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PABLO VELOSO

PABLO VELOSO FOTOORIENTALISMO Y EVOLUCIÓN
Es orientalista, filósofo, e investigador. Conduce el programa de radio “La Espada de Damocles”, de corte irónico-cultural. Es profesor de Yoga desde hace más de veinte años. Imparte cursos, seminarios y talleres acerca de temáticas afines al desarrollo humano y al autodescubrimiento.

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Adios relato, bienvenida duda...

237 ILUS PABLO webRelatar. Lo mismo de siempre. Reunirse con alguien para contarle lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que haremos en un futuro. O bien lo que han hecho otros, lo que están haciendo y lo que harán, intentando extendernos lo más posible de forma que nuestro interlocutor se vea imposibilitado de intercalar bocadillo, y así no le quite el protagonismo deseado a nuestra historia.
Somos relatores, consumimos relatos, novelas, biografías, hechos históricos variados, noticias, películas. Necesitamos contar o que se nos cuente, pero también, cuando no hay nadie cerca…nos contamos historias a nosotros mismos: lo que haremos en un rato, lo que nos dijo fulana, lo que deberíamos de haber hecho aquel día…
Pero, ¿por qué lo hacemos?, ¿cuál es la ganancia en mantener este eterno relato de todo y de todos?
Bueno, relatar nos permite recordarnos (recordar es re-encordar, poner cuerdas, atar, pero también proviene de “cordial”, palabra emparentada con “corazón”, por lo que recordar es “volver a poner corazón”, a “dar vida”), sentir una y otra vez las mismas cosas hasta que se vuelvan una realidad. El relato construye nuestra realidad.
Solía decir don Juan, el brujo yaqui de Carlos Castaneda, que si dejásemos de relatar y relatar-nos nuestro mundo sencillamente se vendría abajo.
Relatar es definir: esto es esto y aquello es aquello, razón por la cual, si dejamos de relatar, el mundo va perdiendo fuerza. Los hindúes llaman maya o ilusión al mundo que construimos con nombres y formas, el mismo que afirma que yo “no puedo”, o “no valgo”, o “soy el mejor”.
Ante la perspectiva de pasarnos la vida entera relatando y oyendo relatos, puede que surja en nosotros una suerte de rebelión sana que nos insta a cambiar tan desgraciado destino. Pero, ¿cuál podría ser el antídoto?
Bien, se trata del arte de preguntar y preguntar-se. Cuando Alicia (del cuento de Lewis Carroll) se encontró con la oruga, ésta no aceptó un mero relato, sino que de cuajo le preguntó: “quién eres”, y cuando ella le respondió con un relato: -soy Alicia-, ella le volvió a preguntar: -y ¿cómo lo sabes?-.
Cada vez que preguntamos ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿hasta cuándo?, etc, rompemos la continuidad del relato, de maya, de la ilusión que la historia crea.
Lo importante no es la mera pregunta, ya que con ella podríamos incentivar simplemente un nuevo giro en el relato, con lo que acabaríamos “avivando el fuego”, sino que la clave reside en hacer preguntas y no satisfacerse con las respuestas (la respuesta es el relato, lo fijo), tal como hacía el Principito (de Antoine de Saint Exupery), quién constantemente acuciaba a sus interlocutores con múltiples y variadas preguntas.
Cuando hacemos una pregunta y la dejamos “flotando” sin responder se crea un incómodo vacío, fecundo, fructífero, pero incierto y aterrador. Por ejemplo, si pregunto: -¿quién soy yo?-, o -¿por qué nací?-, y no me refugio en respuestas prefabricadas, tendré que vérmelas con una especie de “nada” que reside en el ámbito de lo que los antiguos llamaban el nous o el pneuma, o lisa y llanamente “espíritu”.
Preguntar descoloca, te obliga a cambiar, a mudar de piel, a replantear, comprender, explicar, y en el acto de hacerlo, comenzamos a ver las inconsistencias de nuestro antiguo relato por una razón crucial: hemos tomado la distancia suficiente.
Quien vive de relatos se ve imposibilitado de cambiar, tal como le sucede a un bloque de hielo. El relato rigidiza. Pero si derretimos ese hielo mediante la pregunta insidiosa, descarriladora, podremos luego congelarlo en formas más útiles y valiosas para nosotros.
Esto ya lo sabía Sócrates cuando caminando por el Ágora de Atenas no dejaba en paz a nadie con sus insidiosas preguntas. Si leemos sus diálogos, recogidos por Platón, veremos con sorpresa como muchos temas debatidos quedan sin resolver, sin llegar a un nuevo “relato” que sustituya al antiguo. Sócrates buscaba “descarrilar”.
En el budismo zen existe una curiosa técnica con el mismo propósito, conocida como koan que consiste en tomar una pregunta que carece de respuesta lógica y dejarla “flotar” en nuestra mente con el fin de desestructurarla. Por ejemplo: “¿qué sonido produce una sola mano al aplaudir?”, o “¿qué rostro tenía yo antes de nacer?”.
Jesús apeló a esto mismo cuando el Sumo Sacerdote le preguntó: “¿no tienes nada que alegar contra los que testifican contra ti? Pero Jesús permaneció en silencio” (Mt 62-63). Así evitó el “relato” que afirmaría o negaría una historia. En cambio, con su silencio creó una brecha, un hueco en la descripción del mundo que el Sumo Sacerdote tenía.
“-¿Quién eres tú? -dijo la Oruga.
No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada:
-Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.
-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó la Oruga con severidad-. ¡A ver si te aclaras contigo misma!
-Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora -dijo Alicia-, porque yo no soy yo misma, ya lo ve.
-No veo nada -protestó la Oruga.
-Temo que no podré explicarlo con más claridad -insistió Alicia con voz amable-, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante.
-No resulta nada -replicó la Oruga… ¿Quién eres tú?
Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad:
-Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es.
-¿Por qué? -inquirió la Oruga.
Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.”
Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll).
Cambia el relatar por el preguntar, o simplemente callar, y verás cómo cambia tu vida y la de los que te rodean.
Ya me cuentas…

Pablo Veloso.

El propósito de la vida

234 ILUS PABLO w

Una de las preguntas más insidiosas y molestas que un ser humano puede hacerse consiste en inquirir acerca del motivo de su existencia como ente, como ser individual, el famoso: “¿por qué existo?” 

Vemos que existe la vida en infinitas formas, algunas muy elementales y simples, y otras más elaboradas y complejas. Cuando dicha complejidad crece hasta un grado suficiente, surge lo que el filósofo alemán Leibnitz denominaba apercepción, palabra con la cual buscaba crear una distinción respecto al mero percibir. Con la primera se refería a esa cualidad que poseen los mamíferos superiores, y que consiste en no sólo poseer la capacidad de pensar o sentir (percepción), sino en poseer además la capacidad de ser consciente de que se está teniendo un determinado pensamiento o emoción. Mientras que con la segunda se refería al simple ser consciente, es decir, poder pensar o sentir, cosa que cualquier animal o vegetal fácilmente puede hacer.

Cuando somos capaces de, no sólo pensar, sino saber qué estamos pensando, surge en nosotros la distintiva capacidad de poseer un centro referencial (ego) mediante el cual podemos hacer alusión a nosotros mismos en relación al entorno y a los demás, o en otras palabras, comenzamos a ser “alguien” en este universo.

A partir del surgimiento de dicho centro egoico se pone en marcha nuestra capacidad reflexiva, la cual nos permite generar juicios, evaluaciones y decisiones útiles.

Imaginemos a un hombre solitario, aislado en la montaña. Vive allí desde hace varios años ya, nadie lo visita, tanto es así que ya no sabe si es bueno o malo, si es inteligente o no, si es bello o feo. Vive en un estado de indefinición, o como diría Jung, de “antinomia semiconsciente”. Esto es, sabe difusamente que tiene tendencias y comportamientos, pero no es capaz de definirlos adecuadamente. No se conoce y eso lo incomoda. Sabe que necesita algo pero no sabe qué es. Si él fuera un árbol o un perro, no tendría demasiado problema, ya que se contrastaría con el sol o la brisa, pero su dinámica humana exige una clarificación más puntual y detallada, por lo que, sin apenas notarlo, anda nervioso y en la búsqueda de algo que le permita generar tal definición.

Un día, su hijo se va a vivir con él. A partir de ese momento tiene un par de ojos que lo contemplan. 

Esos ojos lo escudriñan con detalle, pero a veces el niño se entretiene con sus juegos y deja de prestar atención a su padre, por lo que él lo busca y le habla duramente y lo provoca (con la excusa más nimia), de forma que el niño reaccione ante sus palabras con alguna opinión o queja. Así también, cuando el niño comienza a admirar a su padre y todo acerca de él comienza a parecerle fabuloso, el padre nuevamente se verá obligado a inventarse alguna excusa para castigarlo y así obligarlo a que “despierte” de su fascinación cegadora y regrese a su función de evaluación objetiva de su progenitor.

Podríamos decir que el telos o propósito del niño es calificar a su padre e informarle acerca de cómo lo ve. Así también ocurre con todas nuestras relaciones, sean éstas con otros seres humanos, con nuestras mascotas, con nuestra dimensión inconsciente, o lo que es lo mismo, con Dios. Toda relación conlleva la necesidad de facilitar la demarcación de nuestras fronteras.

Esta dimensión de la vida que consideramos inexpresable, inabarcable, que a veces llamamos “Dios” o bien “lo inconsciente”, es como el padre de nuestra alegoría, que necesita ser definida o demarcada, y para lo cual se debe crear un punto de referencia o ego que continuamente dé cuenta de lo que ve de forma “dialogal”. Y si dicho ego se olvidase de su función y comenzase a creerse la autosuficiente, aquella otra parte deberá actuar “despertándolo”, a veces mediante una irrupción un tanto violenta (por ejemplo una depresión, angustia, miedo o ansiedad) de manera que en su malestar, cuestione lo que le ocurre. Y, al no bastarle las respuestas que él mismo pueda darse, necesite preguntarle a sus estratos más profundos (inconsciente, Dios), lo que obligará a dicha profundidad a pronunciarse, a expresarse o explicarse, lo que la llevará a su vez a ordenarse y a “blanquearse”.

Así, la razón por la cual el padre necesita de la opinión de su hijo es que el no saber cómo equivale a lo que llamaríamos “el mal”, o simplemente, “el caos”. 

Lo contrario al caos es el orden, o dicho de otra manera “el bien”. Por lo que el padre necesita definición, orden, o lo que es lo mismo: ser bueno. Esta es la razón por la que inculcará a su hijo que debe luchar contra el mal, desorden o caos en él, dado que si no lo hace, el propio hijo tampoco sería alguien, y no podría cumplir su función.

Cada vez que padre e hijo se asemejan, se deja de cumplir el propósito de la vida, con lo que todo el sistema comienza a “recalentarse”. Lo anterior ocurre cada vez que el hijo se identifica con el padre: “juego a la pelota como mi papá”, o bien el padre sobreprotege al hijo (lo fagocita), con lo cual lo anula como entidad separada capaz de evaluarlo. Pero también ocurre cuando padre e hijo discuten y se distancian (ya no lo evaluará por haberse alejado). Por ello, es necesario que exista una identidad clara y separada en cada uno (el bien), pero a su vez, un fructífero diálogo.

El problema es que si bien el padre sabe que tiene aspectos “pesadillos”, caóticos (el mal), a la vez busca clarificar quién es. Pero si lo clarifica por completo acabará dándose cuenta de que es tan terriblemente devastador y cruel como la propia Naturaleza. Por lo que buscará que su hijo resalte la versión “bonita” de él (el Dios de Amor propuesto por Jesús), con la consiguiente dificultad de que acabará “colgándole” su “lado oscuro” a algún otro. Pero como la vida busca tanto la definición como el descanso del “no ser”, llegará el día en que esa “oscuridad” no deseada le será devuelta por el destino de formas poco agradables (la batalla del Armagedón del apocalipsis), tan solo con la intención de que la reconozca. El resultado será una dolorosa integración y un reposo que no durará mucho, ya que la vida otra vez querrá definirse, y la rueda volverá a girar….solo que en una octava superior esta vez.

Pablo Veloso

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

Los oráculos y el pensamiento abstracto

233 ANUN PABLOw

Imaginemos que existe dentro de nosotros la habilidad para interpretar lo que acontece en el mundo, y que no se relaciona con comparar elementos, sino que es algo cercano a lo que llamamos intuición, que es una cualidad elusiva, que sólo aflora en circunstancias precisas, puntuales, escasas, pero que sabemos que nos aporta las “piezas” que nos faltan para completar el complicado puzle del decidir en nuestra vida diaria.

Supongamos que está en la disyuntiva de si casarse o no, y no le resulta tarea fácil inclinarse por una u otra opción. Normalmente lo que hacemos es sopesar, contrastar, evaluar y revisar los “pros” y los “contras”, analizar en detalle cada aspecto implicado en la cuestión, y tras agotadoras horas (o semanas), descubrimos que estamos más o menos donde habíamos comenzado. Entonces quizá apelemos a la estadística, y miremos qué es lo que elige la persona promedio en una situación parecida, llegando a la conclusión de que, por más que lo más frecuente sea elegir “x” o “y”, a nosotros sigue sin convencernos. Sentimos que hay un “algo más” que nos está quedando fuera de la ecuación, pero, ¿qué es ese algo y cómo traerlo a la palestra para que nos ayude a decidir?

Los antiguos lo tenían más claro, sabían que las situaciones turbias y vagas, los enigmas, permitían que aflorase ese “algo” que “sabe” que alguien nos está engañando en medio de una conversación, por más que nuestro scanner analítico-racional nos diga que no hay motivo para preocuparse, que ninguno de los signos peligrosos está presente. Hablamos de ese conocimiento que sabe cosas de un golpe, y no por la minuciosa acumulación de datos sobre algo.

El mundo de los oráculos, ya se trate de cartas, como el tarot o las sibilas, o bien de dados, posos de café o entrañas de animales, astrología o bolas de cristal, funciona siguiendo un patrón sumamente reconocible que detallaré a continuación.

Lo primero es la cuestión, el tema a tratar, por ejemplo: -“¿debería casarme con María?”. Vemos que es un tema literal, concreto, con nombres y apellidos, con direcciones y caras, cosa que ya, el consultante de turno ha desgranado y revisado una y mil veces bajo el aspecto analítico-crítico-deductivo-inductivo sin el menor asomo de conclusión clara.

En segundo lugar está el soporte, el elemento que será utilizado como “trampolín” para comenzar el distanciamiento del mundo analítico-racional, esto es, las cartas, dados, bolas, o lo que sea. Elegiremos las cartas para nuestra explicación.

En tercer lugar comienza, normalmente por parte del intérprete, un trabajo con los símbolos que van surgiendo sobre la mesa, los cuales son concretos, como por ejemplo una casa, un ancla, peces, un barco, un oso (hablo en éste caso del oráculo Lenormand). Este trabajo consiste en comenzar a generar una variedad amplia de abstracciones a partir de los elementos concretos dados. Por ejemplo: un barco puede entenderse como viaje, traslado, flotar, deslizarse, moverse, estadio intermedio (entre dos estabilidades), buscar estabilidad (sólido) entre las emociones (agua), de forma tal que ahora la figura concreta de un barco ya no importa. Hemos dado un salto hacia lo conceptual, ahora estamos más cerca del mundo abstracto de las ideas (de los arquetipos junguianos o del mundo de las formas de Platón).

La ventaja de entrar en un mundo abstracto es que podemos hacer valiosas analogías y símiles, del estilo de: “así como un barco viaja por el mar hacia su destino, así también alguien puede hacer un desplazamiento interior y arribar a nuevos descubrimientos”, o podemos apelar a metáforas, como por ejemplo: “un barco navegando es una nube surcando el cielo”. O mejor todavía, podemos usar una hipocatástasis, que es una figura del lenguaje que presenta las metáforas de forma categórica: -“una nube que surca el cielo raudamente evitando a las aves en vuelo”.

Pero podríamos crear entonces una alegoría, sea con metáforas o con hipocatástasis, del estilo de: -“la nube fluye por el ancho cielo, evitando a las aves en vuelo, se mantiene compacta, se deja llevar por el viento, y echa de menos a las altas torres que va conociendo en su camino”.

Pero, ¿qué tiene todo ello que ver con la pregunta original de si casarse o no? Pues mucho. Lo que hicimos hasta ahora es “levantar vuelo” desde el mundo literal, concreto y analítico, al conceptual, abstracto y alegórico, de forma tal que ahora, con nuestra pequeña historia de la nube, muchos elementos comenzaron a surgir. Si revisamos nuestra pequeña alegoría veremos palabras como: fluir, evitar, echar de menos, conocer.

¿Qué hacemos ahora? Pues personalizar la alegoría. Por ejemplo podríamos decirle a nuestro consultante, aprovechando las palabras que hemos obtenido: -“Es necesario que te relajes y que fluyas hacia tu meta, la boda (el destino del barco) y que no pienses tanto, que te mantengas compacto (como la nube ante el viento). Trata a la vez de evitar a quienes te critican o te dan malos consejos (las aves), y no te preocupes por lo que dejas atrás (las torres), que continuamente seguirás conociendo nueva gente (nuevas torres)”.

Fijémonos cómo partiendo de un bloqueo racional, una decisión imposible, llegamos a nuevos elementos que nos aportan otras perspectivas, que pueden ayudarnos a tomar decisiones desde ángulos que no habíamos visto antes por tener los pies demasiado “en la tierra”.

Pero emulando a los antiguos oráculos, como al de la Pitia de Delfos, podríamos dar un paso más, que convertiría a nuestro discurso en una potente herramienta capaz de abrir las puertas de lo inconsciente una y otra vez: podemos crear un enigma.

Un enigma es como encriptar algo, solo que mantendremos algunos elementos reconocibles, de forma tal que el consultante pueda saber por dónde camina, aunque no del todo.

Recordemos nuestra alegoría: “la nube fluye por el ancho cielo, evitando a las aves en vuelo, se mantiene compacta, se deja llevar por el viento, y echa de menos a las altas torres que va conociendo en su camino”). Un ejemplo de encriptación seria: “Ser blando es la clave (por la nube), ellos vendrán, no te aflijas (por los pájaros). Resiste, las anclas del pasado ya no te pertenecen (por las torres), las primicias están allí, busca”.

Así podemos ver como al acto adivinatorio es una forma de encontrar respuestas posibles frente a un problema determinado, apelando a una capacidad dormida, susceptible de ser despertada por el pensamiento simbólico-abstracto. Podemos ver así como la adivinación no es más que la intención de conocer el parecer de los dioses (lo inconsciente).

Pablo Veloso

Hoy en día, muchas mujeres guían su vida de acuerdo a valores de producción, de lo que "conviene", de lo "óptimo", en lugar de dar espacio a un corazón que suaviza las cosas.

La mujer ha perdido su esencia, ha vendido su alma al diablo, literalmente (ya que el alma es el anima y el diablo se relaciona con el animus), con lo que ha ganado mucho materialmente, pero ha conseguido alienarse y sentirse carente de aquello que es su propio centro.

Cuando una mujer siente, se conmueve, o se quebranta emocionalmente, eso, hasta un cierto punto es consentido y aceptado, ya que alguien tiene que encarnar y simbolizar lo ausente (el alma). Pero sus congéneres, las otras mujeres, tienden a verla como una vergüenza de su clase, como alguien que no pudo alcanzar el status adecuado, el de hombre.

Volver a sentir es el verdadero desafío de nuestra cultura, no solo de las mujeres, ya que los hombres hemos olvidado como hacerlo también, pero, para alguien cuyo centro es el sentir, perderlo es perderlo todo.

Hace falta que las mujeres se permitan eso que hoy en día interpretan como debilidad, pero que no lo es en absoluto, ya que no hay nada más fuerte que la paciencia, la contención o la dulzura.

No estoy proponiendo que la mujer no estudie o que se aleje de toda función intelectual, sino que evite el caer en una dureza racional que pretende "pensarlo todo", aún lo que se siente.

Si las mujeres aceptan este desafío, estarán "sanando" a toda la especie humana. Los hombres también están neuróticos, ya que ellos tampoco encuentran dónde depositar sus proyecciones emocionales, ya que las mujeres ya no sienten, con lo que se refugian todavía más en su dura masculinidad. Y así, toda nuestra cultura se está endureciendo cada vez más, y en poco tiempo acabará rompiéndose en pedazos.

Necesitamos dulzura, alma, anima, es decir, desarrollar nuevamente la capacidad de amar, de conmovernos, de alegrarnos, entristecernos, dejando de lado ese perfeccionismo masculino, racional, rigidizante, dando así lugar a una posibilidad de que todo ese sentir encuentre su cauce.

Cuando calentamos un líquido en una olla tapada herméticamente, la presión va en aumento, y, o bien le dejamos un pequeño orificio para que vaya descomprimiendo (que es lo que hacemos hoy en día con películas emotivas, emprendimientos ecológicos conmovedores, el culto a la infancia y demás), o bien ese orificio se va ocluyendo de a poco, hasta que todo acaba volando por los aires.

Hemos perdido a la mujer, tanto en el hombre como en la mujer misma. Somos todos machos hoy en día.

Una de las formas de "despertar" el anima olvidada en los demás consiste en aprender a no responder en términos de animus, esto es, si alguien nos increpa con dureza, exigiendo perfección (animus), nosotros podemos reaccionar desde el anima, es decir, desde la paciente recepción de esa actitud, pero evidenciando que comprendemos que, detrás de esa dureza superficial de nuestro interlocutor, reside un corazón dulce y comprensivo, que anhela calma y amor. Aunque esto pueda parecer muy meloso o religioso, su efecto es contundente, demoledor, ya que si reaccionáramos desde el animus, fríamente, racionalmente, nuestro increpador sentiría que somos tan agudos como él y que merecemos esa dureza. Mientras que si reaccionamos desde el anima, forzosamente tendrá que reconocer que ése aspecto dulce (anima) es algo que él ha querido sepultar, y con ello lo obligaremos a que éste último regrese a su consciencia. Aunque no lleguemos a ver inmediatamente ese cambio, el mecanismo se habrá puesto en marcha. Esa es la fuerza de la mujer, la misma que aplicaron  Jesús, Gandhi, Mandela, y otros a lo largo de la historia.

El rechazo y olvido del anima no hace que ésta desaparezca. Todo lo contrario, simplemente se convierte en sombra, en lo que permanece oculto bajo el tapete, y, cuando no vemos algo, u olvidamos que está allí, puede hacer presa de nosotros, justamente, porque no lo podemos anticipar. Así es que nos hemos vuelto una cultura hipersensible, como oposición de lo que queríamos echar fuera de nuestra vida.

Me explico. Si me convierto en una persona sumamente mental, racional, previsora, ordenada, y destierro al sentir, pierdo contacto con el mundo emocional, y ya no sé como sentir. Me vuelvo torpe, y lo que sería una simple tristeza, que debería durar unas horas o un día o dos, ahora puede que se instale y me dure años, o la vida entera. Así es que padecemos de problemas emocionales crónicos, que luego catalogamos con nombres rimbombantes como "depresión", o "síndrome de hipersensibilidad emocional", lo cual muestra cómo el animus, lo único que conocemos, intenta infructuosamente manipular, encasillar y controlar, lo que no puede ser controlado, ya que necesita simplemente ser expresado.

Así es que la psicología de la mujer (y con ello la del hombre también) encontraría un gran equilibrio regresando simplemente al sentir, al corazón, dando la posibilidad a la mujer de convertirse en uno de los arquetipos clásicos que la caracterizan: el de sanadora, o mejor, el de Sophía, de la sabiduría intuitiva.

Si tenemos en cuenta que la mujer es la gestora de vida, y la que imprime los primeros patrones en los niños que crecen, éste cambio de actitud podría redundar en un cambio en el futuro de la humanidad.

Pablo Veloso.

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