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PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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¡Dios ha muerto! (Y se llama Maradona)

251 PABLOY sí, Dios ha muerto. Ya lo proclamaba Nietzsche en su famoso “Así habló Zaratustra”, y también ese marino heleno al grito de: ¡el gran Pan ha muerto!

Hay seres humanos en abundancia en esta tierra, pero cada tanto un dios se encarna, a veces por un rato, a veces por toda una existencia, y cuando lo hace nos conmueve, nos fascina, nos trastoca toda cordura y nos lleva a un éxtasis impensable otrora.

Los dioses nos rodean, ya lo decía Jung, el suizo que nos proponía dejar a un lado a la hegemónica razón y entrar en el paralelo y más amplio mundo de la imaginación; imaginación sí, pero no ilusión como pensaban los crudos ingleses, aquellos empiristas que en el árbol veían simplemente un vegetal.

Pero los soñadores como Blake, Swedenborg y el zapatero remendón de Jakob Böhme nos invitan a entrar al mundo imaginal, a aquel que se supone que no existe fuera de nosotros (no hay un afuera, nos dicen). ¡Cuántas veces nos hemos querido convencer de que no existen los dioses! Cada día al salir a la calle los pretendemos olvidar, los cambiamos por una concatenación aburrida de objetos: los coches, los semáforos, el tren, la gente, la tienda, la oficina; lúgubres presencias que nos vienen al encuentro cada tediosa y repetitiva jornada. ¿Dónde están los dioses de los antiguos, los de esos griegos que los podían hallar bajo cualquier piedra?

Están aquí, no pueden irse, sus destinos están imbricados con los nuestros, nos necesitan tanto como nosotros a ellos (aunque intenten arrogantemente aparentar que no).
Los dioses son muy variados: Ares el dios de la guerra, que se encarnó en el poderoso Aquiles, el que desafió y mató al valiente Héctor; Afrodita, la diosa del amor, que, bajo el aspecto de la hermosa Helena de Troya, encantó al enamoradizo e inexperto Paris. Los dioses se encarnan porque así se exploran y nos exploran, de la misma forma que nos gusta probarnos ropa, accesorios o pilotar un coche para experimentar las actitudes y respuestas que ellos nos generarán. Así nos descubrimos y crecemos en nuestro autoconocimiento. Y así también ellos, los dioses, nos “pilotan”. A veces lo hacen tímidamente, con un simple toque de heroísmo para el timorato de siempre y casi sin despertar sospechas, o generando una habilidad artística imprevista en alguien muy racional. Otras parece que se envalentonan y deciden descender con todas las de la ley, como pidiendo que les hagamos un espacio abundante en nuestra morada carnal. Y si no notamos su solicitud, nos sorprenden transformándonos en alguien por entero nuevo, un verdadero dios que arrancará por igual admiración y rechazo en los corazones de quienes lo contemplen, tal como lo haría un ser de otro planeta, porque eso es lo que son, alguien por entero diferente, una teofanía.

Contemplarlos es necesario para nosotros, porque nos enseñan en forma encarnada aquello que nos compone, tanto como si pudiésemos ver las entrañas misteriosas de la vida, aquello que la anima pero que se nos mantiene velado.

Un dios se ha encarnado en Maradona, sí, en “el Diego”, el “cabecita negra”; por ello hablaba siempre en tercera persona. Decía de sí mismo: “porque el Diego esto” o “porque el Diego aquello”, así habla quien se siente habitado, conducido, guiado por un daimón, como le sucedió al tal Sócrates que caminaba por el Ágora de Atenas perturbando a la gente que osaba cruzarse con él.
Maradona fue habitado durante años, y contemplarlo nos sanó de muchas cosas, tanto como se sienten sanados aquellos que contemplan a los dioses. No era mérito de él, ya que los dioses nos eligen, pero parece que sus tiempos no son los nuestros y a veces parecen cansarse o tener alguna mejor cosa que hacer, y simplemente se retiran satisfechos de lo que han aprendido y de las vidas que han cambiado al dejarse ver. ¡Ojalá seas de los que pueden verlos!

A lo largo de la historia recordamos a grandes hombres y mujeres cuya nota común era una y solo una: la de ser extraordinarios; y el requisito para serlo no consiste en esforzarse de más, sino en que uno sea elegido para encarnar lo que no puede conseguirse humanamente.

“Caminó entre nosotros”, diremos cuando alguno de estos dioses se haya ido. Nuestra memoria nos lo recordará siempre. Y en la historia ha habido muchos, algunos bondadosos como Jesús o Buda y otros terribles (pero todos dioses); sí, terribles algunos, como Atila el de los Hunos o el terrible Gengis Kan. También está el tramposo Hermes y el oscuro Hades, así como el colérico Poseidón. No nos gusta aceptarlo, pero hay todo tipo de dioses. Quisiéramos que todos sean Afrodita la hermosa y Apolo el brillante, pero no es posible porque la vida es contraste y lo necesita para ser.

Ellos son la sustancia de la que está constituida nuestra psique, nuestra mente. Conocerlos es conocernos. Contemplarlos es un proceso delicado, debemos mirarlos, pero sin caer en fanatismos o adicciones, tanto como no debemos hacerlo al escuchar la novena sinfonía de Beethoven o la flauta mágica de Mozart.

Diego Maradona fue habitado por un dios, yo estimo que pudo ser Hefestos (Vulcano par los romanos), el dios despreciado, arrojado del Olimpo por su fealdad y reivindicado por el propio y extraordinario esfuerzo del pobre herrero (ayudado por las ninfas), quien llegó así a ser el mejor y a casarse con la más bonita, quien como era de preverse, lo engañó.

¡Ay Diego! Cebollita que naciste en la pobreza absoluta de tu “Villa Fiorito” y que nadie hubiera dado nada por ti, y que sin embargo ante la atónita mirada del mundo, con tu escasa estatura y tu cabello extraño te remontaste por los cielos del fútbol como ese “barrilete cósmico” que fuiste hasta llegar a hacer ese “milagro”, esa “mano de Dios” que logró lo imposible: vencer al imperio anglosajón ensoberbecido tras una triunfal guerra en el Atlántico Sur mediante una simple portería en un campo de fútbol. ¿Qué podías ser sino un dios?

Pero los dioses caen en desgracia (como le pasó al poderoso Aquiles el invencible, o a Hefestos cuando su esposa Afrodita lo engañó con Ares). Así te pasó a ti, un día al despertar el dios se había ido, o quizás no, quien sabe; y todo se volvió oscuro, de color Gólgota, como el antiguo judío ante el duro madero y poco a poco se fue desvaneciendo tu gloria (“si es tan grande, que se salve”, decían) hasta apagarse por completo. Pero ¡qué gracia la nuestra que pudimos verte hacer las maravillas aquellas de las que nosotros jamás seríamos capaces! ¡Nos has bendecido Diego!

Pablo Veloso

De reptilianos, abducciones y otras hierbas...

250 PABLOSolemos pensar que nuestra psique es algo muy simple, una especie de “yo mismo y nada más”, que todo lo que queremos hacer simplemente lo hacemos y lo que no, pues nos abstenemos y ya. Lo extraño es que cada día somos controlados por impulsos variados, como por ejemplo la atracción por la belleza de otra persona, las ansias de comer cierto alimento, la resistencia a estudiar o a asumir responsabilidades, la fascinación por una serie que no podemos dejar de ver y que siempre habíamos afirmado que no veríamos nunca…la lista es interminable.

También, si hilamos fino descubriremos que, si nos proponemos pensar en algo determinado, digamos en resolver un problema, durante unos minutos, descubriremos que al rato ya estamos pensando en cualquier cosa menos en aquella a la que nos habíamos comprometido. Lo mismo sucede con nuestras emociones, en suma, que no controlamos prácticamente nada.
Sin embargo, lo más extraño es que pese a todo lo anterior sigamos pensando que somos una especie de unidad de consciencia compacta, productiva, autónoma y capaz de tomar decisiones claras en función de propósitos definidos sin desviarnos. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo es posible que sigamos pensando que tenemos el control cuando a todas vistas no lo tenemos?
Bueno, hay un antiguo símbolo de la circularidad de la vida que se llama Ouroboros. Se trata de una serpiente que se muerde su propia cola y así asume una forma circular, denotando por un lado la recursividad de la vida y por otro la idea de que cabeza (ego) y cola (inconsciente) pertenecen al mismo reptil.

Sin embargo, hablábamos más arriba de que tenemos la sensación de que lo controlamos todo, de que esa cola que mordemos no es la nuestra, de que, si quiero como un plato de tallarines y si no, pues ayuno. Decía Alan Watts que la única forma que tenemos de lograr este convencimiento consiste en que la serpiente posea una especie de “anillo insensible”, una parte muerta de su cuerpo que oficie como separación o desconexión entra un tramo y el que le sucede, y así poder (pretender, fingir) olvidar al resto de ella misma.

Eso mismo hacemos nosotros. Nuestra consciencia o ego con el fin de poder existir (y es necesario que así sea) necesita separarse de la totalidad colectiva y caótica que es para así poder ser una “parte” y poder interaccionar con otras “partes” como ella. Ello conlleva olvidarse fragmentos de una totalidad psíquica mayor, constituida por impulsos, pensamientos, tendencias que se mueven caóticamente.

El problema surge cuando por alguna razón el “anillo insensible” se vuelve sensible, y en vez de bloquear comienza a permitir, a dejar pasar. A ello lo llamamos “psicosis” o “emergencia de lo psicóideo”, lo que significa que comenzamos a tomar conciencia de lo que habíamos pretendido olvidar: que no controlamos nada.

Cuando ello ocurre, según nuestro trasfondo psicosocial (costumbres, creencias religiosas, experiencias vitales) vamos interpretando a esas fuerzas que ahora sentimos que nos controlan (siempre lo estuvieron haciendo) mediante metáforas que podamos entender, manejar, pensar. Así nacen los reptilianos, los extraterrestres grises, las abducciones, los demonios, ya sea que se manifiesten en sueños de realidad exacerbada, en visiones, en sensaciones, o como personas en la vida real (parejas tóxicas, sectas mesiánicas, conspiraciones gubernamentales), las que no serán más que el fiel reflejo de lo que estamos vivenciando interiormente.

Lo que está sucediendo es un intento desesperado de nuestra parte de volver a sentir algo de control con la esperanza de poder regresar a nuestro mundo habitual. A veces lo logramos y nos quedamos con una divertida experiencia para contar en una reunión de amigos o para entretener a nuestros nietos, pero en otras ocasiones la puerta se ha abierto de una forma tan radical que el regreso resulta muy difícil y a veces hasta imposible.

Hay una película protagonizada por Russell Crowe (el de gladiador) titulada “Una mente brillante”, en la que el actor desempeña el papel de un matemático que padece de estas “emergencias” de la psique profunda, en forma de voces y visiones. Durante toda la película lucha por superarlas (aún con medicamentos fuertes) hasta que finalmente se relaja y aprende a convivir con ello, acepta que no va a ser “normal” sino que en su caso su normalidad es otra, la de aquellos a los que la puerta de lo inconsciente se les ha entreabierto más de lo habitual.

Ahora, subsiste la pregunta acerca del porqué se detona esta situación tan incómoda. Bueno, tengamos en cuenta que nuestra estabilidad psicológica, a la que creemos tan segura y compacta es bastante inestable, que diferentes factores pueden hacernos tambalear esa supuesta “seguridad” de que somos “nosotros mismos”, y ello suele suceder cuando nos vemos sometidos a estrés, agotamiento o cuando ocurre algún acontecimiento radical en nuestras vidas (muerte de un ser querido, divorcio, conflicto), una crisis. Ello genera que el “tapón” con que evitamos la emergencia del caos a nuestra vida se afloje un poco y deje pasar “algunas cosas” o que se salga por completo y lo que emerja lo haga como un verdadero tsunami y toda nuestra vida se vea trastocada, generando nuestra desaparición como ente independiente (ahora nos sentimos a merced de “entidades del Averno”).

Pero ¿por qué algunas personas que pasan por situaciones extremas salen airosas y otras, ante la mínima sacudida se desbalancean por completo y se pierden en un brote psicótico o en una psicosis permanente? Eso lo determina nuestra manera de gestionar estas cuestiones. En general hay tres tipos de personas: están aquellos que poseen muchos recursos (amigos, entretenimientos, proyectos, motivaciones variadas) y que si les ocurre algo fuerte enseguida se refugiarán en otros intereses, afectos y motivaciones que les permitirán sostenerse en su cordura; luego los hay que apenas han apostado todo a una meta de vida o dos (matrimonio, carrera, salud) y que si los pierden entran en un estado de zozobra absoluta, con lo cual son vulnerables a cualquier emergencia de lo psicóideo. Pero por último tenemos a aquellos que, o bien por pertenecer a alguna de las antiguas tradiciones religiosas del mundo (cristianismo, hinduismo, budismo) o por haber iniciado una exploración profunda en los campos de la psicología, filosofía o teología poseen una comprensión (y posibilidad de asimilación) de aquello que los trasciende, ya sea que lo llamen demonios o psique inconsciente. Estos últimos son los más preparados para que cuando “algo se cuele” desde el abismo que también somos, tras un mínimo esfuerzo puedan integrarlo, no con el fin de meramente “reparar una fisura” sino de crecer mediante integrar aspectos que ahora enriquecerán su identidad vital.

Pablo Veloso

El secreto de la meditación

248 PABLOHas preparado tu sala de meditación con esmero. Tienes el cojín adecuado, el incienso, la foto de tu maestro cuidadosamente enmarcada, junto a una sutil vela que lo ilumina de soslayo.

Te sientas cubierto por tu manta india producto de tu último viaje al exótico país de los mil dioses. Estás a punto de formar parte de las miríadas de almas que se sumen (y se han sumido) en esas antiguas técnicas que pasan de maestro a discípulo en una cadena ininterrumpida.

Cierras los ojos como te enseñaron a hacer, tomas conciencia de tu respiración que ahora fluye sin esfuerzo. Todo es perfecto, una paz incomparable. Lejos está el mundanal ruido que te tocó vivir en tu arduo trabajo hoy. Ahora has regresado a casa, al útero.

De repente te das cuenta de que un pensamiento, uno que no debería haber aparecido te ha arrastrado lejos de tu centro, y es que acabas de notarlo, y junto a ello notas que han pasado varios minutos desde que comenzó a arrastrarte sin que lo notaras, ¡y recién ahora te das cuenta! Es terrible, has perdido unos preciosos cinco minutos o más en tu divagación.

¡Ahora caes en la cuenta de que otra vez te has dejado arrastrar! Esta vez por los pensamientos acerca del dejarte arrastrar de hace un rato, que te llevaron a aquella vez en la infancia en que desobedeciste a mamá. Pero te has dado cuenta por suerte. Vuelves a estar consciente, ¡menos mal! Enseguida caes en la cuenta de que ya casi se ha terminado el tiempo previsto para tu sentada meditativa, ya que otra vez, otro pensamiento derivado de los primeros te ha llevado de viaje...no lo puedes creer, ¿cómo puede todo haber resultado tan mal?

¿Te suena conocida esa historia? Pues es muy frecuente. Es la historia de todos los meditadores, lo quieran confesar o no. Muchos aprenden a estarse quietos como estatuas, ya que el cuerpo se acostumbra a todo y parecen verdaderos Budas, cuando por dentro la historia es otra.

Pero ¿qué es lo que sucede? ¿Por qué es que no podemos concentrarnos tal como deseamos y disfrutar de una paz consciente que inclusive podamos extender a todo nuestro quehacer cotidiano?

Pues vamos a examinarlo con cuidado. Cada uno de nosotros forja una imagen propia a lo largo de la vida, es lo que llamamos personalidad, la cual, por definición deja fuera aspectos de nosotros mismos que no cuadran con dicha imagen (a veces negativos y otros positivos). Así, cuando emprendemos cualquier proyecto, incluida la meditación, lo hacemos desde esa “media imagen”, con lo cual suceden dos cosas: una es que jamás alcanzamos dicha meta, ya que se nos acaba la energía muy pronto porque lo que habíamos descartado (la sombra) viene a nosotros con la intensidad de quien es rechazado y olvidado (es como si planeo meter un gol como Maradona porque creo que soy él, tarde o temprano la vida se encargará de demostrarme que disto mucho de serlo); y por otro lado el hecho de que éstas fantasías ejercen una fascinación irresistible en nosotros, y que mientras duran, olvidamos a la “media imagen”, lo cual nos relaja de la tensión que ella nos produce en su ficción.

Así, meditar queriendo alcanzar a Dios desde lo que no soy (la media imagen), enseguida traerá “distracciones” que curiosamente nos interesan tanto que nos perdemos en ellas. Si miramos a dichas distracciones con cuidado descubriremos que sus contenidos no son infinitos, sino que podemos agruparlos en seis o siete temáticas diferentes. Es como con las películas, las hay con tramas muy diferentes pero podemos agruparlas en unas pocas categorías (drama, comedia, etc). Estas temáticas suelen repetirse a lo largo de toda nuestra vida.

Habitualmente buscamos descartar las distracciones apenas las notamos para poder regresar a nuestra meditación y a nuestra media imagen, pero olvidamos que esas distracciones están buscando ser incluidas, integradas, de forma de generar una imagen más completa de nosotros mismos.

A éstas distracciones les llamamos “fantasías” o “tonterías”, y se nos presentan también durante el día como el “soñar despierto” y en el soñar por la noche. En todos los casos buscando ser reconocidas.

Para poder reconocer estas fantasías necesitamos compromiso, responsabilidad con el proceso y, para ello, comprensión de lo que sucede y de porqué lo hace. Entonces ¿es un error proponerse una meta como concentrarse, mantenerse como testigo imparcial, o buscar a Dios? Todo lo contrario. Cuando nos proponemos una meta es cuando aparecen las fantasías, y cuando nos autocastigamos por habernos distraído y volvemos a intentarlo con más ahínco es cuando aparecen con más fuerza.

Ya lo hacen hasta con metas cotidianas como hacer deporte o una dieta, pero con la iluminación (la meta de las metas) éstas fantasías nos invaden masivamente (es lo que los cristianos llaman tentación), lo cual es una gran bendición, porque si somos íntegros y responsables las iremos reconociendo y reintegrando hasta conseguir recuperar una imagen cabal de nosotros mismos, sólo para descubrir que...¡No somos esa imagen! Pues así es, nunca lo fuimos, solo que no lo notábamos porque estábamos ocupados peleando con nosotros mismos (entre partes de la imagen), pero ahora que la cosa se ha tranquilizado lo hemos visto.

¿Y qué somos entonces? Todo, la Vida, el Ser, y vemos ahora por qué no lo podíamos alcanzar: porque ya lo éramos. Sin embargo nuestro esfuerzo por alcanzar la meta rindió frutos, puso en evidencia las fantasías para que las integrásemos. De ello se trataba la meditación. Por eso es que nuestro maestro nos decía que pongamos más voluntad en concentrarnos, para que todavía brotaran más fantasías...

Así vemos que todo ser humano diariamente entra en absorciones involuntarias (pratyahara) fomentadas por la “media imagen”, y que si intentamos concentrarnos (dharana) surgirán de forma evidente estas fantasías que, si meditamos (dhyana) en ellas (meditar es reflexionar, de la raíz “medir”), podremos llegar a la integración (samadhi) suficiente como para “ver” (kaivalya). Podríamos resumirlo así: “Meditar es el arte de recuperar nuestros fragmentos descartados para que, en la tranquilidad que se suscita, poder ver que lo que creíamos ser no lo éramos, sino que siempre fuimos...Esto (y ello incluye a la imagen de nosotros mismos, ahora más cabal)”.

Pablo Veloso

COLABORADORES Revista Verdemente