Viaje Viviente al Antiguo Egipto

210 SEBASTEs difícil encontrar un viajero al que su visita a Egipto no le haya significado un impacto que, en muchas ocasiones, representa un jalón en su vida. Por un lado, se recibe en potente impacto sensorial. Luz, color, sonidos, aromas, paisajes y, sobre todo, la formidable belleza y armonía de un arte único en el mundo que se muestra en templos, tumbas, pirámides… Sin embargo, siendo esto mucho, hay algo más. En la Antigüedad se decía que toda luz, todo conocimiento y toda iniciación, venían de Egipto. Es por este motivo que muchas personas perciben algo invisible, no accesible a lo sensorial, pero que los lleva a un lugar interior, profundamente íntimo, en el que se hallan un tipo de respuestas, la mayoría de las veces no esperadas, ya que si Egipto empieza a enseñar algo es que la Vida la tenemos para ser vivida y no para ser explicada. Y en Egipto se puede empezar, siempre con sencillez, a recordar y a entender que primero está la experiencia que conduce a la comprensión y, solo después, llega el conocimiento. Sin embargo, es habitual acercarse a la sabiduría egipcia desde planteamientos que parten de nuestro bagaje cultural y religioso judeo-cristiano o de las ideas confusas y torpes como las que propone la nueva era. No es posible hacerlo. 

 De igual modo, el acercamiento “científico” no podrá acceder nunca a la dimensión trascendente que envolvía todo su mundo y que era la piedra angular de su conocimiento. Aquí hay que enfatizar la idea de que los egipcios eran un pueblo enormemente práctico que se habrían adherido con gusto a aquella afirmación de Buda de “La verdad es aquello que produce resultados”. Para ellos, solo lo viviente, es decir, que participa de la vida, puede cumplir una función y, cualquier función parte de una necesidad y obedece a un propósito, por lo que procura siempre un resultado. Y esto era así también para aquello que hemos llamado “iniciático”. Vivimos una época, ya hace más de dos siglos de ello, en que todo lo vinculado a lo iniciático o al crecimiento espiritual, se ha contemplado bajo la falsa idea de “lo simbólico” y, otras veces, se ha contaminado de vanas fantasías, cuando el verdadero crecimiento espiritual y su fruto, el conocimiento, es algo preciso, viviente, real y orgánico y, especialmente, se sitúa en el lugar opuesto a lo abstracto. Es decir, es real. Un manzano viviente y, en la acción ejecutiva de su función, previa nutrición y crecimiento, producirá manzanas. El ser humano, que inicia su viaje espiritual, es decir, que se mueve, y que es nutrido, crecerá y, en su momento dará sus frutos. Uno de ellos es el conocimiento que, afortunadamente, nos lo encontramos, expresado con sencillez, en los antiguos egipcios y que es, aun hoy, accesible si una persona se acerca a él del modo correcto. En los viajes que organizo para mostrar a los viajeros este conocimiento iniciático del antiguo Egipto, empiezo explicando lo que ha sido, y es aun, un error monumental: los egipcios no tenían dioses. O, al menos, dioses concebidos tal y como lo hicieron los griegos que, cuando llegaron a esta tierra identificaron sus propios dioses con los neteru egipcios y nos legaron este concepto propio que, aumentado y extendido por los romanos, nos ha llegado hasta hoy. Efectivamente, los egipcios llamaban neter, singular, o neteru, plural, a lo que los griegos llamaron dioses por afinidad a lo que ellos conocían. Sin embargo, el concepto neter tiene unos significados más profundos que la más basta idea de “dioses”.

Podríamos definir un neter como una inteligencia divina que se expresa en una función o funciones vivientes. Estas inteligencias, están vinculadas unas a otras, a veces de un modo “vertical”, es decir, una inteligencia depende de otra “jerárquicamente”, y otras, están vinculadas de un modo “horizontal” y trabajan en conexión. Dado que el ser humano es síntesis y cumbre de lo creado, esas inteligencias están presentes en él y son operativas o, pueden serlo, si se las despierta a través del recuerdo que, en Egipto se llama nefer y que se asimilaba y asemejaba a un perfume. Otro aspecto fundamental que hay que considerar y, es una de las partes básicas del viaje, es que los templos son seres “vivientes”, es decir, cumplen una función y, dicha función está vinculada a la inteligencia operativa que lo habita. Por poner un ejemplo, si hablamos de la luz y su estructura cuádruple y su función, mejor decir funciones, dado que esa inteligencia residía y se hacia operativa en el templo de Horus en Edfú - Horus es el nombre griego para Ur, la luz-. Resulta, por tanto, que Edfú es el lugar idóneo para empezar a “recordar” de modo correcto, sin fantasías, que es la luz o, mejor dicho, quién es la luz y cual es su función. Así, cada templo guarda las llaves de una inteligencia que, del modo adecuado y poco a poco, puede empezar a despertar esa misma inteligencia en el viajero a través del factor de concordancia y por sintonía. Y aquí comienza la “iniciación”, pues hay que recordar que un iniciado no ha llegado todavía a ningún sitio pero sí ya ha comenzado la Vía, el camino, lo ha iniciado. Empieza a entender la Vida y su lenguaje, poco a poco se van despertando sus inteligencias vivientes haciéndose estas operativas y funcionales en un ámbito homogéneo y armónico. Y, todo esto, todavía se encuentra, y se muestra, en Egipto de modo magistral.

 

 

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