas para el arte o con facilidad para cualquier tarea específica. Obviamente la reactividad de la mente y las consiguientes emociones también estaban vinculadas a los rasgos de carácter. Si una persona tenía un carácter extrovertido, sanguíneo y con un alto nivel de energía corporal vinculada a la acción rápida y concreta, en ese medio era más fácil que la mente desarrollase la ira como respuesta y no la tristeza que hallaría mejor escenario para desarrollarse en sujetos mentales, introvertidos, tímidos y reflexivos.
El trabajo interior, previo al trabajo iniciático, se enfocaba en el desarrollo positivo de los mejores rasgos de carácter individuales por un lado y, por otro, a “la doma del mono”, es decir, el comprender primero el mecanismo reactivo de la mente, para posteriormente ir rebajando lentamente los niveles de excitación y reactividad.

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