Buscar

PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

facebookwww

Un anillo para dominarlos a todos...

247 ILUS PABLO WEBExiste un fenómeno apasionante que nos suele pasar desapercibido, y es el de la polivalencia de las cosas. Me explico, normalmente pensamos que a cada cosa le corresponde un solo significado, y lo llamamos “el correcto”, y a todo aquel que se atreva a contradecirlo o a intentar suplantarlo tildaremos de hereje redomado y le aplicaremos el castigo social pertinente, el de “necio” e “insensato”.

Quizá esta tendencia a significados únicos para cada cosa se deba a nuestro trasfondo monoteísta que nos inclina a pensar como Sauron en el Señor de los Anillos: “un anillo para gobernar los a todos”, es decir, un solo libro sagrado, un solo Dios, un solo partido. Como resultado: guerras y conflictos en nombre de la Verdad. Cuando Frodo o Gollum se ponían dicho anillo su identidad personal comenzaba a desvanecerse, y si continuaban acababan siendo nadie. El anillo único fascinaba a todos, porque la definición única empodera, da la sensación de control, de que hemos resuelto la vida…

Hoy, mientras impartía un curso acerca de la mecánica de la baraja “Lenormand” tomaba consciencia del hecho de que existen todavía ámbitos, como el de dicha baraja, en los que se alienta una polivalencia en todo lo que se toca. Y casualmente es ahí donde se promueve la intuición y el pensamiento imaginal.

Vamos a aclararlo con un ejemplo que proviene de la mentada baraja. La Baraja Lenormand es un juego de cartas creado a principios del siglo XIX en Alemania, y consiste en 36 cartas, cada una con una imagen arquetípica, como por ejemplo un árbol, una casa, un perro, la luna, el sol, etc. Son imágenes que evocan conceptos del estilo de: un perro representa la fidelidad, el estar en casa, el descanso, lo confiable. Así un concepto simple puede adquirir variados significados según el contexto de la pregunta que se haga cuando se lo utiliza como un oráculo.

Habitualmente pensamos de forma analítica, discursiva, así ante la pregunta de “¿cómo está el día?” Nuestra respuesta es inequívoca: bien o mal, esto es: blanco o negro, cero o uno, activo o inactivo. Eso es pensar analíticamente. Se trata de cortar con una espada a la realidad en dos posibilidades excluyentes. Es la idea del principio de no contradicción que proponía Leibnitz.

Sin embargo, la dinámica oracular es totalmente otra, pues no sólo propone otorgar variados significados a la misma cosa (ya no vale 0 o 1, sino que puede valer 2, 3, 5, 0, 1000), si no que comienza a agregar capas superpuestas de significados coexistentes y totalmente válidos, una polivalencia radical de todo lo que se presente. Es un verdadero desafío para el pensamiento habitual, por lo que nos abre una puerta hacia el mundo aquel en que “una imagen vale más que mil palabras”. Pero resulta que la vida es así, polivalente. Nosotros somos los que estrechamos el significado de algo para que sólo valga una sola cosa y nada más.

Decía Don Juan, de Carlos Castaneda que cuando un ser humano nace, lo hace con una apertura total a lo que él llamaba “nagual”, al caos primigenio, pero que poco a poco la educación iba reduciendo esa posibilidad absoluta a un solo significado por cada cosa, el convenido por la sociedad como un todo, y que era la ardua tarea del brujo el lograr que su consciencia volviese a abrirse a la totalidad (el le llamaba a ello el “mover el punto de encaje”).

Otro ejemplo lo tenemos en el canto armónico, un tipo de canto que hace lo contrario a lo que nos han enseñado. Cuando oímos hablar a una persona sorda de nacimiento vemos que no sabe “elegir” los tonos y por ello todo aflora, agudos, graves, medios… En el canto armónico aprendemos a des-aprender y hacemos que nuestra voz comience a emitir armónicos que habíamos cercenado de nuestro diario hablar, con lo que lo que se obtiene es una voz polifacética y angelical en la que varios tonos coexisten de forma mágica.

La baraja Lenormand hace lo mismo. No sólo posee sus imágenes evocadoras de múltiples significados, sino que también incluye multitud de técnicas para utilizar y reutilizar las mismas cartas que aparecen en la mesa de formas diferentes. Es como si yo dijera la frase de base: “la bonita casa de campo deleita a todo el mundo”, pero ahí mismo comenzase a tomar la palabra mundo y la mezclare con la palabra casa, con lo que podría resultar que el mundo es como una casa, y luego decidiese mezclar bonita con campo, con lo cual obtendría que el campo, que evoca regeneración por ser la naturaleza, y por otro lado bonito, que es algo agradable de ver, llevadero, con lo que resultaría que hablaría de una recuperación de un problema de vida de una forma muy llevadera y agradable. Imaginemos ahora que comenzamos a hacer toda clase de interrelaciones como esas… hasta el paroxismo. ¡Nuestra mente racional se rompería en mil pedazos!

Lenormand no se limita a ello, sino que cada carta posee unos “insertos” de cartas de póker, es decir que además disponemos de un meta-nivel de interpretación, ya que podemos hacer coexistir el nivel de la imagen de la carta ya citado, con todas la combinaciones posibles e imposibles, y ahora agregarle el meta-nivel de las cartas de póker, que a su vez tendrán su interacción tal como lo hacían las imágenes, pero que además podrán interaccionar con las propias imágenes. ¡Multiplicando así las posibilidades de resultados coexistentes!

¡Qué plano es nuestro pensamiento habitual! ¿Una cosa es solo una cosa?

¿Y después nos preguntamos por qué existen todavía los oráculos, los libros sagrados y los mitos? Yo te lo responderé: ¡porque rompen la limitación impotente del pensamiento analítico!

Si te preguntas cómo es que podrías acercarte de forma simple a esta polivalencia de significados, te propongo que leas La Biblia con sus mitos, o la mitología que más te guste, o bien acercándote al mundo de los oráculos, en suma, animarte a tocar una imagen (pictórica o relatada en palabras) y darte el permiso de volar con la imaginación e interpretarla de mil maneras.

Don Juan de Castaneda decía que un brujo, a veces se pone en pie, arroja su sombrero al suelo, da una vuelta alrededor de él, y con ello anuncia que va a contar una historia conocida pero de forma modificada, y quizá cuente que Alejandro Magno vivió hasta los noventa años, y que fue sabio y feliz como hombre de familia… ¿por qué no?

Pablo Veloso

La Zombificación actual

246 ILUS PABLOLas películas de zombis han sido siempre un éxito desde que han comenzado a producirse, y esto se debe a que apelan a algo que todos sabemos muy bien pero que nos cuesta mucho reconocer: conviven en nosotros dos naturalezas, la netamente humana, racional y constructiva, aquella que busca sobreponerse al atractivo y fascinante hechizo de la comodidad, de volver al útero, y la que nos pide entregarnos por fin, dejar de luchar, deslizarnos hacia la nada que nos antecedió antes de nacer, y que nos continuará luego de morir.

El mito del zombi nace en Haití, pueblo pobre y maltrecho si los hay, constituido por ese resabio de esclavos sometidos que un día fueron una gran nación, pero que ahora son una muy golpeada, cuna de animismos exportados de su continente original: África.

Se dice que un brujo hace beber a su víctima algún filtro diseñado con ese fin, de forma que entre en un estado cataléptico que haga pensar a sus allegados que ha muerto, y de esa forma conseguir que lo entierren. El “muerto” despertará unas horas más tarde y el brujo lo sacará a la superficie, pero ahora reducido a una servidumbre de la voluntad hacia él de por vida y con una notoria reducción de sus capacidades críticas.

Esta figura del zombi llega al cine de la mano de George A. Romero y luego sufre toda clase de reediciones variopintas, desde zombis “comecerebros” torpes, a otros capaces de correr y de manejar armas, llegando incluso a la figura del “zombi recuperado”. Pero lo que distingue a dichas producciones es el notorio éxito de taquilla que poseen. Este aspecto no es gratuito, denota una resonancia muy marcada con algo que todos intuimos: bajo nuestro “barniz” de sofisticación y lógica llevamos un zombi en toda regla pugnando por aparecer.

Pero antes de emitir juicios sobre la afirmación anterior veamos algunas de las características que poseen para determinar si nos reflejan en algún sentido:

Están hambrientos todo el tiempo, especialmente de carne humana.

Esto es, son seres reducidos a un funcionamiento maquinal, esencial, por lo que carecen de lo que los distinguiría como humanos, lo que los lleva a toda costa a buscar “consumir” lo humano, tal como los vampiros que, al no tener vida en ellos la consumen de otros bebiendo de su sangre. Cuando nos deslizamos a vidas sin sentido, maquinales, productivas, repetitivas, acabamos “consumiendo” desesperadamente representaciones de artistas o de gente creativa en general debido a que “estamos muertos”, y además, el sólo ver gente creativa y viva alrededor nuestro nos pone en una evidencia incómoda que se evita fácilmente deshaciéndonos de ellos cuanto antes (muchas veces apelando a la crítica cruel).

Fuerza sobrehumana

Normalmente controlamos y administramos nuestro esfuerzo en relación con nuestras reservas y con el riesgo de enfermedad y/o accidentes, esto es, pensamos y evaluamos antes de actuar. Una persona “zombificada” actuará a fondo como si no hubiera un mañana. Vemos frecuentemente gente que se encuentra deteriorada física y mentalmente por someterse a riesgos y esfuerzos desmedidos y necios.

Olfato y oído muy desarrollados

El ser humano se caracteriza por poseer un sentido de la vista como sentido superior, combinado con el pensamiento reflexivo, mientras que lo animales se suelen manejar más por sentidos primitivos como el olfato y el oído. Los seres humanos “zombificados” son capaces de “oler” a alguien a la distancia, de sentir al instante si eres de su “rebaño” (partido político, religión, equipo de fútbol, etc) o no, rechazándote antes siquiera de que te acerques a ellos.

Funcionan en grupo, en “rebaño”

Forman una masa indiferenciada de seres que caminan, se arrastran y gimen, moviéndose sin dirección clara, dejándose arrastrar por olores y sonidos eventuales. Es el “hombre masa”, que no es capaz de tomar decisiones propias, tan solo obedece al “silbido” de su líder sin dudar, sea éste un gurú, maestro, líder político, o simplemente su jefe.

Se deteriora constantemente

La vida se sustenta en luchar contra la decadencia, en “componerse” todo el tiempo ya que, tal como sabemos bien, si no hacemos un esfuerzo diario por mejorar, sea estudiando, comiendo sano, haciendo deporte, etc. nos iremos deteriorando poco a poco. Al hombre zombificado no le importa componerse, por lo que día a día se desintegra más, acercándose a su tan deseada nada, tan ausente de participación en la vida como la de un bebé.

Muerte por destrucción del cerebro reptil

Lo único que mantiene al zombi funcionando es un cerebro primitivo, reptil, que le permite mantener las funciones más básicas, por ello es que al destruírselo todo cae. El hombre zombificado se caracteriza por carecer del cultivo de cualidades intelectuales superiores, de sólo vivir “porque el aire es gratis”, por lo que sé limita a comer, dormir, trabajar, aparearse y defenderse.

Altamente infeccioso para los demás

Es sabido que el mínimo contacto con cualquier fluido de nuestro cuerpo con el de un zombi nos condena a convertirnos en uno de ellos. Su condición es tan fascinante para nosotros que cualquier contacto con personas zombificadas nos lleva a recordar lo agradable que era no tener que tomar decisiones, pensar, asumir responsabilidades (estado que disfrutábamos en la niñez), con lo que enseguida nos dejamos fagocitar por ello, por lo que en un santiamén nos encontraremos siendo un zombi más del rebaño.

Todo lo anterior nos lleva a reflexionar que resulta muy tentador para cualquiera de nosotros el deslizarnos hacia conductas y hábitos que poco a poco van anulando lo que nos hace humanos, el pensamiento reflexivo, crítico, la capacidad de dudar de todo, y nos vamos convirtiendo en “entes” que pululan por la vida haciendo cosas habituales, como trabajar, formar una familia y pagar impuestos, pero habiendo sacrificado aquello que nos dignifica, el preguntarnos por cuestiones esenciales como ¿quién soy?, ¿cuál debería ser mi destino?, ¿qué es la vida?

Y la razón por la que hablamos sobre este tema hoy, y por la que también consumimos ávida mente ese tipo de películas es porque nos fascina la posibilidad de regresar al estado de zombi, al útero materno, a la masa indiferenciada en que no teníamos que pensar… y caminar por la vida deambulando erráticamente mientras murmuramos: ¡cerebros! (así decían los zombis en las películas de Romero).

Ya lo comprobó Philip Zimbardo con su experimento en la universidad de Stanford titulado “el efecto Lucifer”, en el que demostró como la masa va absorbiendo al individuo y lo arrastra hasta estratos muy primitivos donde la voluntad personal no existe ya, en suma, un zombi. También comprobó que el remedio para ello es pensar por uno mismo, salir del rebaño, dudar, cuestionar, analizar, usar todas nuestras capacidades y potenciarlas cada día.

Luchemos contra el zombi que vive en nosotros y en nuestras sociedades cada día...

Pablo Veloso

La pandemia y el arquetipo del apocalipsis

245 ILUS PABLO¿No resulta sospechoso que nos atraigan tanto las series del estilo de Walking Dead o Resident Evil, y que estemos hoy en medio de una pandemia mundial bajo el asedio de un ser minúsculo, que no podemos siquiera discernir qué es lo que realmente hace? Pues no, en absoluto.

Ya de por sí, el hecho de que nos fascinen dichas producciones post-apocalípticas nos da un indicio claro de que tenemos una fijación (obsesiva diría yo) con el caos, con aquello que no podemos ver ni entender y que, dado que nos las hemos arreglado para creer que hemos eliminado de nuestra construcción cultural toda traza de lo no controlable, ahora lo necesitamos con desesperación. Y por ello, nos lanzamos sin desparpajo a consumir toda expresión artística que lo denote.

¡Tanto es así que ahora mismo somos los protagonistas de nuestra propia serie apocalíptica! ¿Pero cómo es que llegamos hasta aquí? Bueno, las culturas que nos precedieron convivían con las fuerzas de la naturaleza, brutales y destructivas. Nosotros también lo hacemos, pero de forma mesurada, un poco de frío o calor, alguna tormenta, un tsunami de vez en cuando. Pero normalmente nos guarecemos en nuestras casas y la ayuda llega pronto, en el caso de que haya cortes de suministros o destrucciones materiales. Ello nos hace creer que el orden es lo real y el caos es sólo algo que ocurre una vez cada tanto tiempo. Es un craso error. El caos es la existencia, y el orden es tan sólo un ápice, un mero fragmento de ello, y ahora mismo lo estamos descubriendo con pesar. Los virus (veneno en latín) existen desde mucho antes que nosotros, y también las destructivas y caóticas fuerzas de la naturaleza, pero elegimos crear un orden social pretendiendo que no es así.

Los antiguos poseían símbolos (mitos) para poder establecer vínculos con lo caótico, y así sus formas de vida resultaban más armónicas (no padecían de psicosis o neurosis por ejemplo). Sus comportamientos habituales los hacían participantes del mundo que los rodeaba en lugar de ser meros invasores como nos pasa a nosotros. Ello les permitía dialogar con el medio, con lo que no comprendían, ya sea que proviniese desde fuera (fuerzas meteorológicas) o desde dentro (virus y emociones), ya que cuando uno simboliza algo que no ve, puede comenzar a escucharlo, con lo cual se abre la puerta a la bidireccionalidad, al diálogo.

En el cristianismo y el judaísmo hay un principio fundamental que es el de la justificación (dikaiosis). Cuando salamos algo lo volvemos salado, cuando lo endulzamos, pues dulce; pero cuando lo justificamos lo volvemos justo. Volver justo a alguien o algo es darle otra categoría.

Pensemos en un prisma, en ese cristal que, ante un haz de luz blanca, genera el espectro de colores que vemos por ejemplo en un arco iris. ¿Qué hace? Pues tamiza, cierne, transforma a través de un proceso a lo que es crudo y monolítico (luz blanca), en pluralidad y belleza (espectro luminoso). Ése es el fenómeno de la justificación, y cuando se pone en marcha, produce una dignificación de la vida humana por otorgarle un claro propósito, lo que se traduce en la felicidad de saberse parte vital de un gran proceso orgánico llamado vida.

Vamos a aclarar todo esto con un ejemplo sencillo. Imaginemos un huracán, un bestial y destructivo viento destruyendo todo a su paso y propongamos tres escenarios posibles. En el primero, nada ante él ¿qué sucederá? Pues nada, el viento circulará sin obstáculos y nada habrá ante él que le presente el desafío de ser “tamizado”. Ello es equivalente a cuando el impulso de matar surge a alguien que carece de todo prurito moral, sencillamente matará y dormirá como un bebé esa noche, tal como haría cualquier bestia salvaje. Allí no ocurre “justificación alguna”.
En el segundo escenario encontramos una pared que le hace frente al viento. Según su robustez puede que aguante más o menos tiempo, pero tarde o temprano puede que caiga ante el embate brutal del viento. Es el caso de alguien que posee propósitos de vida individuales, narcisistas, del estilo de: yo hago lo que me place y la vida no es nadie para arruinar mis planes. En este caso tampoco hay justificación, ya que el viento no sufre transformación alguna, simplemente contiende contra la pared, que puede aguantar o derrumbarse. Es la condición más habitual, la de nuestra sociedad que no incluye al caos, a las emociones (lo que nos “mociona”) porque tenemos nuestros propios planes.

El tercer escenario es el de una pared también, pero con un agujero en su centro por el que el huracanado viento puede pasar en una medida, con esfuerzo, con lo que el viento se ve no sólo descomprimido en su embate contra la pared, sino también transformado, ya que al pasar a través se “parediza” se justifica (y la pared se “vientifica”), y del otro lado saldrá un “viento tranquilo”. Habrá sucedido un diálogo, una interacción. Dolorosa sí, y mucho, ya que la pared debe permitir el pasaje de lo brutal a través de ella misma y ser transformada por el proceso, y a la vez el propio viento también lo será. Pensemos en el caos como emociones, virus, personas pendencieras y sucesos externos que nos acontecen cada día, que necesitan ser justificados, transformados por nosotros.

Los primeros dos casos son inútiles para la vida, el primero de ellos porque es caos encontrando caos, con lo cual el resultado es más caos. No hay justificación. En el segundo porque el caos es resistido, aguantado, con lo cual no hay tampoco justificación. Solamente en el último sucede lo que Jesús llamaba la transformación del dios del antiguo testamento duro y cruel (Yahveh) en el dios de Amor del nuevo testamento. Pero para ello hace falta que un “justo” (Jesús en este caso) sufriera, soportara el embate de “la ira de Dios”, de esas fuerzas primarias circulando a través suyo (cruz), y así “redimir los pecados del mundo” (caos) o “lavarnos con su sangre” (justificación de la vida entera).

La figura mítica de Jesús es la del “anthropos” el hombre primordial, el modelo a emular. Se trata así de abrirnos al caos de cada día (el “varón de dolores” del salmo 22), el de nuestras emociones (miedo, ira, entusiasmo) y el externo, pero no meramente “aguantando” (como el de la pared sin agujero) sino dialogando con ello, dejando que nos atraviese, incluyéndolo en nuestras vidas y en la forma en que construimos sociedades. Y veremos como el panorama cambia, como dejamos de esconder la cabeza (como hace el avestruz) y empezamos a convivir con el eterno caos. Así ni nos fascinarán tanto las series de zombies ni nos sorprenderán las pandemias…

Pablo Veloso

COLABORADORES Revista Verdemente