El arte de Detenerse

 

217 ILUS MANZANERAwVivimos en un movimiento constante. Responsabilidades, obligaciones, compromisos y deseos nos mantienen ajetreados y ocupados. Pero además, nuestro mundo interno de apegos, insatisfacciones, miedos, necesidades, creencias e inseguridades, también nos lleva a la inquietud, el desasosiego y la actividad.
El resultado de todo ello es que vivimos empujados por una inercia que nos domina. Sin quererlo la vida se acaba convirtiendo en padecer unos patrones que nos impiden libertad y espontaneidad. Terminamos víctimas de nosotros mismos, viviendo una vida que no es la nuestra y repitiendo comportamientos que no podemos evitar. Como dicen en forma poética algunos maestros: Somos como hojas secas arrastradas por el viento, sin ningún poder.
En principio, esto no sería ningún problema si no fuera porque en esta condición de inercia acabamos creando infelicidad y sufrimiento en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos.
Detenerse
Si queremos una cierta satisfacción y plenitud en la vida es esencial parar y poner conciencia. Es preciso detenerse para liberarse de la inercia y la programación en que vivimos. Desde la perspectiva espiritual, hay dos maneras de encontrarse pleno y satisfecho en la vida. Son, evolucionar y despertar. Evolucionar significa desarrollar el potencial que uno tiene; sea en las relaciones personales, sociales o laborales, vivimos cada vez más conscientes, más compasivos y más sabios. Despertar significa tener una lucidez tal que nuestros pensamientos, emociones y creencias no nos engañan. Cuando despertamos conocemos la realidad sin la distorsión de la mente.
Tanto para despertar como para evolucionar es imprescindible saber parar. ¿Pero qué quiere decir parar? Detenerse no significa no hacer nada. Tampoco significa dejar de hacer todo lo que uno hace. Detenerse es parar el movimiento interno de agitación mental, es dejar de mirar hacia algo en el pasado o en el futuro. Es dejar de estar siempre anticipando problemas y abandonar preocupaciones; es dejar de culpabilizarse, o quejarse de lo que sucedió.
Cualquier persona comprometida con el camino espiritual tiene cada vez más claro que el sufrimiento que se experimenta es mayormente creado por uno mismo. Alguien así, deja de culpar al mundo o a los demás de su infelicidad y se hace responsable de sus experiencias. Detenerse significa dejar de crear sufrimiento.
El sufrimiento innecesario
¿Cómo creamos sufrimiento las personas? Podemos echarles la culpa a los padres, al gobierno, a la pareja, a la sociedad, etc. pero el sufrimiento viene de la propia mente, como bien enseñó Buda hace más de 2.500 años. Cuando queremos que las cosas sean de otra manera, cuando nos resistimos a las experiencias que la vida trae, cuando reaccionamos sin claridad a lo que nos sucede, creamos sufrimiento. Además, muchas de nuestras valoraciones, interpretaciones y juicios generan sufrimiento en nuestro interior. Siempre que nos dejamos llevar por ciertas ideas, pensamientos, emociones y creencias, también creamos sufrimiento. Cuando nos aferramos a ideas fijas de cómo tiene que ser el mundo que nos rodea y las demás personas, creamos sufrimiento.
Hay una regla fundamental, una especie de axioma implícito en la esencia de la enseñanza budista: La fuerza del sufrimiento viene de la importancia que le damos a la experiencia. Es decir, el sufrimiento no está ahí como algo que nos llega desde fuera sino que surge de la combinación de la experiencia y nuestra propia mente. De modo que, el problema no son las cosas que nos suceden sino el valor, el peso y la importancia que le damos a las experiencias difíciles de la vida. Esto es lo que va a determinar cuánto sufrimos. Por consiguiente, la fórmula de la solución es bastante sencilla (aunque no por ello fácil de aplicar) quitando importancia a las experiencias difíciles, frustrantes e insatisfactorias, sufrimos menos.
En este orden de cosas, cuando desarrollamos esta idea y nos acercamos a lo que llamamos Despertar, finalmente se vislumbra que el sufrimiento no tiene ninguna importancia ya que su naturaleza es ilusoria. Recordemos el sutra del corazón que dice: “En vacuidad, no hay sufrimiento ni causa de sufrimiento, ni cesación del sufrimiento ni camino a la cesación”.
Así pues, detenerse también significa dejar de hacer todo eso que nos lleva a hacer de la vida muy difícil y costosa.
Queda claro que parar no significa permanecer pasivo vegetando ni quedarse indiferente o distante ante lo que nos sucede. Tampoco es dejar de tener ilusión por las cosas ni abandonar nuestras metas, objetivos y proyectos. Por supuesto, tampoco significa dejar la familia, el trabajo y aislarse del mundo.

Detenerse con sabiduría
Ahora bien, el arte de detenerse va más allá. Una vez que aprendemos a dejar de producir sufrimiento en nuestra vida y atajamos todas las formas en que nos hacemos daño, el siguiente paso es parar para indagar en la verdad. Detenerse en este caso es soltar todo aquello que nos aleja de lo inmediato, de lo que hay aquí. El objetivo es encontrar lo que realmente somos.
Pero, esto no resulta fácil, sobretodo porque la mayoría llevamos mucho tiempo huyendo de nosotros mismos. Hay muchas cosas que nos disgustan, aspectos que llevamos años evitando. A menudo nos sentimos culpables por ciertos estados, emociones y pensamientos, nos da miedo experimentar ciertas cosas, nos desestabilizan otras, algunas nos resultan incómodas y las rechazamos. Hay mucho en nuestro interior que juzgamos, sofocamos y apartamos. Detenernos nos obliga a enfrentar todo eso que negamos en nuestro interior.
En lugar de sentarnos en una esquina a tener experiencias espirituales y evitar equivocarnos, nos detenemos a vivir lo que surge sin escapar más de nosotros. Al parar nos encontramos con nuestros miedos, ansiedades, preocupaciones y vulnerabilidades. La imagen que tenemos de nosotros mismos se resquebraja ante la verdad de lo que emerge.
Cuando dejamos de juzgarnos y vivimos con apertura lo que sucede, detenernos nos lleva a despertar a la esencia fundamental que somos.
Detenerse se convierte en un arte en cuanto que buscamos relacionarnos plenamente con las experiencias que hay en el presente. Dejamos a un lado todos los prejuicios, conceptos, interpretaciones, significados o comparaciones, y nos acercamos con plena conciencia a lo que sucede. No buscamos una experiencia espiritual sino vivir lo que sea que hay aquí con la máxima lucidez.
Lo habitual es vivir aferrados a las experiencias y estados, bien por aversión o por apego. Nos aferramos a lo que nos sucedió en el pasado e incluso a lo que nos pueda suceder. Detenerse es soltar este aferramiento. Es vivir lo que se experimenta con lucidez, claridad y apertura. Cuando nos paramos a vivir sin resistencias las sensaciones, pensamientos, emociones y estados, descubrimos una dimensión nueva y desconocida. Detenerse es la primera llave al verdadero despertar espiritual.
Sin detenernos a vivir el momento, no hay indagación ni sabiduría. No hay camino a nuestra naturaleza primordial. No hay transcendencia ni liberación. Detenerse es dejar atrás lo ilusorio y enfrentarse a la realidad. Vivimos la experiencia presente porque no hay más. Todo lo que hubo antes y lo que pueda haber después de este momento es mera imaginación. No sabemos si lo que recordamos realmente fue así, ni sabemos si habrá otro momento después de este. Solo sabemos con certeza de lo que está sucediendo ahora.
Al parar descubrimos que cada momento de nuestra vida tiene un inmenso valor. Cada instante es una oportunidad, una puerta a otra perspectiva. Cuando aprendemos a detenernos sabemos que cada momento es sagrado, pues cada cosa que nos sucede es la vía hacia nuestra verdadera esencia. De hecho, cuando finalmente nos detenemos descubrimos que nuestra esencia, inconcebible y atemporal, se hace presente a cada instante en todas y cada una de las experiencias que vivimos.

 

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