PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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Los oráculos y el pensamiento abstracto

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Imaginemos que existe dentro de nosotros la habilidad para interpretar lo que acontece en el mundo, y que no se relaciona con comparar elementos, sino que es algo cercano a lo que llamamos intuición, que es una cualidad elusiva, que sólo aflora en circunstancias precisas, puntuales, escasas, pero que sabemos que nos aporta las “piezas” que nos faltan para completar el complicado puzle del decidir en nuestra vida diaria.

Supongamos que está en la disyuntiva de si casarse o no, y no le resulta tarea fácil inclinarse por una u otra opción. Normalmente lo que hacemos es sopesar, contrastar, evaluar y revisar los “pros” y los “contras”, analizar en detalle cada aspecto implicado en la cuestión, y tras agotadoras horas (o semanas), descubrimos que estamos más o menos donde habíamos comenzado. Entonces quizá apelemos a la estadística, y miremos qué es lo que elige la persona promedio en una situación parecida, llegando a la conclusión de que, por más que lo más frecuente sea elegir “x” o “y”, a nosotros sigue sin convencernos. Sentimos que hay un “algo más” que nos está quedando fuera de la ecuación, pero, ¿qué es ese algo y cómo traerlo a la palestra para que nos ayude a decidir?

Los antiguos lo tenían más claro, sabían que las situaciones turbias y vagas, los enigmas, permitían que aflorase ese “algo” que “sabe” que alguien nos está engañando en medio de una conversación, por más que nuestro scanner analítico-racional nos diga que no hay motivo para preocuparse, que ninguno de los signos peligrosos está presente. Hablamos de ese conocimiento que sabe cosas de un golpe, y no por la minuciosa acumulación de datos sobre algo.

El mundo de los oráculos, ya se trate de cartas, como el tarot o las sibilas, o bien de dados, posos de café o entrañas de animales, astrología o bolas de cristal, funciona siguiendo un patrón sumamente reconocible que detallaré a continuación.

Lo primero es la cuestión, el tema a tratar, por ejemplo: -“¿debería casarme con María?”. Vemos que es un tema literal, concreto, con nombres y apellidos, con direcciones y caras, cosa que ya, el consultante de turno ha desgranado y revisado una y mil veces bajo el aspecto analítico-crítico-deductivo-inductivo sin el menor asomo de conclusión clara.

En segundo lugar está el soporte, el elemento que será utilizado como “trampolín” para comenzar el distanciamiento del mundo analítico-racional, esto es, las cartas, dados, bolas, o lo que sea. Elegiremos las cartas para nuestra explicación.

En tercer lugar comienza, normalmente por parte del intérprete, un trabajo con los símbolos que van surgiendo sobre la mesa, los cuales son concretos, como por ejemplo una casa, un ancla, peces, un barco, un oso (hablo en éste caso del oráculo Lenormand). Este trabajo consiste en comenzar a generar una variedad amplia de abstracciones a partir de los elementos concretos dados. Por ejemplo: un barco puede entenderse como viaje, traslado, flotar, deslizarse, moverse, estadio intermedio (entre dos estabilidades), buscar estabilidad (sólido) entre las emociones (agua), de forma tal que ahora la figura concreta de un barco ya no importa. Hemos dado un salto hacia lo conceptual, ahora estamos más cerca del mundo abstracto de las ideas (de los arquetipos junguianos o del mundo de las formas de Platón).

La ventaja de entrar en un mundo abstracto es que podemos hacer valiosas analogías y símiles, del estilo de: “así como un barco viaja por el mar hacia su destino, así también alguien puede hacer un desplazamiento interior y arribar a nuevos descubrimientos”, o podemos apelar a metáforas, como por ejemplo: “un barco navegando es una nube surcando el cielo”. O mejor todavía, podemos usar una hipocatástasis, que es una figura del lenguaje que presenta las metáforas de forma categórica: -“una nube que surca el cielo raudamente evitando a las aves en vuelo”.

Pero podríamos crear entonces una alegoría, sea con metáforas o con hipocatástasis, del estilo de: -“la nube fluye por el ancho cielo, evitando a las aves en vuelo, se mantiene compacta, se deja llevar por el viento, y echa de menos a las altas torres que va conociendo en su camino”.

Pero, ¿qué tiene todo ello que ver con la pregunta original de si casarse o no? Pues mucho. Lo que hicimos hasta ahora es “levantar vuelo” desde el mundo literal, concreto y analítico, al conceptual, abstracto y alegórico, de forma tal que ahora, con nuestra pequeña historia de la nube, muchos elementos comenzaron a surgir. Si revisamos nuestra pequeña alegoría veremos palabras como: fluir, evitar, echar de menos, conocer.

¿Qué hacemos ahora? Pues personalizar la alegoría. Por ejemplo podríamos decirle a nuestro consultante, aprovechando las palabras que hemos obtenido: -“Es necesario que te relajes y que fluyas hacia tu meta, la boda (el destino del barco) y que no pienses tanto, que te mantengas compacto (como la nube ante el viento). Trata a la vez de evitar a quienes te critican o te dan malos consejos (las aves), y no te preocupes por lo que dejas atrás (las torres), que continuamente seguirás conociendo nueva gente (nuevas torres)”.

Fijémonos cómo partiendo de un bloqueo racional, una decisión imposible, llegamos a nuevos elementos que nos aportan otras perspectivas, que pueden ayudarnos a tomar decisiones desde ángulos que no habíamos visto antes por tener los pies demasiado “en la tierra”.

Pero emulando a los antiguos oráculos, como al de la Pitia de Delfos, podríamos dar un paso más, que convertiría a nuestro discurso en una potente herramienta capaz de abrir las puertas de lo inconsciente una y otra vez: podemos crear un enigma.

Un enigma es como encriptar algo, solo que mantendremos algunos elementos reconocibles, de forma tal que el consultante pueda saber por dónde camina, aunque no del todo.

Recordemos nuestra alegoría: “la nube fluye por el ancho cielo, evitando a las aves en vuelo, se mantiene compacta, se deja llevar por el viento, y echa de menos a las altas torres que va conociendo en su camino”). Un ejemplo de encriptación seria: “Ser blando es la clave (por la nube), ellos vendrán, no te aflijas (por los pájaros). Resiste, las anclas del pasado ya no te pertenecen (por las torres), las primicias están allí, busca”.

Así podemos ver como al acto adivinatorio es una forma de encontrar respuestas posibles frente a un problema determinado, apelando a una capacidad dormida, susceptible de ser despertada por el pensamiento simbólico-abstracto. Podemos ver así como la adivinación no es más que la intención de conocer el parecer de los dioses (lo inconsciente).

Pablo Veloso

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

Buddhi, la mente iluminada

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Partamos de buddhi o el intelecto. Normalmente entendemos “intelecto” como “mente” (sí, así de planos somos), como pensar, o como mucho como ser “inteligentes”. La palabra “inteligencia” proviene de inte-leggere y significa “leer entre líneas”. Entonces, alguien que utilizase su intelecto (buddhi), estaría viendo cosas que otros no ven. Por ejemplo, alguien dice: -sí, a las cuatro estaré allí, tú espérame dónde acordamos-. Una persona que esté funcionando a través de su mente habitual (manas) tomará esa afirmación por lo que su contenido lógico expresa, por lo que seguramente irá a las cuatro al punto de encuentro. Por el contrario, una persona que estuviera funcionando también a través de su intelecto (buddhi) sospecharía de los gestos corporales que el emisor de la afirmación hizo visibles (gestos faciales, postura corporal, inflexiones en la voz, antecedentes del individuo, rapidez en el habla, mirada, etc…), y quizá llegaría a una conclusión diametralmente opuesta. Y por ello no acudiría a la citada reunión, sabiendo que su interlocutor probablemente dijo eso tan solo para salir del aprieto en que se encontraba, pero que no tenía la más mínima intención de cumplir lo que sus palabras afirmaban.

Los griegos llamaban a la mente habitual, psique o alma (pronunciada “psijé”), y al intelecto nous o “espíritu” (pronunciado “nus”). Podemos imaginar a la mente cotidiana como aquello que está muy comprometido con los datos evidentes y al intelecto con aquello que escudriña buscando lo que no está expuesto pero igualmente está allí. Si funcionamos tan solo en el ámbito de la mente cotidiana nuestro mundo estará basado en lo dado. Así si “a” es “a” y “b” es “b”, así lo recordaremos siempre que alguien nos lo pregunte, pero si un día alguien osara preguntarnos: -¿y si mezclas “a” con “b” que sucede?-. No sabríamos responder, porque para ello habría que tener una capacidad de imaginar algo que no está allí, algo que quizá no sucedió todavía, y eso es campo del intelecto.

Aunque parezca mentira, un gran porcentaje de la humanidad jamás echa mano del buddhi o intelecto, y tan solo baraja datos (qué equipo ganó ayer, si lloverá mañana, qué bonita es fulana, no me gusta mengano o si subirá el precio del combustible), es decir, es incapaz de aplicar el poder de síntesis, porque para ello hace falta la “abstracción”, palabra cuyo sentido nos habla de “sacar de lo visible, de lo dado”. 

Cuando hablamos de la intuición en contraposición a la razón, nos referimos al intelecto. Si planteáramos todo el sistema enumerativo que el samkhya nos propone como una especie de árbol (como el de la kabbalah), tendríamos al purusa arriba del todo junto con prakritti a su lado, luego un poco más abajo mahat, y enseguida el antahkarana que estamos examinando, comenzando (desde arriba) por buddhi. Esto nos pone en evidencia que quien funciona frecuentemente desde buddhi se encuentra  más cerca de purusa por lo que, si imaginamos a purusa como un sol, el sol de la mónada vital, buddhi sería el principio (del antahkarana) que está más “calentito”. Tal como una bola de hierro que ponemos cerca de un fuego toma calor y también lo irradia, así también el intelecto es aquel en quien se pone en evidencia la irradiación del “Espíritu Supremo”, por lo que todo lo que exprese el intelecto tendrá ese “perfume” de profundidad y armonía. A diferencia de manas o la mente racional habitual, que por estar más alejada, se encuentra más “fría”, y todo lo que de ella provenga carecerá de la profundidad citada más arriba.

Todas las prácticas meditativas buscan disminuir el “ruido mental”, es decir, el funcionamiento de manas o la mente habitual, de forma que se ponga en evidencia el sutil funcionamiento de buddhi. A veces nos pasa en la vida cotidiana, casi por casualidad, que nuestra mente por un momento se calma, y surge allí mismo un pálpito, una intuición, que para nuestra sorpresa, nos da la clave para la solución de un problema que acarreábamos desde hace días sin dar con la solución.

La mente racional (manas), tan solo acumula datos y se basa, para funcionar en raga y dvesha (atracción y rechazo). Ya lo dijimos, la mente habitual ve objetos aislados y los cataloga. Era tarea del vaisesika o ciencia el catalogarlos “allí afuera”. Pero es la del samkhya el hacerlo “dentro”, por lo que el mismo árbol que la ciencia catalogó como perteneciente a tal y cual familia botánica, el samkhya o psicología, a través de manas o la mente se sentirá atraída o repelida hacia el mismo árbol. 

Vivimos en un mundo de manas o mente habitual, que cataloga todo lo que ve bajo los simples parámetros de “me gusta” o “no me gusta”. Y en eso se encuentra la respuesta de por qué no hay armonía en nuestro mundo actual. No hay buddhi o intelecto. El intelecto, al contrario de la mente diría ante el mismo árbol: -ése árbol es como una imagen de mi vida, tengo mis “raíces” en la “tierra” de mi pasado familiar, pero la voluntad, mi “tronco”, me ayuda a erigirme alto para que las “ramas” de mis aspiraciones me permitan elevarme hasta dónde la “luz del sol” de Dios me puede nutrir. Y así es que llego a dar aquellos “frutos” que no ocurrirían de otra manera-. ¿Qué ha hecho el buddhi con la visión de un simple árbol? Pues no se ha centrado como hizo la mente en “me gusta” o “no me gusta”, sino que supo ir más allá, se “salió” de los límites literales que el árbol le imponía, y alcanzó sutilezas propias de los poetas, pudiendo de esa forma, utilizar como soporte o sustrato, un simple árbol, para proyectarse al infinito…

Por ello decía Heidegger que la poesía era la forma más adecuada para hablar de lo sublime. Sin embargo, nuestro mundo actual carece por completo de poesía, de música, de pintura, aunque aparente tenerla y en grandes cantidades gracias a las redes sociales, porque lo que cuenta no es la cosa en sí, sino desde qué posicionamiento se la aborda. Esto es, yo puedo estar frente a la más maravillosa pintura, u oír la sinfonía más conmovedora que jamás se haya compuesto, y sin embargo abordarlas desde mi inercia consumista, positivista, por lo que la pregunta que me estaré haciendo en el momento en que esté frente a ellas es: -¿y esto de qué me sirve?- De lo más triste.

Pablo Veloso

(fragmento del libro de Pablo: Veloso Sadhana, el Camino Interior)

Ahora, dado que nuestra cultura es pro-hombre, y tiende a deificar todo lo masculino (la fuerza, el poder, la razón, la agudeza), la mujer ha acabado pensando que su naturaleza es débil y errónea, que debe cultivar cualidades que la pongan a la altura de las circunstancias en un mundo que exige, valora y premia sólo  valores masculinos. Así la mujer se ha convertido en heroína, empresaria, fría funcionaria, política, etc. Lo anterior le ha parecido un progreso, tanto como me parecería a mí un progreso el cortarme un brazo en una cultura en que se propusiera como ideal el ser manco.

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

“Sadhana, la práctica hace al maestro”

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“Sadhana, la práctica hace al maestro”

Supongamos que soy una persona que me suelo enfadar por cualquier cosa, basta la menor provocación como para sacarme de quicio. Un día doy con una persona que vive en un nivel (bhumika) en que eso no sucede, porque hay una consciencia diferente de las propias emociones desde mucho antes de que “lleguen a la superficie”. Esa persona se traba en conversación conmigo y me cuenta cómo gestiona sus emociones para no tener arranques de ira. Para ella es su condición natural, no es una técnica, es su modo de actuar en el nivel en que se encuentra. Cuando me lo traslada y comienzo a probarlo, se convierte en una práctica, en algo en que me esfuerzo (sadhana) por instalar en mí. 

Cuando “adquirimos” una práctica nueva para nosotros, que es un modo de ser normal para el bhumika superior (pero para nosotros es ajeno), pueden pasar dos cosas. Una de ellas es que lo descartemos en menos de lo que canta un gallo, ya que notaremos enseguida que no nos resulta “natural” y nos requiere esfuerzo. Y otra es que poco a poco la práctica nos vaya transformando (adhikara) y nos encontremos sintiendo que no es ya más una práctica sino nuestra nueva manera de ser, con lo cual tendremos la certeza de que estaremos en el siguiente nivel, ya bien establecidos.

Ahora, ¿cómo hacer para tener el entusiasmo suficiente como para mantenernos en una práctica (sadhana) el suficiente tiempo como para que modifique nuestro modo de ser (adhikara)? Bueno, tanto el hinduismo como las demás tradiciones espirituales del mundo poseen técnicas “motivadoras” para generar el necesario entusiasmo en sus miembros. Esto lo logran con promesas de estados perfectos, poderes paranormales, capacidades especiales, una felicidad infinita, e innumerables propuestas. Todas ellas, vistas desde un bhumika inferior, resultan sumamente apetitosas. Pero una vez establecidos allí, nos daremos cuenta de que no era todo tal como prometía la publicidad. Sin embargo, para ese entonces ya estaremos allí situados de manera estable y cómoda.

Es notorio como los textos hindúes exageran en exceso describiendo cómo se obtendrán todas las riquezas que uno desee: las mujeres desfallecerán de amor ante nuestra presencia, lograremos cualquier meta que se nos ocurra desear, etc… Estudiar la vida de los “santos y sabios” nos permite entusiasmarnos con sus historias creadas para que despierten en nosotros la más pura ambición por ellas, de forma tal que se movilice nuestro fuego interior (kundalini), nuestra libido, esa energía que es la responsable de que se produzca el salto deseado.

Eso es lo que ocurre en la siguiente historia: “había un hombre muy ambicioso, de esos a los que solo les importa amasar fortuna, y cuanto más mejor. Se había enterado de que si repetía suficiente cantidad de veces un mantra a la diosa de la fortuna (Lakshmi), ella se le aparecería y le regalaría una cintamani o joya que concede todos los deseos a quien la posea. Ni corto ni perezoso decidió comenzar con la práctica. Se sentaba en la postura de meditación día y noche esperando la aparición de la diosa. Por más que estuvo más tiempo del que se decía que era necesario no hubo respuesta alguna de parte de Lakshmi, por lo que, pese a llevar varios meses practicando, decidió darle un tiempo más, por las dudas. De forma tal que pasaron casi sin notarlo, primero un año, luego dos, y al fin cinco. El hombre meditaba muchas horas todos los días y la gente se reunía a su alrededor a admirar el portento, ya que su cuerpo brillaba como el sol. Finalmente un día, la diosa se le apareció y le dijo: -aquí estoy, toma la joya cintamani, te la has ganado, podrás con ella tener todas las riquezas que jamás hayas soñado-. Pero el hombre le contestó: -si te me hubieses aparecido hace cinco años, con gusto sumo la hubiese aceptado, pero ahora, después de todos estos años de meditar y conocer mi mente, he obtenido una paz tan grande, que esa joya me parece insignificante. Igualmente mil gracias bendita diosa, pero dásela mejor a otro que la desee realmente-“. 

En esta historia vemos claramente cómo se da el proceso para generar el “salto” de nivel. El hombre jamás se hubiera puesto a meditar si no hubiera sido por la promesa de la joya. Pero el proceso está diseñado teniendo en cuenta que cuando una persona realmente da el salto hacia el siguiente nivel, la promesa falsa ya no le importará, y que lo que encontrará allí, en materia de armonía mayor, paz, alegría, bienestar, serán suficiente motivo para que no solo se establezca definitivamente en el nuevo nivel, sino para que ya ni se acuerde de que lo engañaron para llegar allí.

Se dice que de nada sirve que el buscador opine que es necesario cambiar, o que “debería” hacer esto o lo otro, que simplemente no funcionará. La razón por la que esto sucede es que falta un elemento clave en la ecuación, y este es la motivación, que no es otra cosa que el fuego, la pasión por llegar a cierto lugar o lograr cierta meta, y dicha pasión sólo surge cuando aquello que nos proponemos se nos muestra como más ventajoso que lo que tenemos ahora, de ahí todo el “engaño” que las tradiciones del mundo ejercen sobre el buscador con el solo fin de entusiasmarlo. Seguramente estarás pensando: -si me acabo de enterar de esto, éste mecanismo ya no funcionará conmigo y por ello me estancaré para siempre en el presente bhumika-. Pues no, no hay nada que temer, ya que las propuestas cautivadoras de las tradiciones incluyen muchos subterfugios efectivos, que funcionarán igualmente gracias a la capacidad de nuestra mente por encantarse. Sería equivalente a que alguien pensara que porque conoce la biología (el aspecto químico) del amor ya no podrá enamorarse nunca más, y sabemos que no es ése el caso, todos contamos ya con dicha información y seguimos enamorándonos perdidamente…

(extracto del libro: “Sadhana, el camino interior”, de Pablo Veloso)

Ahora, dado que nuestra cultura es pro-hombre, y tiende a deificar todo lo masculino (la fuerza, el poder, la razón, la agudeza), la mujer ha acabado pensando que su naturaleza es débil y errónea, que debe cultivar cualidades que la pongan a la altura de las circunstancias en un mundo que exige, valora y premia sólo  valores masculinos. Así la mujer se ha convertido en heroína, empresaria, fría funcionaria, política, etc. Lo anterior le ha parecido un progreso, tanto como me parecería a mí un progreso el cortarme un brazo en una cultura en que se propusiera como ideal el ser manco.

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

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