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JUAN MANZANERA

JUANMEDITACIÓN
Licenciado en Psicología Clínica y diplomado en Psicoterapia Gestalt. Se formó en filosofía y meditación budistas en Asia y Europa. Imparte cursos desde hace 25 años. Fundador y director de la Escuela de Meditación en Madrid.

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El don del regocijo

231 ILUS JUANwResulta asombroso ver cómo las personas atraemos infelicidad a nuestras vidas. En este campo mostramos una escasa capacidad de aprendizaje. Poco hemos aprendido en 10.000 años de civilización. Sabemos hacer muchas cosas, inventamos aparatos y herramientas que nos hacen la vida más fácil, pero no sabemos vivir satisfechos y contentos.

Uno de los motivos radica en la misma motivación, nos interesan otras cosas. Sentirnos bien, aunque lo estemos buscando siempre, suele ser secundario a tener un buen trabajo, familia, logros, beneficios, reconocimiento, etc. Aunque, más bien, la razón fundamental estriba en nuestra forma de pensar. Unos sistemas de pensamiento que se transmiten de padres a hijos, generación tras generación, perpetuando la incapacidad de crear satisfacción y bienestar en la vida. Hay pensamientos dañinos, hay formas de interpretar la realidad que causan malestar y desazón, hay estados emocionales que nos perjudican, hay creencias y convicciones que al principio nos ayudan y luego acaban siendo una prisión, etc.

La comparación con los demás

Entre los numerosos estados mentales perjudiciales, se encuentran la comparación y la envidia. Solemos evaluarnos en relación a algún tipo de estándar. Compararse continuamente con los demás es una de las formas más tangibles de asegurarse infelicidad en la vida. Cuando nos comparamos, medimos nuestra valía en relación a un modelo externo. El resultado, en la mayoría de los casos es negativo. Siempre vamos a encontrar a alguien mejor que nosotros, que tiene más, que sabe más, que es más popular, etc. Aunque también puede encontrarse otro tipo de comparación a la inversa que conduce a una autoestima enfermiza, el de la persona que se cree con derechos: especial y superior a los demás. Obviamente aquí uno se compara con la idea imaginaria de que los demás son débiles e inferiores.

Solemos compararnos con ideales y no con personas reales. Al hacerlo dejamos que algo externo determine nuestra valía. Cuando se vive de una manera muy intensa y rígida, la comparación es causa de un gran sufrimiento y malestar. Si alguien piensa cosas como: “Si no tengo tanto como los demás mi vida no vale”, la vida se hace muy cuesta arriba. Al compararnos no valemos por lo que somos, por lo que hemos aprendido, o por las cualidades que tenemos; nuestro valor está condicionado a otros. El poder lo tienen los demás.

La comparación podría considerarse como una distorsión de algo que empezó siendo positivo. Nos enseñaron a fijarnos en modelos de personas preparadas, trabajadoras, inteligentes, solidarias, etc. Se trataba de encontrar inspiración e impulso para aprovechar la vida. Vernos en personas más avanzadas y exitosas nos ayudaba a crecer y controlar tendencias insanas. Los modelos de científicos, deportistas, maestros y personajes históricos, servían para darle una dirección a nuestra vida y encaminarnos hacia encarnar unos valores positivos. Sin embargo, en muchos casos, lo que era un modelo de inspiración se convirtió en un modelo con el que compararnos. Empezamos a tener modelos idealizados en nuestra mente, y nuestra valía empezó a depender de cuánto nuestra vida se ajustaba a esos ideales. Ahí empezó una de nuestras fuentes de infelicidad. Al perder la conexión con nosotros mismos y medirnos en relación a otros abandonamos parte de nuestra esencia. Algunas personas, al ver la imposibilidad de alcanzar tales niveles, directamente caen en la insatisfacción, otros tapan sus sentimientos de incapacidad, muchos viven ocultando de sí mismos la sensación de ser un fraude. Hay quienes buscan siempre la aprobación de los demás en todo lo que hacen, como si al encontrarla alguien les redimiera de su incapacidad de llegar a cumplir con lo que se espera. Algunos siguen intentándolo, esforzándose cada día pero sin llegar nunca, descubriendo que siempre les falta algo para llegar.

Cuando necesitamos un modelo para determinar nuestra valía, estamos perdidos. Siempre hay un poso de duda e insatisfacción en nuestro interior. Nuestros logros y avances dan poca satisfacción porque estamos esperando a que alguien los apruebe. Siempre hay alguien mejor, siempre algo que empaña nuestro valor. Pero también, empezamos a quedarnos atrapados en el pensamiento de que siempre se puede ser más feliz, y lo que tenemos ahora puede ser mejor. El trabajo, la familia, las aficiones, el coche, la casa, etc. todo puede ser mejor, por tanto, no vale tanto, no es tan bueno, no nos alegra tanto. Si esto se vive de una forma extremada, la vida se llena de desesperanza y tristeza.

La envidia

A veces, toda esta infelicidad nos conduce a sentir envidia. El sentimiento de envidia, celos, rivalidad, es otra de las maneras de generar sufrimiento. Como es sabido, el problema principal de las reacciones emocionales destructivas es que controlan nuestras acciones. Es decir, nos llevan a hacer cosas que no queremos, e incluso cosas que nos dañan a nosotros mismos. Pueden llegar a conducirnos a comportamientos muy autodestructivos.

Sentir envidia es sentir dolor ante la felicidad y el bienestar de los demás. Nos molesta que los demás obtengan reconocimientos, éxitos, ganancias y demás. Nos irrita que alguien sea popular, logre algo, o incluso que sea feliz. A veces, estamos tan dominados por la envidia que no podemos evitar estar continuamente pendientes de lo que tienen los demás. Este estado mental, como es obvio, es de una constante irritación y dolor.

Puede llegar un momento en que la envidia nos posea. Nos damos cuenta de lo absurdo de ello, queremos vivir nuestra vida y dejar que los demás vivan su vida, pero estamos atrapados, la emoción tiene una fuerza que no nos deja en paz. El estado de envidia o celos es un estado que impide cualquier satisfacción, nada de lo que tenemos nos llena, estamos poseídos por la desazón y la rabia de que otros tienen algo de lo que nosotros carecemos. Entramos en un círculo vicioso en el que lo nuestro carece de valor y lo de los demás es siempre mejor. La vida puede volverse vacía y gris.

Practicar regocijo

Una de las maneras forma más asequible de vencer estas tendencias es cultivar la actitud de alegrarse de la felicidad y los éxitos de los demás. Esto se llama regocijo y practicarlo nos lleva directamente a sentirnos mejor y más satisfechos. Se trata de fijarse en lo bueno que tienen los demás y aprender a reaccionar de una manera positiva. Es un hábito que necesitamos entrenar. Para la mayoría de nosotros no ocurre naturalmente sino que tenemos que adiestrarnos hasta que forme parte de nuestra mente.

El regocijo indica un estado más avanzado de madurez. Podemos sentirlo porque somos capaces de ponernos en la piel de los demás y sentir lo que ellos sienten. Indica que hemos evolucionado a la capacidad de salirnos de nosotros mismos y ver el mundo desde la perspectiva de los demás. Por consiguiente, cultivar esta alegría por lo ajeno favorece nuestra evolución personal y nuestra satisfacción en la vida. Por el contrario, la incapacidad del regocijo indica un aferramiento a lo personal y una limitación en nuestras posibilidades de maduración y conciencia. Como es sabido, dejar de evolucionar como personas es quedarse condenado a seguir padeciendo todo tipo de infelicidad.

El regocijo está ligado a saber alcanzar lo que uno desea. Muchas veces nos vemos limitados e incapaces de obtener algo que buscamos; nos falta inteligencia, recursos o habilidades. Nos sentimos paralizados y sin saber avanzar. Cultivar el regocijo es un ejercicio extraordinario para lograr lo que deseamos. Cuando nos alegramos sinceramente por las personas que ya tienen lo que nosotros anhelamos, estamos abriendo el camino hacia ello. De algún modo se despierta una inteligencia que nos acerca a conseguirlo también.

Esto es muy curioso. Mientras que sentir envidia o celos nos impide conseguir lo que deseamos, regocijarse de las personas que lo poseen nos facilita llegar a ello. Con la envidia nos estamos diciendo que nosotros no podemos, nos ponemos más obstáculos, con el regocijo evocamos capacidades que desconocíamos. El regocijo puede equipararse a la inspiración que nos produce una persona a la que admiramos y valoramos sanamente. Es una forma de mantener la ilusión y el coraje hacia lo verdaderamente importante. Nos conduce al éxito en la consecución de nuestras aspiraciones.

El regocijo suele formar parte de la práctica de cualquier persona implicada seriamente en el camino espiritual. Por ejemplo, la gran mayoría de los sutras budistas, terminan expresando que los asistentes al discurso se regocijan y alegran de la enseñanza. Así, cuando uno quiere desarrollar las cualidades del camino, sea sabiduría, compasión, lucidez, humildad, etc., parte de la práctica es sentir verdadera alegría por quienes ya las han desarrollado. Haciéndolo de este modo, el proceso es más fluido y factible.

Meditación

Sentado en una postura de relajación y alerta. Dispón unos minutos para que la mente se calme. Respira y siente todo el cuerpo; deja que la agitación se desprenda del cuerpo con cada respiración.

Despierta el anhelo de que tu paso por la vida sea beneficioso para el mundo. Evoca una persona que posea algún tipo de felicidad que no tienes. Manteniendo en mente a la persona, dedica unos minutos a despertar un sentimiento de alegría. Siente felicidad al ver que es feliz. Imagina más y más personas que tienen esa felicidad.

Siente felicidad por ellos. Ahora, intenta mantener ese estado de regocijo. Sin distraerte, obsérvalo todo el tiempo que puedas. A continuación, piensa en una cualidad, capacidad o habilidad que realmente te importa, pero que no tienes. Evoca a alguna persona que conozcas que la tiene. Luego, imagina a otras personas que también la tienen.

Siente felicidad de que esta cualidad exista en el mundo y hay personas que la poseen. Enfócate unos minutos en mantener el estado de regocijo. Por último, imagina todas las personas que están trabajando por despertar y evolucionar, las personas que están cultivando cualidades, entrenando su mente, desarrollando sabiduría y compasión.

Siente alegría. Deja que invada todo tu cuerpo. Contempla todo el tiempo que puedas el estado adquirido, sin dejar que otros pensamientos te saquen de él. Termina la meditación dedicando la práctica para llegar a ser una influencia positiva para el mundo.  

Evolucionar, Instrucciones básicas

229 JUANPor donde miramos encontramos egoísmos, miserias y desastres. Sin embargo, no podemos seguir quejándonos. Es preciso tomar las riendas y sumarse a quienes lideran el cambio. Los seres humanos necesitamos dejar atrás la inmadurez y evolucionar más. Para ello debemos emprender un proceso personal de desarrollo de estados positivos.

Hay una clara correlación entre evolución y cualidades personales. Conforme maduramos, más valores, fortalezas y aptitudes positivas tenemos. Quienes las poseen son los indiscutibles representantes de la vanguardia de la humanidad. Sin embargo, es muy frecuente vivir estancados y dejar de evolucionar. Carecer de cualidades y valores nos limita a la hora de enfrentarnos a las dificultades de la vida, y por otra parte, solo con ciertas aptitudes y fortalezas podemos superar muchos de los inescapables problemas que se nos presentan.
Esto es, poseer cualidades, virtudes y fortalezas nos protege de numerosas situaciones difíciles; pero, además, algunos problemas sólo pueden superarse en otro nivel de evolución. Muchas personas se acercan a los psicólogos buscando soluciones a sus conflictos vitales y en numerosos casos lo único que necesitan es madurar y crecer como adultos.
Desde esta perspectiva es esencial entender que no se cultivan unos valores y cualidades para hacer lo correcto, ni para cumplir con las expectativas de los demás. Tampoco para ser reconocidos y admirados ni para estar por encima nadie. Especialmente, no se trata de ser mejores para compensar nuestros defectos, errores y sentimientos de culpa.

CUALIDADES Y DIFICULTADES VITALES
Es frecuente pasar por alto que una de las cosas más efectivas para afrontar las dificultades es cultivar un estado emocional positivo. Hacerlo nos va a dar más capacidad, lucidez y recursos para abordar la situación. Pero sobretodo, como se veía antes, avanzar y evolucionar es parte de la solución en la mayoría de los casos.
La experiencia vital nos muestra los beneficios de desear seguir creciendo y aprendiendo como personas, especialmente en los momentos difíciles. La actitud positiva y la predisposición a evolucionar es una de los talentos más valiosos que podemos poseer. Aunque, en realidad es una necesidad. Vivir no es fácil, continuamente surgen imprevistos y situaciones indeseables que nos descentran y dañan. Sin cualidades, virtudes y fortalezas, es muy complicado; como querer atravesar un desierto sin llevar una provisión de agua.
Así pues, cuando surjan problemas queremos aprovechar la situación para cultivar virtudes y cualidades.
¿Qué oportunidad proporciona esto? ¿Cultivar compasión, humildad, coraje? ¿Ofrece la posibilidad de cultivar sentido del humor, paciencia, contentamiento? ¿Ayuda a ser justo, tolerante, imparcial? ¿Sirve para ser generoso, aceptar la situación, asumir responsabilidades? ¿Conduce a desarrollar gratitud, respeto, asertividad? ¿Cuidado, prudencia, generosidad? ¿Regocijo, confianza, imparcialidad? ¿Amor, desapego, valentía? Etc., etc.
Nosotros desde nuestra mirada reducida apenas entendemos la importancia de despertar, cultivar y nutrir cualidades. Sin embargo, podemos aprender de otros, escuchar su visión y descubrir una perspectiva diferente. En la tradición budista, por ejemplo, en el Aksayamati Nirdesa Sutra leemos: “La generosidad no es mi compañera, más bien soy yo quien acompaña a la generosidad”; la moralidad, la paciencia y el tesón, la meditación y la sabiduría no son mis compañeras, más bien soy yo quien acompaña a la moralidad, la paciencia y el tesón, la meditación y la sabiduría; las perfecciones no están a mi servicio, más bien soy yo quien está al servicio de las perfecciones.
Empezamos cultivando cualidades desde un acto de fe. Confiando en las palabras de quienes viven más despiertos. Luego, continuamos el proceso cuando empezamos a confirmar en nuestra experiencia la importancia de cultivarlas. El camino nos lleva a avanzar hasta descubrir la satisfacción de emplear la vida para hacer que todas las cualidades posibles se hagan presentes y visibles en el mundo.

UN MODO DE HACERLO

Desarrollar una cualidad es como cultivar una planta. Hay que sembrar la semilla en buena tierra, regarla, cuidar que tenga luz, echar abono, protegerla del clima y las plagas, y saber esperar a que florezca. Así pues, usamos la meditación para dejar una huella en nuestra mente. Pero luego, meditamos para habituarnos a responder con la cualidad, trabajamos con meditaciones para contrarrestar los obstáculos internos y externos que nos impiden desarrollar la cualidad, y lo hacemos una y otra vez hasta que se consolida en nuestro ser. 

1. Escoger la cualidad
Lo primero es seleccionar una cualidad que nos inspire. Es preciso que tengamos una relación positiva con ella. Como hemos visto, no funcionará si nos sentimos inadecuados o culpables, o si nos juzgamos por no tenerla.
Conviene, además, hacer una reflexión amplia en torno a las consecuencias positivas de la cualidad. ¿Para qué sirve? ¿Qué papel tiene en la propia vida? ¿Cuál es su lugar en el proceso vital? ¿Qué relevancia tiene en el camino espiritual?
Necesitamos entender bien la cualidad. Estudiarla y conocer su significado y sentido. Es muy útil encontrar historias y ejemplos de personas que poseen esa cualidad.
2. Plan de trabajo
Siendo honestos, es preciso comprender que cambiar la mente requiere un esfuerzo sostenido durante bastante tiempo. Necesitamos organizar nuestra vida y nuestra forma de pensar para promover el nuevo estado mental. La fuerza de voluntad no basta. También es preciso tener confianza en uno mismo, recordar a menudo los beneficios de poseer la cualidad, contar con la aparición de posibles resistencias internas, y saber esperar para obtener resultados. En particular, necesitamos creer en que tenemos la habilidad de cambiar y la capacidad de hacerlo. Es vital ser optimistas y tener una actitud positiva.
3. Método
A. Visualización. Una forma de trabajar esto es imaginarnos lo que supone vivir con la cualidad. Así pues, buscamos experimentar la cualidad de un modo imaginario, como si ya la tuviéramos. Vemos cómo se experimenta tenerla. Sentimos los efectos que produce en el cuerpo, descubrimos las emociones que acompañan a la cualidad y nos hacemos conscientes de los pensamientos asociados a ella. Lo ideal es abarcar todos los aspectos de nuestro ser, el cuerpo, las emociones, los pensamientos, y sentir la experiencia en todos los niveles.
B. Contemplación. Se trata de sostener el mayor tiempo posible el estado, con la intención de que deje una impronta en nuestro interior. Enfocamos la atención en la vivencia de poseer la cualidad, con la mayor claridad posible. Cuando empezamos a distraernos podemos recurrir a una imagen concreta. A muchas personas les ayuda imaginar algún símbolo, algo que represente a la cualidad que estamos encarnando. Se dice que es una manera de hablarle al inconsciente y la forma de acceder a ella más fácilmente. También, sirve hacer un gesto con las manos o una postura.
C. Acción. Cada vez que hacemos la visualización, tomamos la decisión de hacer algo concreto. Es decir, planificamos en las próximas horas actuar una vez como alguien que ya tiene la cualidad. Realizando comportamientos en consecuencia, empezamos a transformar la mente de una manera real. Si solo trabajamos la mente, los cambios nunca se materializan, de modo que tenemos también que actuar. Aprendemos, actuando.

CONCLUSIÓN
Hay numerosas evidencias a lo largo de diversas culturas de que las personas más avanzadas son a su vez las más amorosas, solidarias, conscientes y verdaderamente espirituales. Y lo que es más importante, sólo evolucionando podemos llegar a sentir satisfacción y plenitud en la vida. Pero más aún, es una cuestión planetaria, el universo necesita que evolucionemos. Una buena medida de cuánto lo estamos son nuestros valores, fortalezas y virtudes.
Despierta, reflexiona, observa.
Trabaja con atención y cuidado.
Vive en el sendero y
La luz crecerá en ti. (Buda)

El arte de Detenerse

 

217 ILUS MANZANERAwVivimos en un movimiento constante. Responsabilidades, obligaciones, compromisos y deseos nos mantienen ajetreados y ocupados. Pero además, nuestro mundo interno de apegos, insatisfacciones, miedos, necesidades, creencias e inseguridades, también nos lleva a la inquietud, el desasosiego y la actividad.
El resultado de todo ello es que vivimos empujados por una inercia que nos domina. Sin quererlo la vida se acaba convirtiendo en padecer unos patrones que nos impiden libertad y espontaneidad. Terminamos víctimas de nosotros mismos, viviendo una vida que no es la nuestra y repitiendo comportamientos que no podemos evitar. Como dicen en forma poética algunos maestros: Somos como hojas secas arrastradas por el viento, sin ningún poder.
En principio, esto no sería ningún problema si no fuera porque en esta condición de inercia acabamos creando infelicidad y sufrimiento en nuestra vida y en la de nuestros seres queridos.
Detenerse
Si queremos una cierta satisfacción y plenitud en la vida es esencial parar y poner conciencia. Es preciso detenerse para liberarse de la inercia y la programación en que vivimos. Desde la perspectiva espiritual, hay dos maneras de encontrarse pleno y satisfecho en la vida. Son, evolucionar y despertar. Evolucionar significa desarrollar el potencial que uno tiene; sea en las relaciones personales, sociales o laborales, vivimos cada vez más conscientes, más compasivos y más sabios. Despertar significa tener una lucidez tal que nuestros pensamientos, emociones y creencias no nos engañan. Cuando despertamos conocemos la realidad sin la distorsión de la mente.
Tanto para despertar como para evolucionar es imprescindible saber parar. ¿Pero qué quiere decir parar? Detenerse no significa no hacer nada. Tampoco significa dejar de hacer todo lo que uno hace. Detenerse es parar el movimiento interno de agitación mental, es dejar de mirar hacia algo en el pasado o en el futuro. Es dejar de estar siempre anticipando problemas y abandonar preocupaciones; es dejar de culpabilizarse, o quejarse de lo que sucedió.
Cualquier persona comprometida con el camino espiritual tiene cada vez más claro que el sufrimiento que se experimenta es mayormente creado por uno mismo. Alguien así, deja de culpar al mundo o a los demás de su infelicidad y se hace responsable de sus experiencias. Detenerse significa dejar de crear sufrimiento.
El sufrimiento innecesario
¿Cómo creamos sufrimiento las personas? Podemos echarles la culpa a los padres, al gobierno, a la pareja, a la sociedad, etc. pero el sufrimiento viene de la propia mente, como bien enseñó Buda hace más de 2.500 años. Cuando queremos que las cosas sean de otra manera, cuando nos resistimos a las experiencias que la vida trae, cuando reaccionamos sin claridad a lo que nos sucede, creamos sufrimiento. Además, muchas de nuestras valoraciones, interpretaciones y juicios generan sufrimiento en nuestro interior. Siempre que nos dejamos llevar por ciertas ideas, pensamientos, emociones y creencias, también creamos sufrimiento. Cuando nos aferramos a ideas fijas de cómo tiene que ser el mundo que nos rodea y las demás personas, creamos sufrimiento.
Hay una regla fundamental, una especie de axioma implícito en la esencia de la enseñanza budista: La fuerza del sufrimiento viene de la importancia que le damos a la experiencia. Es decir, el sufrimiento no está ahí como algo que nos llega desde fuera sino que surge de la combinación de la experiencia y nuestra propia mente. De modo que, el problema no son las cosas que nos suceden sino el valor, el peso y la importancia que le damos a las experiencias difíciles de la vida. Esto es lo que va a determinar cuánto sufrimos. Por consiguiente, la fórmula de la solución es bastante sencilla (aunque no por ello fácil de aplicar) quitando importancia a las experiencias difíciles, frustrantes e insatisfactorias, sufrimos menos.
En este orden de cosas, cuando desarrollamos esta idea y nos acercamos a lo que llamamos Despertar, finalmente se vislumbra que el sufrimiento no tiene ninguna importancia ya que su naturaleza es ilusoria. Recordemos el sutra del corazón que dice: “En vacuidad, no hay sufrimiento ni causa de sufrimiento, ni cesación del sufrimiento ni camino a la cesación”.
Así pues, detenerse también significa dejar de hacer todo eso que nos lleva a hacer de la vida muy difícil y costosa.
Queda claro que parar no significa permanecer pasivo vegetando ni quedarse indiferente o distante ante lo que nos sucede. Tampoco es dejar de tener ilusión por las cosas ni abandonar nuestras metas, objetivos y proyectos. Por supuesto, tampoco significa dejar la familia, el trabajo y aislarse del mundo.

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