La esencia más sutil

205 MONTSE SIMON

Afirmaba con sabiduría El Principito, protagonista del famoso escrito de Antoine de Saint-Exupéry, que “sólo vemos bien con los ojos del corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Y sin embargo, una y otra vez nos empeñamos en etiquetarlo todo, ponerle un nombre y archivarla en una carpeta que normalmente forma parte de nuestro hemisferio cerebral izquierdo, aquella parte del cerebro que según la neurociencia utiliza patrones racionales, un pensamiento lineal, ordenado, analítico, controlador, sistemático... De este modo, acabamos etiquetando y sistematizando incluso Aquello que no puede ser nombrado, la sabiduría transmitida por diversas tradiciones a través de un lenguaje poético, de imágenes o incluso del Silencio. Ignoro si lo hacemos por generarnos una sensación de seguridad ante el misterio lo que sí puedo observar es que de algún modo terminamos matando la esencia del mensaje para quedarnos con las formas, discutiendo acerca de los nombres y de si fue primero el huevo o la gallina, por no entregarnos con honestidad a reconocer que no tenemos ni idea de si fue primero el huevo o la gallina.
Con estas líneas pretendo invitar al lector y a la que escribe a llevar nuestra atención hacia lo verdaderamente importante, hacia la esencia de las prácticas que muchos realizamos, con el yoga o la meditación entre otras, a lo que nos transmite una enseñanza intuitiva sin necesidad de recorrer al análisis o por lo menos sin quedarnos apegados a ese análisis, porque en el momento en que nos formamos una opinión inamovible, una verdad con nombre y forma de lo que en realidad es invisible a los ojos, estamos “matando” precisamente la vida, la dicha, el misterio que perseguimos.

Hay un pasaje de las Upaniṣads, la porción filosófica de los antiguos escritos y conocimiento de la India, los Veda, donde un padre enseña a su hijo que la esencia que los ojos no perciben pero que es la esencia última del universo es exactamente la misma que reside en su corazón, igual que el espacio dentro y fuera de una vasija es en realidad el mismo espacio. Veamos como dice la enseñanza:

“Trae un fruto de esa higuera que hay ahí.
Responde el hijo: Aquí está, señor.
Padre: ¿Qué ves en él?
Hijo: Diminutas semillas, señor.
Padre: Parte una de ellas, querido.
Hijo: Así lo he hecho, señor.
Padre: ¿Qué ves dentro?
Hijo: Nada, señor.
Entonces el padre le dijo : “Querido, de esa sutil esencia que no puedes percibir, de ella surge esta enorme higuera. Créeme hijo mío, esa esencia sutil que no ves es la esencia de todo este mundo. Eso es la realidad, eso es tu esencia y eso eres tú, Śvetaketu”.
¿No se queda uno sin palabras ante una enseñanza así? ¿Por qué nos empeñamos entonces en discutir sobre si es la Nada o es el Todo lo que se encuentra en el núcleo de esa semilla? Todavía habría quién discutiría sobre si realmente se trataba de una higuera o de otro árbol. Y sobre todo, veo que a veces, de forma sutil, incluso sin darnos cuenta, convertimos la enseñanza que llegó de forma intuitiva en una Verdad inamovible a la que agarrarnos. Al menos a mí me ocurre y un día me descubro intentando convencer a alguien de que en realidad nuestra esencia y la del universo es una y la misma, de que todo es Uno... ¿Y qué sabré yo? ¿Y qué sabrá el otro que afirma lo contrario? Lo único que haremos será identificarnos con las distintas etiquetas que miramos de poner a lo que parece, aparece o es, y defender nuestra opinión a toda costa, no vaya a ser que se desmorone la realidad que nos hemos creado. Entonces comenzamos a percibir al que opina de forma distinta como un potencial enemigo, que puede venir a destruir nuestra paz, nuestra identidad  con tanto esmero formada a lo largo de los años.
Distintas enseñanzas nos han proporcionado herramientas que tal vez puedan ser útiles para algunos. ¿Útiles para qué? Útiles para conocerse a uno mismo, sea lo que sea lo que eso significa, no en su nombre y su forma sino en su esencia más sutil, en aquello que es invisible  a los ojos y que sólo podemos ver con los ojos del corazón.
Pero a menudo sentimos tanto miedo ante lo Desconocido, que en lugar de abrirnos a sentir ese miedo huimos a través de loa nombres, a través de las formas y las opiniones acerca de ello. Nos cuesta horrores decir “no sé” y necesitamos forjar nuestra identidad a través de nuestros juicios y opiniones sobre el Misterio, sobre del mundo que se me presenta y sobre la persona que tengo delante. Y es en el preciso instante en el que nos identificamos con esos juicios y opiniones cuando se nos escapa Aquello que pretendíamos atrapar. Como el Silencio que se escapa cuando nuestra mente ruidosa quiere alcanzarlo.
Te propongo y me propongo observar el ruido, ya que si hay ruido es porque existe un Silencio subyacente que lo hace posible. Te invito y me invito a soltar los juicios y opiniones que acuden a nuestra mente,  reconocer con valentía que “en verdad no tengo ni idea” y lo único que puedo hacer es, aún y con todo mi miedo, abrirme a Eso que no puedo ver, a Eso que no puedo etiquetar y cuando de nuevo las opiniones acudan a nuestra mente igual nos baste con  recordar que no tienen más valor que el que le vayamos a conferir, ver como esa opinión llega y soltarla tal cual para mirar de nuevo con los ojos del Corazón.

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