RAMIRO CALLE

Ramiro Calle

YOGA Y ORIENTALISMO
Pionero en la enseñanza del yoga en España, disciplina que imparte desde hace más de 30 años en el centro de Yoga y Orientalismo “Shadak”. Fue el primero en promover investigaciones médicas sobre la terapia Yoga en España. Durante 40 años, ha explorado recuperado y aplicado, los métodos de sosiego y equilibrio, sintetizando los conocimientos de las psicologías de Oriente y Occidente.

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Yoga: Vitalidad y Plenitud

229 RAMIRO

 El yoga es la reunificación de las energías dispersas. En esta milenaria disciplina se valora muchísimo la fuerza vital o prana. Ni un dedo en el aire podemos elevar sin la energía. El yoga, con sus numerosas técnicas psicosomáticas, trata de encauzar fluidamente la energía y que podamos disponer de más vitalidad en todos los sentidos. Nada es tan  esencial como esa vitalidad que también se traduce en fuerza interior o fortaleza anímica. Por tanto hay que saber cuidar e incrementar la vitalidad y evitar desperdiciarla o que se vaya innecesariamente. Aunque una persona sana tiene mucha vitalidad, ésta energía o prana no es inagotable y es necesario velar por ella. 

Las cinco fuentes básicas de prana o vitalidad son: alimentación, respiración, descanso, sueño e impresiones mentales. Cuanto más más sana sea la alimentación, mejor respiremos y descansemos, más profundamente durmamos y más impresiones positivas le procuremos a la mente, más vitales nos encontraremos. Las impresiones mentales sanas y no tóxicas, son muy esenciales; son las vitaminas del alma; las impresiones tóxicas son muy dañinas y arruinan la vitalidad. A las cinco fuentes de energía mencionadas hay que añadir el ejercicio inteligente, el contacto con la naturaleza y las motivaciones o intereses vitales de carácter constructivo. Hay que evitar los disgustos  y preocupaciones inútiles, las obsesiones e innecesarias fricciones, el desasosiego y la melancolía, la agitación mental y las emociones insanas como celos, envidia, odio y otras. 
Nos ayudan enormemente a incrementar la vitalidad: la práctica de las posturas de yoga, el adiestramiento en el pranayama, la relajación consciente y profunda, la meditación  y las actitudes adecuadas en la vida diaria.
Tenemos que poner los medios y condiciones para alentarnos y no “des-alentarnos”; animarnos y no “des-animarnos”. El aliento y el ánimo son vitalidad, fuerza. También colaboran el pensamiento constructivo, el ánimo estable, la actitud de ecuanimidad y saber relativizar y dramatizar menos. Debemos observarnos para conocernos y superar así autoengaños y saber qué tenemos que transformar, con la lúcida consciencia de que si hoy no cambiamos algo en nosotros mañana nada será diferente. 
El esfuerzo también es energía, de la misma manera que la pereza, la apatía y la indolencia la roban o debilitan. La voluntad pone la energía en marcha y nos ayuda a mejorar. La voluntad no puede desarrollarse involuntariamente, sino mediante el esfuerzo bien dirigido. 
La consciencia es pura energía, al contrario que la mecanicidad o el automatismo, Estar consciente requiere esfuerzo, pero después procura mucha energía y una mente clara, lúcida y vigorosa. 
Ningún esfuerzo se pierde: es una ley eterna. Energía llama a energía: es otra ley. Como declaraba Buda: "No conozco nada tan poderoso como el esfuerzo para superar la desidia". 
En el yoga uno se convierte en su propio laboratorio viviente en el que experimentar y trabajar. El ser humano es también un mapa energético y hay que aprender de él mediante la propia experimentación. Y dependiendo de la actitud, no lo pasemos por alto: Lo que a unos debilita a otros fortalece. Según tomamos los acontecimientos, éstos nos sustraen preciosa energía o nos la insuflan. 
La consciencia clara y lúcida es una continuada fuente de energía. El hecho de estar atento exige energía, pero a la vez restituye mucha más energía en la persona. Estando alerta, estamos vivos, perceptivos, conectando con lo que es en cada momento.  Entonces el instante adquiere también su propio brillo, frescura, gloria, peso específico. Como un pez está rodeado por el agua y en el agua nace, vive, se reproduce, se alimenta y muere, así la energía es nuestra fuente de vida y cuando sabemos reorientarla es plenitud.   

El equilibrio mental

228 ILUS RAMIROW

 

Nos lo dijo Buda: "La mente es la precursora de todos los estados y todos los estados entroncan en la mente". La mente es el órgano que nos permite experimentar, sentir, analizar y discernir. Es el escenario donde interpretamos lo que va sucediendo. Y hasta que se esclarece resulta un juego de espejos distorsionantes que no nos permiten ver lo que es cómo es, y de ahí que, volviendo a Buda: "Ven y mira". Por tanto, conecta con lo que es más allá de si te gusta o disgusta, libre de recuerdos y de fantasías, de pasado y de futuro.
La mente acumula y acarrea. Al final se torna discapacitada, empañada por toda suerte de condicionamientos, con estrechos puntos de vista y toda suerte de heridas, frustraciones, complejos, carencias y viejos patrones. Una mente así, ¿puede ser una mente fiable, solvente, aliada?
La mente tiene que ser saneada y para ello hay que irla reorganizando en base a la atención, la ecuanimidad, la claridad y la lucidez. De otro modo, uno no puede fiarse de la mente y sus interpretaciones son personalistas, falaces y a menudo neuróticas.
Siempre ha sido un problema la mente. Genera sufrimiento propio y ajeno innecesario. Por eso si algo urge, por el bien propio y el de los demás, es cambiar la mente. Pero requiere ingeniería muy especial para lograr modificar viejos modelos de pensamiento que engendran aflicción, en actitudes sanas y cooperantes. La mente se puede entrenar y desarrollar. Uno no solo es como es, sino como quiere ser. El trabajo sobre la mente viene de muy atrás, cuando el ser humano descubrió que la mente estaba en estado de caos y no era fácilmente gobernable. Y una mente que no puede gobernarse es un manantial de sufrimiento inútil.
Hay que seguir toda una estrategia bien definida y eficiente para ir mejorando la calidad de la mente e ir consiguiendo refrenar o al menos debilitar muchos de sus condicionamientos. Una mente condicionada no es una mente libre. Ella nos domina y nosotros somos hojas a merced del sus vendavales. Una mente tal se puede convertir en el peor enemigo, del mismo modo que una mente bien gobernada puede tornarse en una fiel colaboradora.
Si la misma mente que ata es la que desata, hay que buscar el modo de ir logrando una mente más libre e independiente, lo que nos favorecerá a nosotros y a los demás. Hay que aprender a conocer y relacionarse con la mente. Ella tiene sus leyes... y sus trucos. A veces es una gran tramposa y en cualquier caso como una experta maga, a la que hay que tratar de descubrir sus artimañas.
Nos deberían enseñar desde niños a examinar la mente. Nos enseñan infinidad de cosas inútiles, pero no a conocer y regular esa inseparable compañera que es la mente. Pero ya que no nos enseñaron cuando éramos niños, nunca es tarde para comenzar el aprendizaje necesario para conocer, organizar, sanear y armonizar la mente. Lo dijo sabiamente Ramón y Cajal: "Somos el arquitecto de nuestro propio cerebro."
La meditación nos ayuda a liberarnos de todo lo tóxico que empaña la mente y a desarrollar una nueva manera de ver y, por tanto, de ser y proceder. Podemos resignarnos a nuestra propia necedad o ignorancia básica de la mente o tratar de irla superando. Ya lo dijo Buda con su habitual precisión: "Uno mismo se hace el bien; uno mismo se hace el mal". Y cuando logramos estar armónicos, contribuimos a la armonía de los demás, pero cuando seguimos alimentado una mente insana, no hacemos otra cosa que aportar insania a los otros. La meditación nos ayuda a ir superando los viejos modelos de pensamiento que causan aflicción, para tener una actitud sana fundamentada en el esfuerzo, el sosiego, la atención, el contento interior, la ecuanimidad y la lucidez. Cuando nos sentamos a meditar volvemos a nosotros mismos, dejamos de centrifugarnos para establecernos en nuestro centro. Se reorganiza la psique y se limpia la mente. En este sentido todas las técnicas de atención a la respiración son una joya. Cada vez que se siente la respiración, el meditador se sitúa en el momento presente y fuera del circuito de apegos y aborrecimientos. Hay un drenaje del fango del subconsciente y se va labrando una actitud sana para la vida cotidiana, puesto que hay que lograr tender un puente entre la meditación sostenida y una actitud meditativa en la vida diaria.
Nuestra mente puede labrar esclavitud o libertad. De ella puede salir lo peor o lo mejor. Contamos con herramientas para mejorar nuestra calidad de vida psíquica. ¿Por qué resignarnos a una mente de primate u homoanimal si podemos aspirar a una mente realmente humana?

 

La Sabiduría de la fluidez

244 RAMIRO

Todo fluye, nada permanece. Todo transita, nada se detiene. Todo viene y parte, nada se queda. Y, sin embargo, no sabemos ser fieles a la naturaleza del momento, fluir con el curso de los acontecimientos desde la consciencia y la ecuanimidad, saber tomar y saber soltar, dejarnos inspirar por el abierto y apacible espíritu del valle.
La vida no es una fotografía fija. No es una diapositiva inmóvil. No es una escena que se detiene. La vida sigue su curso, es impredecible e imprevisible, es como el mercurio que no puedes coger con los dedos, como el torrente de agua que encuentra la manera de seguir su curso. Nada deja de estar sometido a la transitoriedad. Pero cuanto más dura más nos engaña, como si fuera el más hábil prestidigitador, y creemos que es fijo, que dura siempre.
Lo fijo se endurece. La flexibilidad es vida, pero la rigidez es muerte. Lo fijo está en la mente, pero no en la vida. La mente acumula, endurece, se adhiere a viejos modelos y patrones, imita, no se renueva, carga con su fardo de traumas, complejos, frustraciones y heridas psicológicas. La vida cambia, pero la mente se agarra con desesperación a su jaula de ignorancia, avaricia y odio. La mente quiere detenerse en sus esquemas, en sus ciegos y mecánicos modelos de pensamiento, en su culpabilidad, su desdicha, su rencor y su necedad. Los años discurren y la mente se niega a cambiar.
Cuando una habitación no se ventila, su atmósfera se enrarece. Cuando el agua no fluye, se vuelve sucia y maloliente. En el trasfondo de la mente hay pus que liberar; en la trastienda de las emociones, hay fango que limpiar. La idea del despertar es una idea, una más. Hay que despertar. No se trata de una idea fija. Nadie despierta con la idea del despertar. Hay que poner todos los medios para irlo consiguiendo.
Lo fijo se oxida. Lo fluido siempre permanece en su inspiradora frescura. Un amor que se fija no es amor, sino una obsesión. El amor se expande, fluye, se irradia. Nunca se detiene, no tiene límites.
Porque todo fluye, hay tres cosas que nunca pueden recuperarse: la flecha disparada, la palabra dicha y la oportunidad perdida. Porque todo fluye, Buda se encontró con el enemigo que el día anterior le escupió y le sonrió ante su sorpresa, diciéndole: "tú eres ya el que me escupió y yo el que recibió el escupitinajo". Así no hay lugar para el afán de venganza, el rencor, el odio que se fijan en el alma y le impiden renovarse.
Si todo fluye, todo transita, todo muda, ¿de qué podemos estar seguros? De nada. Tanto más seguros queremos estar, más inseguros estamos. Mientras más nos entregamos a la inseguridad, más seguros nos sentimos. A la sabiduría de la fluidez hay que añadirle la de la inseguridad. Todo es incierto, todo es en cierto modo un despropósito, pero se puede vivir con consciencia y ecuanimidad, ciega y mecánicamente. Como decía Tennyson: "la única seguridad yace en la inseguridad". La inseguridad es segura. La impermanencia es fija.
El conocimiento es fijo: acumulación de datos, información, saber libresco, erudición. A nadie cambia. La Sabiduría es movible y reveladora. Una biblioteca es algo fijo, pero la vida es movimiento. El que se detiene psíquicamente ya está muerto, pero no es la muerte para renacer, como va logrando la práctica de la meditación, sino para morir en vida... ¡y qué peor muerte puede haber! Los conceptos nos bloquean; las creencias nos disecan. Nos volvemos torpes y pusilánimes, y entonces comenzamos a utilizar amortiguadores psíquicos, autoengaños, todo aquello que aún nos fija más y nos impide ser fluidos, naturales, hermosamente intrépidos.
En lo fijo hay una aparente seguridad que no es tal. Es una alucinación. Mientras más autodefensas narcisistas, menos defendidos estamos. Si te detienes montando en bicicleta, te caes. Si el funámbulo se agarra al alambre aterrorizado, no logra cruzarlo.
Si no nos vaciamos interiormente de algo, nada puede entrar. Nos cerramos a la energía sutil. Nos volvemos un disco de vinilo repitiéndose incesantemente. Siempre el mismo disco. Nos hacemos toscos, nos embrutecemos, dejamos de sorprendernos con la imprevisibilidad, la impredecibilidad y la inseguridad de la vida.
La meditación de observación de nuestros procesos psicofísicos nos encara abiertamente con la inestabilidad y mudabilidad de todos estos procesos que surgen y se desvanecen en la mente y el cuerpo. Hay así una toma de consciencia directa y transformativa de cómo también en nosotros mismos las sensaciones, percepciones y contenidos mentales surgen y se desvanecen. Para ello se requiere mucha atención y no poca ecuanimidad. Uno se vuelve un experimentador en su propio laboratorio viviente y se percata del río de sensaciones-pensamientos-emociones que vienen y parten. Uno aprende a vivir con las configuraciones de la vida, y a aprender a hacerlo con las de sus procesos psicofísicos. Surge así una energía de intrepidez y se integra en uno mismo esa sabiduría de la inseguridad que al no demandar seguridad reporta, paradójicamente, mucha certidumbre. Y entonces uno puede preguntarse dónde hallar refugio. Y comprende que, como dijo Buda, solo en un lugar: DENTRO DE TI MISMO. 

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