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PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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El secreto de la meditación

248 PABLOHas preparado tu sala de meditación con esmero. Tienes el cojín adecuado, el incienso, la foto de tu maestro cuidadosamente enmarcada, junto a una sutil vela que lo ilumina de soslayo.

Te sientas cubierto por tu manta india producto de tu último viaje al exótico país de los mil dioses. Estás a punto de formar parte de las miríadas de almas que se sumen (y se han sumido) en esas antiguas técnicas que pasan de maestro a discípulo en una cadena ininterrumpida.

Cierras los ojos como te enseñaron a hacer, tomas conciencia de tu respiración que ahora fluye sin esfuerzo. Todo es perfecto, una paz incomparable. Lejos está el mundanal ruido que te tocó vivir en tu arduo trabajo hoy. Ahora has regresado a casa, al útero.

De repente te das cuenta de que un pensamiento, uno que no debería haber aparecido te ha arrastrado lejos de tu centro, y es que acabas de notarlo, y junto a ello notas que han pasado varios minutos desde que comenzó a arrastrarte sin que lo notaras, ¡y recién ahora te das cuenta! Es terrible, has perdido unos preciosos cinco minutos o más en tu divagación.

¡Ahora caes en la cuenta de que otra vez te has dejado arrastrar! Esta vez por los pensamientos acerca del dejarte arrastrar de hace un rato, que te llevaron a aquella vez en la infancia en que desobedeciste a mamá. Pero te has dado cuenta por suerte. Vuelves a estar consciente, ¡menos mal! Enseguida caes en la cuenta de que ya casi se ha terminado el tiempo previsto para tu sentada meditativa, ya que otra vez, otro pensamiento derivado de los primeros te ha llevado de viaje...no lo puedes creer, ¿cómo puede todo haber resultado tan mal?

¿Te suena conocida esa historia? Pues es muy frecuente. Es la historia de todos los meditadores, lo quieran confesar o no. Muchos aprenden a estarse quietos como estatuas, ya que el cuerpo se acostumbra a todo y parecen verdaderos Budas, cuando por dentro la historia es otra.

Pero ¿qué es lo que sucede? ¿Por qué es que no podemos concentrarnos tal como deseamos y disfrutar de una paz consciente que inclusive podamos extender a todo nuestro quehacer cotidiano?

Pues vamos a examinarlo con cuidado. Cada uno de nosotros forja una imagen propia a lo largo de la vida, es lo que llamamos personalidad, la cual, por definición deja fuera aspectos de nosotros mismos que no cuadran con dicha imagen (a veces negativos y otros positivos). Así, cuando emprendemos cualquier proyecto, incluida la meditación, lo hacemos desde esa “media imagen”, con lo cual suceden dos cosas: una es que jamás alcanzamos dicha meta, ya que se nos acaba la energía muy pronto porque lo que habíamos descartado (la sombra) viene a nosotros con la intensidad de quien es rechazado y olvidado (es como si planeo meter un gol como Maradona porque creo que soy él, tarde o temprano la vida se encargará de demostrarme que disto mucho de serlo); y por otro lado el hecho de que éstas fantasías ejercen una fascinación irresistible en nosotros, y que mientras duran, olvidamos a la “media imagen”, lo cual nos relaja de la tensión que ella nos produce en su ficción.

Así, meditar queriendo alcanzar a Dios desde lo que no soy (la media imagen), enseguida traerá “distracciones” que curiosamente nos interesan tanto que nos perdemos en ellas. Si miramos a dichas distracciones con cuidado descubriremos que sus contenidos no son infinitos, sino que podemos agruparlos en seis o siete temáticas diferentes. Es como con las películas, las hay con tramas muy diferentes pero podemos agruparlas en unas pocas categorías (drama, comedia, etc). Estas temáticas suelen repetirse a lo largo de toda nuestra vida.

Habitualmente buscamos descartar las distracciones apenas las notamos para poder regresar a nuestra meditación y a nuestra media imagen, pero olvidamos que esas distracciones están buscando ser incluidas, integradas, de forma de generar una imagen más completa de nosotros mismos.

A éstas distracciones les llamamos “fantasías” o “tonterías”, y se nos presentan también durante el día como el “soñar despierto” y en el soñar por la noche. En todos los casos buscando ser reconocidas.

Para poder reconocer estas fantasías necesitamos compromiso, responsabilidad con el proceso y, para ello, comprensión de lo que sucede y de porqué lo hace. Entonces ¿es un error proponerse una meta como concentrarse, mantenerse como testigo imparcial, o buscar a Dios? Todo lo contrario. Cuando nos proponemos una meta es cuando aparecen las fantasías, y cuando nos autocastigamos por habernos distraído y volvemos a intentarlo con más ahínco es cuando aparecen con más fuerza.

Ya lo hacen hasta con metas cotidianas como hacer deporte o una dieta, pero con la iluminación (la meta de las metas) éstas fantasías nos invaden masivamente (es lo que los cristianos llaman tentación), lo cual es una gran bendición, porque si somos íntegros y responsables las iremos reconociendo y reintegrando hasta conseguir recuperar una imagen cabal de nosotros mismos, sólo para descubrir que...¡No somos esa imagen! Pues así es, nunca lo fuimos, solo que no lo notábamos porque estábamos ocupados peleando con nosotros mismos (entre partes de la imagen), pero ahora que la cosa se ha tranquilizado lo hemos visto.

¿Y qué somos entonces? Todo, la Vida, el Ser, y vemos ahora por qué no lo podíamos alcanzar: porque ya lo éramos. Sin embargo nuestro esfuerzo por alcanzar la meta rindió frutos, puso en evidencia las fantasías para que las integrásemos. De ello se trataba la meditación. Por eso es que nuestro maestro nos decía que pongamos más voluntad en concentrarnos, para que todavía brotaran más fantasías...

Así vemos que todo ser humano diariamente entra en absorciones involuntarias (pratyahara) fomentadas por la “media imagen”, y que si intentamos concentrarnos (dharana) surgirán de forma evidente estas fantasías que, si meditamos (dhyana) en ellas (meditar es reflexionar, de la raíz “medir”), podremos llegar a la integración (samadhi) suficiente como para “ver” (kaivalya). Podríamos resumirlo así: “Meditar es el arte de recuperar nuestros fragmentos descartados para que, en la tranquilidad que se suscita, poder ver que lo que creíamos ser no lo éramos, sino que siempre fuimos...Esto (y ello incluye a la imagen de nosotros mismos, ahora más cabal)”.

Pablo Veloso

Un anillo para dominarlos a todos...

247 ILUS PABLO WEBExiste un fenómeno apasionante que nos suele pasar desapercibido, y es el de la polivalencia de las cosas. Me explico, normalmente pensamos que a cada cosa le corresponde un solo significado, y lo llamamos “el correcto”, y a todo aquel que se atreva a contradecirlo o a intentar suplantarlo tildaremos de hereje redomado y le aplicaremos el castigo social pertinente, el de “necio” e “insensato”.

Quizá esta tendencia a significados únicos para cada cosa se deba a nuestro trasfondo monoteísta que nos inclina a pensar como Sauron en el Señor de los Anillos: “un anillo para gobernar los a todos”, es decir, un solo libro sagrado, un solo Dios, un solo partido. Como resultado: guerras y conflictos en nombre de la Verdad. Cuando Frodo o Gollum se ponían dicho anillo su identidad personal comenzaba a desvanecerse, y si continuaban acababan siendo nadie. El anillo único fascinaba a todos, porque la definición única empodera, da la sensación de control, de que hemos resuelto la vida…

Hoy, mientras impartía un curso acerca de la mecánica de la baraja “Lenormand” tomaba consciencia del hecho de que existen todavía ámbitos, como el de dicha baraja, en los que se alienta una polivalencia en todo lo que se toca. Y casualmente es ahí donde se promueve la intuición y el pensamiento imaginal.

Vamos a aclararlo con un ejemplo que proviene de la mentada baraja. La Baraja Lenormand es un juego de cartas creado a principios del siglo XIX en Alemania, y consiste en 36 cartas, cada una con una imagen arquetípica, como por ejemplo un árbol, una casa, un perro, la luna, el sol, etc. Son imágenes que evocan conceptos del estilo de: un perro representa la fidelidad, el estar en casa, el descanso, lo confiable. Así un concepto simple puede adquirir variados significados según el contexto de la pregunta que se haga cuando se lo utiliza como un oráculo.

Habitualmente pensamos de forma analítica, discursiva, así ante la pregunta de “¿cómo está el día?” Nuestra respuesta es inequívoca: bien o mal, esto es: blanco o negro, cero o uno, activo o inactivo. Eso es pensar analíticamente. Se trata de cortar con una espada a la realidad en dos posibilidades excluyentes. Es la idea del principio de no contradicción que proponía Leibnitz.

Sin embargo, la dinámica oracular es totalmente otra, pues no sólo propone otorgar variados significados a la misma cosa (ya no vale 0 o 1, sino que puede valer 2, 3, 5, 0, 1000), si no que comienza a agregar capas superpuestas de significados coexistentes y totalmente válidos, una polivalencia radical de todo lo que se presente. Es un verdadero desafío para el pensamiento habitual, por lo que nos abre una puerta hacia el mundo aquel en que “una imagen vale más que mil palabras”. Pero resulta que la vida es así, polivalente. Nosotros somos los que estrechamos el significado de algo para que sólo valga una sola cosa y nada más.

Decía Don Juan, de Carlos Castaneda que cuando un ser humano nace, lo hace con una apertura total a lo que él llamaba “nagual”, al caos primigenio, pero que poco a poco la educación iba reduciendo esa posibilidad absoluta a un solo significado por cada cosa, el convenido por la sociedad como un todo, y que era la ardua tarea del brujo el lograr que su consciencia volviese a abrirse a la totalidad (el le llamaba a ello el “mover el punto de encaje”).

Otro ejemplo lo tenemos en el canto armónico, un tipo de canto que hace lo contrario a lo que nos han enseñado. Cuando oímos hablar a una persona sorda de nacimiento vemos que no sabe “elegir” los tonos y por ello todo aflora, agudos, graves, medios… En el canto armónico aprendemos a des-aprender y hacemos que nuestra voz comience a emitir armónicos que habíamos cercenado de nuestro diario hablar, con lo que lo que se obtiene es una voz polifacética y angelical en la que varios tonos coexisten de forma mágica.

La baraja Lenormand hace lo mismo. No sólo posee sus imágenes evocadoras de múltiples significados, sino que también incluye multitud de técnicas para utilizar y reutilizar las mismas cartas que aparecen en la mesa de formas diferentes. Es como si yo dijera la frase de base: “la bonita casa de campo deleita a todo el mundo”, pero ahí mismo comenzase a tomar la palabra mundo y la mezclare con la palabra casa, con lo que podría resultar que el mundo es como una casa, y luego decidiese mezclar bonita con campo, con lo cual obtendría que el campo, que evoca regeneración por ser la naturaleza, y por otro lado bonito, que es algo agradable de ver, llevadero, con lo que resultaría que hablaría de una recuperación de un problema de vida de una forma muy llevadera y agradable. Imaginemos ahora que comenzamos a hacer toda clase de interrelaciones como esas… hasta el paroxismo. ¡Nuestra mente racional se rompería en mil pedazos!

Lenormand no se limita a ello, sino que cada carta posee unos “insertos” de cartas de póker, es decir que además disponemos de un meta-nivel de interpretación, ya que podemos hacer coexistir el nivel de la imagen de la carta ya citado, con todas la combinaciones posibles e imposibles, y ahora agregarle el meta-nivel de las cartas de póker, que a su vez tendrán su interacción tal como lo hacían las imágenes, pero que además podrán interaccionar con las propias imágenes. ¡Multiplicando así las posibilidades de resultados coexistentes!

¡Qué plano es nuestro pensamiento habitual! ¿Una cosa es solo una cosa?

¿Y después nos preguntamos por qué existen todavía los oráculos, los libros sagrados y los mitos? Yo te lo responderé: ¡porque rompen la limitación impotente del pensamiento analítico!

Si te preguntas cómo es que podrías acercarte de forma simple a esta polivalencia de significados, te propongo que leas La Biblia con sus mitos, o la mitología que más te guste, o bien acercándote al mundo de los oráculos, en suma, animarte a tocar una imagen (pictórica o relatada en palabras) y darte el permiso de volar con la imaginación e interpretarla de mil maneras.

Don Juan de Castaneda decía que un brujo, a veces se pone en pie, arroja su sombrero al suelo, da una vuelta alrededor de él, y con ello anuncia que va a contar una historia conocida pero de forma modificada, y quizá cuente que Alejandro Magno vivió hasta los noventa años, y que fue sabio y feliz como hombre de familia… ¿por qué no?

Pablo Veloso

La Zombificación actual

246 ILUS PABLOLas películas de zombis han sido siempre un éxito desde que han comenzado a producirse, y esto se debe a que apelan a algo que todos sabemos muy bien pero que nos cuesta mucho reconocer: conviven en nosotros dos naturalezas, la netamente humana, racional y constructiva, aquella que busca sobreponerse al atractivo y fascinante hechizo de la comodidad, de volver al útero, y la que nos pide entregarnos por fin, dejar de luchar, deslizarnos hacia la nada que nos antecedió antes de nacer, y que nos continuará luego de morir.

El mito del zombi nace en Haití, pueblo pobre y maltrecho si los hay, constituido por ese resabio de esclavos sometidos que un día fueron una gran nación, pero que ahora son una muy golpeada, cuna de animismos exportados de su continente original: África.

Se dice que un brujo hace beber a su víctima algún filtro diseñado con ese fin, de forma que entre en un estado cataléptico que haga pensar a sus allegados que ha muerto, y de esa forma conseguir que lo entierren. El “muerto” despertará unas horas más tarde y el brujo lo sacará a la superficie, pero ahora reducido a una servidumbre de la voluntad hacia él de por vida y con una notoria reducción de sus capacidades críticas.

Esta figura del zombi llega al cine de la mano de George A. Romero y luego sufre toda clase de reediciones variopintas, desde zombis “comecerebros” torpes, a otros capaces de correr y de manejar armas, llegando incluso a la figura del “zombi recuperado”. Pero lo que distingue a dichas producciones es el notorio éxito de taquilla que poseen. Este aspecto no es gratuito, denota una resonancia muy marcada con algo que todos intuimos: bajo nuestro “barniz” de sofisticación y lógica llevamos un zombi en toda regla pugnando por aparecer.

Pero antes de emitir juicios sobre la afirmación anterior veamos algunas de las características que poseen para determinar si nos reflejan en algún sentido:

Están hambrientos todo el tiempo, especialmente de carne humana.

Esto es, son seres reducidos a un funcionamiento maquinal, esencial, por lo que carecen de lo que los distinguiría como humanos, lo que los lleva a toda costa a buscar “consumir” lo humano, tal como los vampiros que, al no tener vida en ellos la consumen de otros bebiendo de su sangre. Cuando nos deslizamos a vidas sin sentido, maquinales, productivas, repetitivas, acabamos “consumiendo” desesperadamente representaciones de artistas o de gente creativa en general debido a que “estamos muertos”, y además, el sólo ver gente creativa y viva alrededor nuestro nos pone en una evidencia incómoda que se evita fácilmente deshaciéndonos de ellos cuanto antes (muchas veces apelando a la crítica cruel).

Fuerza sobrehumana

Normalmente controlamos y administramos nuestro esfuerzo en relación con nuestras reservas y con el riesgo de enfermedad y/o accidentes, esto es, pensamos y evaluamos antes de actuar. Una persona “zombificada” actuará a fondo como si no hubiera un mañana. Vemos frecuentemente gente que se encuentra deteriorada física y mentalmente por someterse a riesgos y esfuerzos desmedidos y necios.

Olfato y oído muy desarrollados

El ser humano se caracteriza por poseer un sentido de la vista como sentido superior, combinado con el pensamiento reflexivo, mientras que lo animales se suelen manejar más por sentidos primitivos como el olfato y el oído. Los seres humanos “zombificados” son capaces de “oler” a alguien a la distancia, de sentir al instante si eres de su “rebaño” (partido político, religión, equipo de fútbol, etc) o no, rechazándote antes siquiera de que te acerques a ellos.

Funcionan en grupo, en “rebaño”

Forman una masa indiferenciada de seres que caminan, se arrastran y gimen, moviéndose sin dirección clara, dejándose arrastrar por olores y sonidos eventuales. Es el “hombre masa”, que no es capaz de tomar decisiones propias, tan solo obedece al “silbido” de su líder sin dudar, sea éste un gurú, maestro, líder político, o simplemente su jefe.

Se deteriora constantemente

La vida se sustenta en luchar contra la decadencia, en “componerse” todo el tiempo ya que, tal como sabemos bien, si no hacemos un esfuerzo diario por mejorar, sea estudiando, comiendo sano, haciendo deporte, etc. nos iremos deteriorando poco a poco. Al hombre zombificado no le importa componerse, por lo que día a día se desintegra más, acercándose a su tan deseada nada, tan ausente de participación en la vida como la de un bebé.

Muerte por destrucción del cerebro reptil

Lo único que mantiene al zombi funcionando es un cerebro primitivo, reptil, que le permite mantener las funciones más básicas, por ello es que al destruírselo todo cae. El hombre zombificado se caracteriza por carecer del cultivo de cualidades intelectuales superiores, de sólo vivir “porque el aire es gratis”, por lo que sé limita a comer, dormir, trabajar, aparearse y defenderse.

Altamente infeccioso para los demás

Es sabido que el mínimo contacto con cualquier fluido de nuestro cuerpo con el de un zombi nos condena a convertirnos en uno de ellos. Su condición es tan fascinante para nosotros que cualquier contacto con personas zombificadas nos lleva a recordar lo agradable que era no tener que tomar decisiones, pensar, asumir responsabilidades (estado que disfrutábamos en la niñez), con lo que enseguida nos dejamos fagocitar por ello, por lo que en un santiamén nos encontraremos siendo un zombi más del rebaño.

Todo lo anterior nos lleva a reflexionar que resulta muy tentador para cualquiera de nosotros el deslizarnos hacia conductas y hábitos que poco a poco van anulando lo que nos hace humanos, el pensamiento reflexivo, crítico, la capacidad de dudar de todo, y nos vamos convirtiendo en “entes” que pululan por la vida haciendo cosas habituales, como trabajar, formar una familia y pagar impuestos, pero habiendo sacrificado aquello que nos dignifica, el preguntarnos por cuestiones esenciales como ¿quién soy?, ¿cuál debería ser mi destino?, ¿qué es la vida?

Y la razón por la que hablamos sobre este tema hoy, y por la que también consumimos ávida mente ese tipo de películas es porque nos fascina la posibilidad de regresar al estado de zombi, al útero materno, a la masa indiferenciada en que no teníamos que pensar… y caminar por la vida deambulando erráticamente mientras murmuramos: ¡cerebros! (así decían los zombis en las películas de Romero).

Ya lo comprobó Philip Zimbardo con su experimento en la universidad de Stanford titulado “el efecto Lucifer”, en el que demostró como la masa va absorbiendo al individuo y lo arrastra hasta estratos muy primitivos donde la voluntad personal no existe ya, en suma, un zombi. También comprobó que el remedio para ello es pensar por uno mismo, salir del rebaño, dudar, cuestionar, analizar, usar todas nuestras capacidades y potenciarlas cada día.

Luchemos contra el zombi que vive en nosotros y en nuestras sociedades cada día...

Pablo Veloso

COLABORADORES Revista Verdemente